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“El régimen se adecenta, o finge hacerlo; los modales se refinan,  los funcionarios ya vienen de universidades extranjeras, los licenciados eficaces sustituyen a los gobernadores analfabetas.”
Carlos Monsiváis.

No era la liebre de Esopo, pero se parecía a ella.  Por la forma en que estaba acomodada debajo del árbol de moras parecía que también había corrido enérgicamente durante algún tiempo para ganarle a la tortuga, pero no.  Se detuvo en el árbol por otra razón.

Observaba a un joven guitarrista rodeado de otros desertores de la realidad que tampoco mostraban ser de algún movimiento reaccionario. Parecían consumir algunas píldoras de Prozac debajo de las sombras del frondoso árbol. Abstraídos de los poderes subalternos; se niegan a aceptar los resultados de una elección y permanecen alertas para no ser concesionarios de decisiones mayoritarias no compartidas porque rechazan construir sus biografías con dosis de mediocridad.

La liebre, entonces juguetona, se acercó al guitarrista. Ambos se miraron con desparpajo; una retaba con su velocidad; el otro parecía tortuguear con el pensamiento afirmando:

“Dicen quienes la conocen que la liebre tiene muy desarrollados el oído y el olfato, siendo la vista su peor sentido”…

La vista, esa que muchas veces nos muestra cómo la sordidez de nuestro presente, puede ser el fondo de las razones que impulsen u obstruyan la escala de nuestro futuro. Es esa vista -la que algunos usan para abstraerse- quienes la intentan convertir en thriller de irrealidades negadas que pretenden señalar un canje del presente por una demagogia importada del pasado.

Una especie de este nihilismo que es expresado en las tribunas de las calles, -muy rapaz pero ineficaz- porque muchas veces, la mejor forma de hacer evolucionar un movimiento colectivo es transformando una motivación de los liderazgos individuales.

Y mientras ello ocurre, algo más importante y trascendente que es poco observado sucede: el mundo gira y rueda más rápido. México parece  moverse como una liebre en su eje de rotación de valores, pero como una tortuga en el movimiento de traslación de su progreso.

Ello se evidencia en el desfile de emociones de avenidas; cartulinas desparpajadas que desnudan sentimientos de coraje y la dignidad del colectivo que avanza en rotación, pero que parecería poco importarle si México avanza en su traslación.

El Prozac reaccionario ha llevado a muchos a perderse en la abstracción. (Desde 1988, fecha en que se lanzó el Prozac, según el Journal of the Public Library of Science, 40 millones de personas lo consumen como antidepresivo, pero con pocos resultados).

Hoy el Prozac se encarga para otros,  también de ser el eje de la psicoterapia clásica, junto con los videojuegos, las telenovelas, el soccer y la yoga. Pero hay de pronto momentos de arrebato llenos de lucidez que nos impulsan y nos atreven a mirar y preguntarnos:

¿Cómo nos veremos dentro de seis años y dentro de doce? ¿Hacia dónde va México como nación, como juventud, como empresarios y como sociedad?

La respuesta trae obligadamente, partir de la crisis de una democracia que en México se ejerce con discursos llenos de valores en lugar de practicar una de resultados. Ello nos está haciendo perder la capacidad de gestionar un presente que se nos está yendo de las manos por entregarnos a un idealismo suicida desprovisto del aparato pragmático; de los resortes verdaderos que ejecuten transformaciones colectivas.

En la balanza de la democracia de resultados pesa más la efectividad y el pragmatismo que la lucha de desplegados y marchas.

Un ejemplo de ello es el lente del mundo globalizado y su historia, que puede ayudarnos a entender  y potenciar la visión del retrovisor mexicano.

Ni Tiananmen resultó una represión violenta que inhibió el desarrollo de China ni la demolición del muro de Berlín fue una señal eficaz que trajo prosperidad al mundo occidental y que triunfó en definitiva sobre el comunismo.

Lo evidencia que la senilidad de Occidente arranca de la misma coyuntura que el renacer socioeconómico chino: la caída del muro de Berlín. Mientras el futuro de Europa podría reducirse al patrimonio de un continente convertido en el mayor museo del mundo, en el Norte de África y Medio Oriente se construye la desaparición de falsas democracias y regímenes dictatoriales, donde las masas destituyen a líderes oligárquicos respaldados en un tiempo por un supuesto occidente democrático. (En 2010, la Unión Europea le vendió a Gadafi armas por un valor de más de 400 millones de Euros y que en 2011 el “líder” utilizó contra su propio pueblo).

En efecto, las sublevaciones árabes están reflejando la fragilidad de nuestras democracias y evidencian las contradicciones de los modelos democráticos occidentales. El mundo es un caos, Egipto que era una supuesta democracia, fue gobernada por un dictador, China que es un país nominalmente comunista, ejerce la mejor versión del capitalismo. ¿Cómo poder traducir entonces esta realidad, sin alienarse en el Prozac, en un identificado trayecto de rumbo para México?

Pero México no es ni China, ni Oriente Medio.

El Prozac no es ágil para difuminar las desigualdades ni las carencias de un México que hoy no posee un estado eficaz, sino colectivos, grupos de poder que adquieren temporalmente la franquicia del poder público para su beneficio individual, utilizando la cosmética de los valores democráticos que penden del árbol de las moras y que en su cobijo se amparan a la sombra que gesta cuadros para perpetuarse en el poder.

No hay actuación institucional, -y si la hay-, está llena de formas y poco de fondo.

Detrás del árbol de las moras y de esos valores que parecen irrestrictamente necesarios para avanzar, hay dentro de sus arbustos los verdaderos motivadores que accionan la realidad poca timorata; son todos aquellas decisiones colectivas que mejoran la vida individual, porque al final, los parámetros que mueven y califican a los malos/buenos gobiernos, casi todos son, económicos.

