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Masaryk, en la colonia Polanco, es una de las avenidas con mayor plusvalía inmobiliaria de la Ciudad de México, también una de las zonas más lujosas, en donde viven, se divierten o trabajan, algunos de los hombres y mujeres más adinerados y poderosos del país.

De visita en el DF por motivos laborales, me tuve que quedar hospedado cerca de esta zona, para no fastidiarme la vida con los horrendos traslados de horas y horas que suceden, día con día, en la segunda urbe más grande del planeta.

Llegada la noche, ya relajado, opté por salir a caminar para buscar algo que cenar, y cómo preguntando se llega a Roma, un hombre que se dedicaba al valet parking me recomendó los afamados tacos de “Don Güero”.

Llegué al susodicho lugar, y no era más que una típica taquería colocada en la banqueta de la Avenida Presidente Masaryk, grande y llena de gente. Me dispuse a hacer cola y cuando llegó mi turno, pedí dos tacos de pastor, uno de bistec, uno campechano, y uno de suculenta lengua de res, cocinada al vapor, por supuesto.

Mientras me disponía a preparar mis taquitos con su respectiva cebolla, salsita roja y limón, observé el tipo de clientela que tenía el establecimiento. Eran como las 8 de la noche, por tanto, deduje por la vestimenta, que algunos eran empleados, otros ejecutivos, algunos jóvenes, otros mayores de edad.

También llegaban personas en automóviles lujosos, se estacionaban y se bajaban a cenar, personas atractivas y con buena ropa, que conducían BMW, Mercedes Benz, Land Rover, etcétera. Todos formados y en orden pidiendo nuestros tacos. Allí no había diferencia de clases sociales, no existía la anarquía. Un “buenas noches”, un “con permiso”, un “muchas gracias” y un “ buen provecho” son modales de cajón.

Para el taquero la reverencia es fundamental. “Jefe, ¿me puede dar dos gringas?”. “Don, sírvame, por favor, dos de suadero”. El taquero se hace imponer y respetar con el tremendo cuchillo cebollero que trae en mano. Por eso mismo debemos respetarlo. Hay de ti que te quieras fugar sin pagar la cuenta, o que te quieras pasar de listo al momento de decirle al cajero que fue lo que te tragaste, no quiero ni imaginar que pasaría con aquel cuchillo, y si se convertiría en una poderosa arma blanca.

Todos, ricos y pobres, mujeres y hombres, jóvenes y ancianos conviviendo pacífica y cordialmente alrededor de un simple taco, sí, una tortilla con carne. Todo era sonrisas, olvidarse de los problemas en los 10 minutos que tardas en comerte la orden que te da el taquero con tanto gusto y espíritu de servicio.

Parece mentira, pero sin reglas escritas, un taco puede lograr lo que no hacen clases escolares y campañas mediáticas de educación cívica. No hay mayor momento democrático en nuestra sociedad contemporánea que el estar en una taquería ambulante. Se siente gran seguridad el estar allí rodeado de tanta gente “amable”.

Ya al retirarte y pagar la cuenta, comienza de nuevo la jungla. La ciudad te lleva entre su oscuridad y su peligro, haciendo que voltees a todos lados para ver si no te siguen para asaltarte.

Ya no te encuentras en la cálida taquería. Ahora si resurgen los claxons que le mientan la madre al que no avanza con el semáforo en verde, o al peatón que se cruza con el semáforo en rojo. Ya todo comienza a “valer un carajo”.

Ahora si, los autos lujosos -tal vez los mismos que antes estuvieron estacionados en la taquería- se atraviesan a los taxis de forma grosera, para ganar el paso y avanzar más rápido. Ahora si los peatones tenemos que cuidarnos, de que con su excesiva velocidad y desprecio no nos vayan a atropellar.

Fueron 70 pesos de cuenta y 10 minutos de un buen experimento social y concluir que el ser humano si puede ser mejor, con: la hermandad del taco.
Publicado con la autorización del Director de Gurú Político

Politólogo con estudios en el Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey. Consultor Político. Consejero Ciudadano del Observatorio Mexicano de la Homofobia (OMHO). Ha publicado en diversos medios nacionales, cómo Excélsior, y portales en línea. Correo: [email protected] Twitter: @GuruPolitico Facebook: GuruPolitico