Mi amiga Esther es una mujer de convicciones firmes que siempre ha estado del lado de las causas correctas. De ahí su apoyo incondicional al candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador. Porque díganme quién se opondría a mejorar la vida de 52 millones de pobres  y a desterrar a la mafia del poder. Ella no.


Esther votó por AMLO en el 2000, 2006 y lo hizo de nueva cuenta en el 2012. A sus amigas renegadas (oséase, las que no nos convence su candidato) nos tolera porque tenemos mucho tiempo de conocernos, pero para todo hay un límite. La semana pasada nos recriminó que no protestemos contra el fraude electoral y, peor todavía, que hayamos decidimos irnos de vacaciones con nuestra familias. El país cayéndose a pedazos y nosotras con nuestras frivolidades. Nos pasamos.

Mi amiga Cristina está también del lado políticamente correcto. Ella pasó de la convicción a la acción desde el 2006, cuando decidió poner su granito de arena y levantarse de madrugada durante semanas enteras para preparar y llevar comida a la gente instalada en el plantón de López Obrador en Reforma.
Dejó de hablarme un tiempo cuando le cuestioné que, siendo ella reportera, estuviera convencida de que Felipe Calderón había ganado la elección gracias a un fraude electoral, sin que hubiera pruebas al respecto (antes de que me linchen de nueva cuenta, les sugiero consultar los libros “2006: hablan las actas. Debilidades de la autoridad electoral mexicana”, editorial Debate, de José Antonio Crespo, y “Así lo viví”, editorial Grijalbo, de Luis Carlos Ugalde. Pero en serio. No sólo se enojen y me manden al rancho de AMLO).

Mis amigas, además de sus convicciones políticas y su –a estas alturas- bajo nivel de tolerancia hacia mi persona, comparten algo que siempre me ha causado curiosidad por el evidente conflicto de interés para ellas: trabajan para el enemigo. Me explico.
Hasta hace seis meses, Esther se desempeñaba como asistente en un exitoso despacho de abogados. Por razones que desconozco, renunció a un respetable salario para participar en la campaña de Enrique Peña Nieto. Tardó un par de meses en confesarnos dónde trabaja ahora, porque creyó que la acusaríamos de traicionar su causa.

Cristina, por su parte, lleva años en la nómina de Televisa. En estos días aciagos sintió incluso la necesidad de disculparse por trabajar donde trabaja. “Me muero de la vergüenza”, publicó en el muro de su Facebook. Fue disculpada e incluso apapachada por su confesión.
Estoy segura que ustedes y yo podemos coincidir en que pocas cosas hay más sagradas en la vida que el trabajo. Hasta ahora he tenido la suerte de reportear en medios y con jefes a los que respeto. Cuando no me he sentido a gusto me he ido incluso antes de que me corrieran (me pasó una vez, otro día les cuento). Comprenderán que todos los días me encomiendo al gran hacedor del universo para que la suerte me dure mucho tiempo.

Dicho lo anterior, entiendo perfecto que no todos trabajemos en el lugar de nuestros sueños. Se hace lo que se puede. Lo que no comprendo es cómo dos mujeres tan talentosas, arrojadas y radicales pueden conciliar sus convicciones y principios con trabajar para un partido y una empresa a los que asocian con todo lo malo y corrupto que hay en el país. Cómo le hacen para recibir su salario de esos jefes que tanto odio les generan. Y cómo, al estar dentro de la hidra, no se les haya ocurrido documentar y denunciar los actos ilegales que, ella mismas cuentan, realizan los susodichos.
Si nunca he entendido con qué cara algunas personas miran a sus hijos, por asumir sin mayor conflicto los actos corruptos de sus jefes a cambio de generosos cheques, menos lo comprendo en personas tan vehementes en lo que ellas consideran es correcto en esta vida.

Lastimosamente, Esther y Cristina no son las únicas en esta situación. No saben cuántas veces he escuchado el horroroso término tragar camote. Llevo rato pensando que una parte del desencanto con la democracia en México es justamente esta actitud de “no puedo evitar ser parte de la corrupción, pero espero que alguien más lo haga por mí… y nos salve”.

Superado el fraude patriótico (término con que los priistas justificaron el robo de la elección de 1986 a Francisco Barrio en Chihuahua) podríamos pasar ya a la compra de votos democrática. Sólo nos faltaría definir de qué lado se hace la democracia: si del pueblo bueno necesitado que aceptó bienes y servicios ofrecidos por los partidos de izquierda… o del pueblo