Esta elección nos ha permitido descubrir y traducir la voluntad de los votos en un mapa emocional que puede afirmar que el común denominador del individuo mexicano busca todo, menos el modelo lo actual; calma antes de crear cambios ineficaces. Democracia de resultados.

En la democracia de resultados pesa más la prosperidad y bienestar individual que el sufragio universal y la ideología. Una democracia que no nos incite a gastar el dinero que no tenemos, sino que nos otorgue las herramientas para crearlo.

Una democracia que entienda que es el neoliberalismo la fuerza más detractora y no la más provocadora de los beneficios de la globalización. Una democracia que no ataque los síntomas con el Prozac del consumismo sin sentido, sino que entienda las causas del progreso como mejor memebresía para la permanencia política.

Aunque el liberalismo haya ganado la guerra fría y Fukuyama haya decretado el fin de la historia, A mi no me parece que sea Chicago, la escuela de la política económica que debamos seguir. ¿Por qué habría de serlo, si sus resultados son absolutamente mediocres?

Nadie en el mundo se ha preocupado por crear un nuevo sistema económico y de pensamiento desde la caída del muro de Berlín. Por ello creo que el progresismo de un Estado eficaz y una democracia de resultados, como movimiento y nueva escuela del pensamiento económico y social, pueden y debe crearse en México.

El origen del crecimiento económico no está en la democracia. Es decir, en este mundo global la pareja democracia-bienestar no está demostrando que sea muy feliz.

El anacronismo es evidente; la democracia que debería crear igualdad, genera monopolios, la corrupción generalizada y los escándalos políticos se deben a que no hemos sabido evolucionar como sociedad y hemos abdicado nuestra voluntad a la palestra de los desplegados ineficaces. No estamos sabiendo ser ciudadanos audaces ni eficaces.

En una realidad donde el mercado ha demostrado ser mas esclavizante, más concentrador que libertario, se requiere un Estado vigilante que represente lo mejor posible los intereses de los sectores estratégicos de la población, que meramente la de los factores reales del poder.

Lo que refiero nada tiene que ver con el impulso del proteccionismo estatal ni de terminar con el comercio internacional, sino de sustituir los valores ineficaces a la virtud del pragmatismo de los intereses reales de las mayorías. Sólo así podremos traducir y volver real la prosperidad individual.

Sólo así podremos disponer del árbol de las moras, -del que alguna vez echó mano con ironía el General Gonzalo N. Santos-, de  una economía que pueda crear prosperidad cuando coloque al ciudadano como humano y no como estadística, en el centro de sus políticas públicas.

Se requiere construir un nuevo mantra macroeconómico con la estrategia de hacer que el capital público-privado genere una economía del conocimiento que traduzca crecimiento estatal en bienestar y prosperidad individual.

Para poderlo lograr, necesitamos un crecimiento productivo inteligente y con vocación económica-urbana de ciudades que nos lleve a encontrar con audacia y pragmatismo la pauta de un país competitivo en la globalización.

Seguimos sufriendo una microeconomía mediocre presumiendo una macro que si bien requiere de estabilidad, ha adormecido los sentimientos de competitividad y ambición internacional.

Ya Ruchir Sharma, directivo de Morgan Stanley, afirmó esta semana que “Ningún país del mundo observa el dominio casi absoluto del mercado y poca competencia como México”.

Más grave aún es perder de vista que nos encaminamos en los siguientes seis y doce años, a un mundo que tendrá una nueva democracia financiera, -gravitando en China y Asia-, que empujará nuevos valores políticos. Un corporativismo geopolítico de multinacionales que serán socios y no rivales de los Estados; un nuevo contrato social cuyo mantra central sería “me haces crecer; te otorgo el poder”.

Una demografía cambiante y movimientos migratorios de Occidente a Oriente y viceversa, que hará de los recursos naturales y de las fronteras un asunto de seguridad transregional y no solo nacional.

Para poder afrontar estos escenarios y terminar con los apetitos individuales desbordados, sugiero entrar en una ruta de ejes estratégicos que estén centrados como prioridad en el rediseño paulatino -pero con sincronía precisa- del Estado mexicano y sus instituciones (no obstante que no podemos con una reforma política).

Encaminarnos a ser una potencia energética con la industrialización del gas y energías limpias, desplegar un nuevo sistema de comercio exterior con zonas de desarrollo económico y social, hacer de los emprendimientos y la aceleración de negocios la política de estado estratégica en material laboral, ejercer y desplegar nuevos esfuerzos para una geopolítica del siglo XXI colocando de un lado a Norteamérica, a un lado a China y del otro lado a Centro y Sudamérica.

Calificada jurídicamente la elección, este proceso habrá de traer facturas y cortes de caja para todos. Pero México no puede detenerse ya. Si lo hace ¿cuál será la diferencia psicológica y económica de las expectativas del futuro y las condicionantes de nuestro pasado?

Es momento de terminar con los latifundismos de las verdades absolutas. Es momento de actuar con eficacia y con visión estratégica apoyando con visión crítica pero constructiva, al Presidente de la República que jurídica y políticamente resulte elegido, entendiendo que la planeación consistirá en traer las posibles consecuencias del futuro a las circunstancias de nuestro presente.

La liebre se está dando cuenta que el mundo está cambiando de prisa; evidencia a los jóvenes que debemos –como ella- abrir muy bien nuestros ojos, si no queremos que la sombra y el cobijo del árbol que da moras permita que la avalancha de nuevas fuerzas o quizá sombras, nos atropelle con hondas heridas prontamente.