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Finalmente, información y comunicación tienden a confundirse. Demasiados periodistas siguen creyendo que son ellos los únicos que producen la información, cuando toda la sociedad se ha puesto frenéticamente a hacer lo mismo. Ya no quedan prácticamente institución (administrativa, militar, económica, cultural, social, etc.) que no disponga de un servicio de comunicación, de relaciones públicas y no emita, sobre sí misma y sus actividades, un discurso pletórico y elogioso. A este respecto, todo el sistema, en las democracias catódicas, se ha vuelto astuto e inteligente, totalmente capaz de manipular arteramente a los medios de comunicación y resistir sabiamente a su curiosidad.
A todos estos desbarajustes se añade un malentendido esencial. Muchos ciudadanos consideran que, confortablemente instalados en el sofá de su salón y viendo en la pequeña pantalla una sensacional cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse seriamente. Es un error mayúsculo, por tres razones: primero, porque el informativo televisado, estructurado como una ficción, no está hecho para informar, sino para distraer. A continuación, porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (unas veinte por cada telediario) produce un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación. Y, finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión que tiene que ver con el mito publicitario más que con la movilización cívica. Informarse cansa y a este precio el ciudadano adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.
























