opinion

Con toda seguridad, Ud. amable lector, conoce no una, sino varias definiciones de populismo,  palabra que por si sola  define el sexenio de Luis Echeverría y nuevamente puesta de moda por articulistas  que analizan la candidatura del Sr.  López  Obrador.   
Pero vayamos por partes, en realidad, ¿López O. es un populista o solo un efectivo demagogo?.  Primero recordemos una definición mas o menos concreta del populismo: El populismo es el uso de medidas de gobierno  destinadas fundamentalmente a ganar la simpatía de la población, aún a costa de tomar acciones contrarias al estado democrático.  Se diferencia de la demagogia porque se refiere no sólo a discursos, sino también a acciones.

Algo que forma parte de la idiosincrasia del mexicano es su eterna espera de un líder, de un Mesías, de esa persona que rápidamente  acabe con los problemas socioeconómicos del país.  Cada seis años esta esperanza renace, para morir unos cuantos meses después.  Conocedores de esto, los políticos elaboran discursos que reflejen lo que quieren oír las clases menos favorecidas, que en países del tercer mundo como México, son la gran mayoría.  Los discursos  son “bonitos”, pero nada tienen que ver con lo que realmente se necesita para salir de la pobreza. A esta manera de hacer política se le denomina Populismo. Es la errónea concepción de que se ataca la pobreza redistribuyendo los ingresos y la riqueza, sin tomar en cuenta que la variable clave es el crecimiento económico, crecimiento que es obstaculizado por las elaboradas y kafkianas  trabas que sistemáticamente se le pone a la inversión privada, que es, se quiera o no, su principal motor.

La prédica del populismo es la lucha contra la injusticia que mantiene pobres a la mayoría de la población, la culpa, se dice, es de los ricos y los privilegiados que viven bien a costa de la miseria del pueblo.   
El líder, casi siempre de origen mas o menos humilde, apela a los resentimientos de los pobres y amenaza a los privilegiados, pero siempre se gana a una fracción de estos, que por alguna causa están inconformes, o bien tienen una ideología contraria al sistema vigente. Se apoya además en sentimientos que han sido bien estudiados por los psicólogos sociales: La atracción de una figura paternal protectora y salvadora, y la tendencia humana a afiliarse a uno de dos bandos antagónicos. Apela más a los símbolos que al discurso racional para convencer; actos masivos ruidosos,  discursos emotivos y amenazantes; apela continuamente al patriotismo y a las tradiciones culturales. En resumen, apela a la emoción, no a la razón.
Invariablemente el discurso del caudillo populista es apocalíptico en lo que respecta a la sociedad presente y absolutamente promisorio a la sociedad del futuro. Machaca hasta el cansancio que la pobreza terminará cuando se redistribuya la riqueza.
Parte de la misión redentora del líder populista  es el ataque sistemático a todas las estructuras del Estado y del gobierno, la aniquilación moral de todas las figuras públicas representativas del orden establecido y la destrucción de los partidos políticos y entidades de la sociedad civil que no sean compatibles.
Estos lideres populistas aparentan ser  “políticamente correctos” y actúan atendiendo a las normas legales,  pero no son remisos en cambiar las formas de gobierno para asumir, en un nuevo marco constitucional, el poder que consideran les pertenece solo a ellos y por completo.  
Adalides del Populismo Latinoamericano fueron en el siglo pasado el argentino Juan Domingo Perón y el brasileño Getulio Vargas, también hay antecedentes de militares populistas como Juan Velasco Alvarado en Perú y Omar Torrijos en Panamá. Actualmente el más representativo de estos especímenes es el venezolano Hugo Chávez.
Concluyo; el populismo es una de las herramientas preferidas de cualquier proyecto político que se fundamente en el autoritarismo o el totalitarismo. El populismo es intrínsecamente antidemocrático, no  entiende de división de poderes ni de relevo de mando, aunque  haya utilizado los procesos electorales como método para llegar al poder con legitimidad.

¿Resuelve los problemas el populismo?. Definitivamente no; al contrario, puede fácilmente mandar a la ruina a un país entero y crea solamente una nueva comalada de millonarios.  Después de un siglo de capitalismo, comunismo, fascismo y populismo seguimos sin una solución perfecta. Tal vez la vía más adecuada sea un sistema con amplias libertades, con una administración honesta y transparente, sin ideologías preconcebidas y que permita una evaluación de resultados para corregir errores.