Fenómeno que vivimos cotidianamente, los partidos políticos, plenamente conscientes de la corta memoria del mexicano promedio y de la escasa cultura del votante joven, ese que recién votó en estas elecciones, se inventan diariamente un pasado inexistente para entonces prometernos un futuro venturoso. El hecho de que las promesas sean absurdas o francamente fantasiosas no importa, ellos saben que una gran masa de votantes se traga todo.
Ante este deprimente espectáculo no puedo menos que recordar una vieja película, “El huevo de la serpiente”, filme dirigido por Ingmar Bergman en 1977 y ambientada en el Berlín de los años veintes. La película es una metáfora sobre el largo proceso que condujo a la destrucción de la democracia alemana y su paulatina sustitución por un régimen totalitario. Para efectos demostrativos utiliza la comparación de un huevo de serpiente, la cual, cuando está en la etapa de gestación, puede ser vista a través de la cáscara transparente del huevo; y lo que se ve es un pequeño animal, en apariencia inofensivo y francamente insignificante. Por eso, nadie se preocupa ni mucho menos piensa en impedir su nacimiento. Pero cuando el animal sale del huevo y comienza a hacer lo suyo, el proceso no se detiene hasta que la destrucción es total. Cuando por fin alguien quiere hacer algo ya es demasiado tarde.
Si bien el pueblo alemán es el que más intensamente vivió esa experiencia, no fue el único, le ha pasado a la Italia de Mussolini, la Argentina de Perón, la Venezuela de Chávez y a la Cuba de Castro. Un rasgo común en estos procesos que condujeron a la instauración de los regímenes totalitarios es, precisamente, que durante sus fases iniciales, los peligros fueron vistos con desdén o de plano ni los vieron. Quienes podían hacer algo oportunamente los subestimaron o actuaron con tanto temor que terminaron empedrando con sus buenas intenciones el camino al infierno. Recordemos el papel desempeñado por Neville Chamberlain y Edouard Daladier en la gestación de la Segunda guerra mundial.
La experiencia ha demostrado que cuando las democracias se debilitan, cuando las instituciones que la sostienen se erosionan ante la indolente mirada de una sociedad que se siente ajena al proceso, cuando se pierde la capacidad de distinguir entre lo que es realmente importante y lo superficial, entre lo verdadero y lo falso, hay un solo resultado previsible: El triunfo de quienes aspiran al poder absoluto, el triunfo de los dictadores.
En México existen lugares como Tamaulipas y Ciudad Juárez, donde las estructuras democráticas han fracasado, sencillamente en esos lugares no hay gobierno. No existe autoridad, y nadie castiga a los delincuentes. Pero no necesitamos ir tan lejos, en Tláhuac hace unos años tampoco pudo aplicarse la ley y el resultado fue de tres policías linchados por la cobardía de un político, Marcelo Ebrard, cobardía que le costó el puesto, aunque posteriormente fue rescatado por López pues era una pieza importante en su proyecto.
En muchas partes de la geografía nacional y michoacana no hay ley que funcione; mandan las bandas criminales, los barones del narco; para efectos de justicia y legalidad no existe el Presidente municipal ni funciona la policía local.
Pero debemos entender algo básico; en el caso mexicano no es solo el fracaso de un gobierno, sea azul, tricolor o amarillo, el fracaso es de la clase política en su conjunto, cuyos partidos, gobiernos, legisladores y líderes han sido incapaces de construir y hacer funcionar leyes y desarrollar una política que garanticen la eficacia de los gobiernos y sus instituciones. Si aunamos a lo anterior que el narcotráfico tiene una innegable y sólida base social, completaremos el desolador panorama de México.
Chihuahua y Tamaulipas, también Sinaloa, Michoacán y Guerrero se han convertido en la muestra más palmaria de la torpeza y miopía de la clase política, de la cobardía de sus dirigentes, de la tibia o nula respuesta de la sociedad. ¿A quién, de entre los capitostes del PRI, PAN o PRD le importa realmente lo que pasa en Tamaulipas o Michoacán?. Les importa sí, que el gobernante, el que llega, sea tricolor, azul o amarillo, pero para efectos de colocar a su gente en diversos puestos, para manejar presupuestos, para realizar negocios, para proteger a los suyos; pero para “cumplir y hacer cumplir la constitución”… para eso si que no están.
No debemos olvidarlo, el huevo de la serpiente se incubó en México durante el reinado del PRI, en el sexenio de Miguel Alemán, hasta eclosionar en el sexenio de De la Madrid. En su momento, por mera torpeza si no es que por criminal conveniencia no se hizo nada para evitarlo. Ahora sufrimos las consecuencias.
Alejandro Vázquez Cárdenas
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