Las interpretaciones equivocadas sobre el movimiento #Yosoy132 que han llenado las páginas de los periódicos y los espacios de muchos “opinólogos” durante los últimos días son ofensivas y lamentables. Surgen a partir de un elemento muy sencillo. Durante años, en este país, se nos enseñó a leer los movimientos sociales mediante una concepción autoritaria de la vida política. Y lo que esto quiere decir es que es imposible, en ese tipo de mentalidad, entender a este movimiento estudiantil. Es difícil porque, insisto, la clave autoritaria a que nos acostumbramos ofrece sólo una explicación: detrás debe, por fuerza, existir una estructura institucional consolidada que ofrezca su patrocinio.

Ese tipo de explicación es la única que conocen quienes se dedican a opinar sobre el movimiento estudiantil. Y como es la única que les surge, pues intentan abonar a ella con argumentos que son, por decir lo menos, débiles. Han intentado sostenerla desde con volantes fotocopiados cuya imagen fotografiada apareció en Facebook hasta con una grabación que un buen samaritano preparó, editó y filtró en días pasados.


La realidad es que esas evidencias empíricas son de una debilidad absoluta como para sostener la explicación espectacular de que el movimiento está manipulado y que detrás de él está un candidato a la presidencia. Un análisis somero, ni siquiera riguroso, de la grabación aludida deja al descubierto la debilidad de ésta como sostén de una hipótesis tan inverosímil. Se ha llegado incluso a afirmar que “los líderes están cooptados”. Al respecto hay que apuntar que en ese movimiento, como queda claro para cualquier observador, no hay líderes, ergo, no pueden estar cooptados. Explicación simple y llana.

Por otro lado, esa grabación, acto de la más supina deshonestidad, dicho sea de paso, no ofrece evidencia suficiente ni siquiera para sostener que el joven que habla tiene un nexo directo con el candidato aludido. Ahora, aun cuando sí ofreciera premisas para esa conclusión, ese sería un ejemplo, nada más uno. Y meter en un arroz la explicación de un movimiento que más bien es todo un costal es, insisto, por decir lo menos, reduccionista y falto de toda lógica y, desde luego, de ética. Pero eso es más bien asunto de los profesores de bachillerato de quienes publican esas opiniones.

Qué sucede entonces, pues que quienes intentan llevar agua al molino de sus interpretaciones lo hacen porque no se saben otras y porque no parecen tener la voluntad de buscarlas. Por supuesto, existe miedo entre ésos, y mucho, en tanto lo desconocido, lo que no pueden explicar, lo que no pueden concebir, lo provoca. ¿Qué ganan esos “opinólogos”? No lo sé, y ni siquiera me es sencillo intentar imaginarlo. Si asumimos que entre ellos no existe mala fe, esas explicaciones podemos achacarlas a esa forma autoritaria de entender la política, por un lado, y, por otro, a la ignorancia. No puede caber otra explicación.

Entonces pues, ¿es tan difícil entender a un movimiento que no se comporta como todo lo que hemos conocido hasta ahora? No, no es difícil. Lo que sí es difícil es encontrar la voluntad y el ímpetu para intentar ese entendimiento. Porque lo más a la mano siempre es lo más sencillo y lo menos costoso. Y si lo único que le falta a esas argumentaciones es sustento empírico, pues hay que buscarlo, y como no existe, pues inventarlo. Y convertir chismes, opiniones personales que no van más allá de lo anecdótico e, incluso, exageraciones individuales, en argumentos sólidos.

Finalmente, ¿es tan difícil rogar, pedir que los “opinólogos” dejen de faltar al respeto a cuantos participamos o simpatizamos con el movimiento? No, tampoco es difícil. No sólo porque con malinformar y tergiversar la información faltan al respeto a los estudiantes que participan en el movimiento, también faltan al respeto a sus profesores, a sus universidades y a sus padres de familia; por supuesto, también se lo faltan a sus lectores, porque los suponen impedidos mentales que creerán cualquier explicación, por reducida que parezca. Y es que esas opiniones erradas —ya intencional, ya de forma fortuita— no sólo son de sus autores, lo que hacen es replicarse y generar opiniones en sus lectores que, desafortunadamente, son muchos, y no todos tienen acceso a medios para informarse de otra manera y darse cuenta que las teorías de la conspiración que se les ocurren a esos “opinólogos” son la mar de inverosímiles. Considero que respetar no es difícil, decir la verdad no es difícil. Lo que sí sucede hogaño en nuestro país es que dejar de faltar al respeto y decir la verdad parece que sí son cosas difíciles. Eso no puede más que provocar una muy honda tristeza.