Estos días de marzo el círculo cultural nacional está de luto. Se nos fue una de esas mujeres que sólo hay una por generación. Rita Guerrero fue para muchos algo más que sólo una cantante. Era ícono de la posmodernidad artística; del rescate de la cultura virreinal y su reinterpretación más vigente en el contexto de las artes. Ante todo esto, Actualidad Clínica en Psicología quiere hacer una denuncia. ¿Hasta cuando van a permitir las autoridades el intrusismo profesional de las terapias alternativas en ámbitos tan críticos como el del tratamiento del cáncer?
Rita Guerrero era una mujer latina, de 46 años de edad, con diagnóstico de cáncer de mama en etapa intermedia, sin metástasis ósea. Una mujer con estas características tiene muy elevadas posibilidades de sobrevivir, e incluso superar el episodio cancerígeno. Año con año la taza de mortalidad por esta causa se ha venido disminuyendo, gracias a la medicina oncológica.
¿Por qué murió Rita? Por algo que día a día millones de mujeres hacen al caer en las redes de la superchería: creer que un efecto desconocido de una terapia alternativa es mejor que un efecto mínimo de la quimioterapia. Rita abandonó el tratamiento oncológico avalado por la comunidad científica tras no obtener los resultados esperados (aquí, un error médico al no explicar los alcances y plazos del tratamiento), y decidió escuchar la voz fantasmal de los magufos. Esos seres que mezclan el deseo de creer con el deseo de saber en una combinación peligrosísima: la charlatanería.
Tal vez la quimioterapia no hubiera salvado la vida a Rita. Pero por lo menos habríamos estado seguros que se habría hecho todo lo posible científicamente demostrable. Hoy, el mundo ha perdido a una de sus musas, y nuca sabremos cuánto más pudo haber estado entre nosotros. No se lo podemos reprochar a Rita. Ella era una mujer fiel a la materia de los sueños, y en su universo onírico el médico de la peste se le apareció ofreciéndole una promesa, y en su mente ello pudo más que la certeza.
El problema que aquí se deja entrever es ético. Pero más aún, es legal. Mientras las agencias regulatorias sigan ignorando el peligro que representan los charlatanes de la salud, estos seguirán proliferando, y engañando a la gente con sus promesas de sabiduría más allá del entendimiento científico. Decimos engaño porque Rita no era una mujer tonta. Era inteligente por no decir sabia. De las pocas personas que podían hablar de fenomenología y saber exactamente lo que decían, y no conjeturas inconexas extraídas de Wikipedia. Pero cayó en la desesperación, en la duda, y ahí es donde los charlatanes encuentran a sus presas.
Hoy Rita descansa en paz, pero los promotores de la regulación sanitaria estricta, del pensamiento crítico y de la práctica sanitaria apoyada en evidencia científica no descansaremos, ya que nuestro primer enemigo, antes que los mismos charlatanes, es la falta de un marco legal que proteja a los pacientes. Ante ello, sólo nos queda informar, y mantener al público adecuadamente informado.
























