Durante casi 70 años un partido político, primero de forma absoluta y luego de manera hegemónica, ejerció el poder público en México. Tan peculiar fue el modo autoritario de gobernar del Partido Revolucionario Institucional (PRI) que varios autores caracterizaron al sistema político mexicano como “una monarquía absoluta, sexenal y hereditaria por línea transversal” (Daniel Cosío Villegas), “una semidictadura” (Maurice Duverger) y “la dictadura perfecta” (Mario Vargas Llosa).
A finales de los ochentas del siglo XX comenzó, no sin pocas dificultades, la incipiente alternancia partidista en el poder en ciertos municipios del país.
En 1997, el PRI ya no contó con la mayoría en la Cámara de Diputados. La oposición por primera vez mostraba su capacidad de auténtico contrapeso al Jefe de la Administración Pública Federal.
En el año 2000 la alternancia partidista fue una realidad en la sede del Ejecutivo.
Ese cambio generó una gran expectativa. Se pensó que se consolidaría pronto la democratización del país. Lamentablemente no fue así.
Tras dos períodos de gobierno en manos del PAN, el PRI, fuerza política que dominó gran parte de la centuria pasada, volvió a hacerse cargo de la Presidencia de la República.
Por desgracia, los partidos políticos que han asumido el poder público, en el marco de la alternancia, han mantenido antiguas prácticas autoritarias y han generado nuevas que no son precisamente las más acordes con la democratización.
Desde hace por lo menos tres décadas se respira de una u otra forma el pluralismo. México ya no ha sido el mismo. Somos un mosaico de expresiones de diversa índole.
De cara a las elecciones de 2018, se han alzado voces que se pronuncian por una coalición de fuerzas políticas y de ciudadanos para alcanzar el gobierno de la República. Algunos han manifestado que está es la mejor fórmula para la gobernabilidad del país.
La mayoría de los partidos políticos se encuentran en el dilema de sumar o no, como estrategia electoral, a otros institutos políticos, y también sopesan la idea de formar un gobierno de inclusión.
Más allá de las alianzas electorales y de las coaliciones de gobierno sería muy importante que quienes participan en la política comprendan que desde hace años el pluralismo en México es una realidad palpable.
Si los gobernantes y la clase política entendieran con claridad lo anterior, realmente se avanzaría en el proceso de democratización. La construcción de un mejor país.
Los candidatos a un cargo de elección popular cada vez ganan con menos votos ciudadanos, su representación es prácticamente nula, y muchas veces, su actuar va a contracorriente de lo que esperan los ciudadanos.
Se debe gobernar para todos: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, pobres y ricos, creyentes y agnósticos, ignorantes y cultos.
De nada servirán las intenciones de buscar un gobierno de colación si quienes pudieran lograrlo se olvidan de los grandes problemas nacionales, de formular una agenda sólida en la que se tracen las acciones y estrategias para enfrentar los retos que desafían a nuestro país y auténticamente trabajar por el bien de todos.
No podemos perder el tiempo: de una vez por todas transformemos nuestro sistema político, sustituyamos los diseños normativos e institucionales obsoletos y rechacemos las prácticas autoritarias que aún prevalecen y que son un lastre.
No importa si quienes accedan al poder lo hagan con o sin coalición. Se debe gobernar en la diversidad y en beneficio de todos sin ninguna exclusión. El pluralismo en México llegó para quedarse.
























