A inicios de esta semana murió uno de los pensadores más influyentes del liderazgo: Stephen Covey, quien construyó un sistema de liderazgo basado en hábitos que buscan un desarrollo integral de la persona. Covey vendió más de 20 millones de libros que fueron publicados en 38 idiomas. Sus tesis dio la vuelta al mundo y por ello fue considerado por la revista Time como una de las personas más influyentes del orbe. Como asesor de varios mandatarios y de la NASA, como conferencista y empresario exitoso, como hombre de fe y padre de nueve hijos, Covey siempre fue un humanista, porque creyó realmente en las potencialidades que tiene toda persona.
Stephen Covey consideró que lo más importante en la teoría de liderazgo no era sólo identificar una lista interminable de atributos, sino enseñar a las personas a cómo convertirse en líderes a través del desarrollo de hábitos buenos que permiten a la persona ser no sólo exitosa, sino plena. Porque lo importante en la vida, lo verdaderamente trascendente no es el escalafón que uno alcance, sino los frutos que uno genera y comparte.
Para Covey esta plenitud se da con hábitos que permiten tener una actitud proactiva, con objetivos claros, con prioridades, ejercitando habilidades de comunicación, haciendo sinergias, actuando de una forma ganar/ ganar y renovándose de forma permanente.
A quince años de escribir su best seller Los siete hábitos de la gente altamente efectiva, Covey publicó El octavo hábito, un libro donde, hace énfasis en la importancia de diseñar no sólo objetivos y metas, sino insiste en el valor de descubrir una misión, un sentido profundo de la vida y procurar que otras personas también encuentren ese propósito fundamental que las mueve. La misión sólo se descubre y se configura cuando entendemos la relevancia personal de la propia existencia, “una relevancia que se manifiesta cuando nos enfrentamos a nuestros mayores desafíos”. Por todo ello, el modelo de hábitos es un modelo preventivo que prepara a las personas para el campo de batalla, es una guía que construye personalidades con carácter, capaces de vencer obstáculos y fracasos.
El ejercicio del liderazgo es algo muy trascendente y profundo, no es la frivolidad de sólo una buena imagen pública, y tampoco se reduce a un conjunto de habilidades de gestión. El liderazgo, si quiere dejar una verdadera huella, debe emerger de una fortaleza y de un equilibrio interior que va construyendo una madurez personal. Por eso Covey habló del “paradigma de la persona completa”, porque precisamente uno de los mayores riesgos del ejercicio del liderazgo y de la existencia misma es que la persona se quiebre, se fragmente y termine naufragando en el mar de las tribulaciones y de las inconsistencias. El liderazgo tendrá un alcance más positivo, en la medida que sea ejercido por personas con un desarrollo personal mucho más armónico, con un orden interior que es capaz de proyectar valores en el ámbito social.
Los buenos hábitos deben estar encaminados a desarrollar positivamente las cuatro dimensiones del ser personal: mente, cuerpo, corazón y espíritu. La mente se convierte en visión, cuando adquieres los conocimientos que te permiten ver más allá del presente inmediato. El cuerpo se transforma en un aliado cuando nuestra vida se disciplina y se alinea a los objetivos profundos, no a los caprichos hedonistas. El corazón es el motor de la vida cuando hay coherencia y pasión en los valores por los que se lucha. El espíritu es conciencia que ilumina incluso los caminos más confusos y temidos.
La lectura de Setephen Covey es indispensable para cualquier directivo, pero también lo es para aquellos que aspiran a un liderazgo social y político que busca salir de la mediocre tesis del cálculo egoísta. Covey conocía bien la compleja naturaleza humana, y por ello mismo, sostuvo que sólo desde una perspectiva de generosidad, la sociedad puede crear y distribuir abundancia. No es en la soledad del “yo”, donde las organizaciones y la sociedad se perfeccionan. No basta la simple competencia descarnada para alcanzar el triunfo. Hay algo mucho más profundo y de largo alcance, que es la experiencia concreta del amor, del servicio, de la cooperación, de la solidaridad.
En una de sus visitas a México, Covey nos dejó una tarea muy clara: “Los líderes mexicanos deben desarrollar autoridad moral, dejar de ver sus propios intereses, ser proactivos, no culpar a los demás de no poder avanzar y entender que el conflicto no es una estrategia de negociación”.
Los desafíos de México reclaman una profunda actitud de renovación moral. En Covey, hay muchas lecciones que aprender y transmitir.
























