china

Hace algún tiempo tuve la oportunidad de visitar China en un viaje para conocer algunos desarrollos que han logrado en la industria alimenticia en ese país. Sabía de sus avances  en la fabricación de maquinaria para esos procesos, con la ventaja de que sus equipos son más económicos que los fabricados en otras naciones, como Alemania, Estados Unidos, Japón y Corea, sólo por mencionar algunas de las naciones avanzadas y con procesos industriales modernos en diversas actividades industriales, por el simple hecho de que su mano de obra es más económica. Lo que les ha permitido volverse  competitivos en muchos sectores, desplazando a otras naciones como abastecedoras de prácticamente todo tipo de bienes en los mercados mundiales.

Con ese antecedente, esperaba encontrar un país en el que la mayoría de la gente tendría un nivel de vida modesto y por debajo de los que uno observa en el nuestro país. Me llamaba la atención saber que el crecimiento del producto interno bruto de esa nación se hubiera mantenido en las dos últimas décadas cercano a 10 por ciento mientras que en nuestro caso este ha sido inferior a 2 por ciento promedio, durante el mismo periodo.

Debo confesar que al visitar esa gran nación asiática, que tiene más de mil 300 millones de habitantes, me llevé la sorpresa de mi vida. Me encontré a un país pujante, con un alto dinamismo en todas las actividades económicas y en el que el nivel de vida de la población promedio resulta envidiable para la mayoría de quienes vivimos en México.

No se observa miseria y hay menos pobreza extrema. La gente en las calles se ve contenta; los parques públicos están llenos de personas de todas las edades; temprano, en las mañanas, y por las tardes, después del trabajo, haciendo ejercicio, caminando, grupos de adultos mayores bailando valses, practicando ejercicios de relajación y de concentración.

Sólo en Beijing debe haber, en este momento, más de mil edificios de entre 25 y 30 pisos en construcción, así como decenas de miles de ellos ya concluidos, mayoritariamente para vivienda y para oficinas. Por lo que sé, lo mismo sucede proporcionalmente al tamaño de población en toda China.

Las avenidas más amplias tienen un camellón central, cuidadosamente jardinado, a los lados tres o cuatro carriles en uno y otro sentido, un camellón adicional de cada lado y carriles laterales, otro camellón, y carriles para ciclistas y motociclistas. Las carreteras entre ciudades son mayoritariamente de dos o tres carriles en cada sentido y siempre de cuota. Ni carreteras ni calles sufren de baches; todas están bien construidas y con mantenimiento constante.

Las estaciones de ferrocarril y los aeropuertos son en su inmensa mayoría de reciente construcción y arquitectura espectacular. Por ellas circulan decenas o centenas de miles de pasajeros diariamente; casi todos nativos del país. La mayor parte de las aeronaves de las empresas locales son Airbus, de cerca de 300 pasajeros, de reciente adquisición, y cómodamente acondicionados; el servicio es excelente y la puntualidad raya en la exactitud. Los trenes de alta velocidad (300 kilómetros por hora) conectan cada día a más ciudades; corren sobre vías confinadas a gran altura del suelo para evitar accidentes; los exprés (200 kilómetros por hora), que son mucho más frecuentes, son también de excelente calidad.

Las obras de infraestructura, como los puentes que cruzan sobre los ríos Yangtzé, Amarillo y muchos otros no tan caudalosos, son todos obras de ingeniería de enorme calidad; no se diga las presas para generación de energía eléctrica, como la de la Tres Gargantas, ubicada sobre el rio Yangtzé, la más grande del mundo en su capacidad de generación eléctrica.

En las calles y carreteras es extraño ver vehículos viejos, tanto particulares, como públicos. El tránsito es intenso por el enorme número de vehículos; sin embargo, el transporte público es de la mejor calidad: modernos y limpios autobuses, cada día más líneas de metro en las grandes ciudades y sistemas suburbanos para trasladar a la población de sus hogares a los centros de trabajo.

Cuando regresé a México me di a la tarea de revisar algunos indicadores económicos de China y compararlos con los de México, ya que no daba crédito a lo que había presenciado y aprendido de esa enorme nación. En primer lugar, debo decir que no me cuadraban los números al hacer comparaciones: si dicen que China ha crecido a 10 por ciento anual durante los últimas dos décadas y nosotros lo hemos hecho a cerca de 2 por ciento durante el mismo periodo, y me preguntaba ¿cómo es posible entender que la dinámica de crecimiento que vi en China es sólo cinco veces mayor a la que veo cotidianamente en México? Luego me respondía: o ellos están creciendo a 25 o 30 por ciento anual, o nosotros estamos creciendo al cero o menos de 1 por ciento. Hasta que caí en cuenta que cuando se habla del crecimiento del producto interno bruto de una nación, los indicadores son de números agregados, totales, y como se distribuye ese crecimiento entre sus habitantes, es un asunto muy diferente.