“Todo tiempo pasado fue mejor”, es una frase común entre quienes añoran una época que no regresará. Pero no es la idea en este momento discutir que tiene de verdad esa sentencia; solo afirmo, con razones, que en Medicina todo tiempo pasado fue peor. Revisemos lo siguiente.

En el pasado, hablemos del siglo XIX y buena parte del siglo XX, el médico basaba muchos de sus pronósticos sobre bases poco firmes y muchas veces francamente inciertas. Por lo anterior es correcto suponer que sus errores no eras raros. Era por lo tanto comprensible que no quisiera comprometerse emitiendo un dictamen preciso y prefiriera utilizar la expresión “pronostico reservado” como una muestra de cautela. Actualmente, con los enormes avances en los procedimientos diagnósticos, tanto de laboratorio como de imagenología se continúa utilizando con más frecuencia que la justificable el término “reservado” no tanto por la posibilidad de errar en el diagnostico sino por la temor de darle al paciente el diagnostico exacto si este tiene un carga ominosa como por ejemplo un agresivo cáncer metastásico con pronostico fatal a un plazo no muy lejano. Por lo general, en esos casos, el médico, que lo último que desea es ser un “mensajero” de la muerte, se refugia en las viejas actitudes de los clínicos del pasado, habla poco, evade dar datos precisos sobre el futuro del paciente y lo inminente de su deceso y termina diciéndole solo parte de la verdad. Prefiere, ante el paciente, esconderse en un ambiguo “pronóstico reservado” y solo con los familiares se discute abiertamente el futuro del paciente.

Una incómoda realidad es que con frecuencia el médico se aleja del paciente moribundo escudándose en el argumento de que ya no tiene nada útil que ofrecer; si realmente piensa eso o solo quiere pensar así es lo mismo, el médico calla y en apariencia se queda tan tranquilo.

Pero la verdad es que desde hace decenios se ha demostrado que un paciente moribundo conoce la gravedad de su enfermedad, no tanto porque él solito llegue al diagnostico, sino porque lo percibe indirectamente. ¿Cómo?, fácil; son visitados menos por sus médicos, las dosis de analgésicos y sedantes se aumentan, los exámenes de laboratorio de control y de tipo diagnostico desaparecen, aparece algún sacerdote, los familiares son mas cariñosos y finalmente el paciente percibe una conspiración de silencio.

Pero esta conspiración del silencio no es buena, esta ya demostrado que en los casos en los que no se discute con los paciente la naturaleza y pronostico de su enfermedad los enfermos cursan con mas angustia y depresión que el grupo de pacientes a los cuales se les hablo con la verdad y están enterados de su próximo final. Esta va en contra lo que muchos piensan, pero es la realidad.

Ha sido, apenas en las últimas décadas que el acto y el estudio del morir se han incluido en una disciplina, la Tanatología, ciencia que es practicada no solo por médicos, sino por psicólogos, sacerdotes, enfermeras y trabajadoras sociales. La Tanatología, recordemos es una disciplina científica que se encarga de encontrar el sentido al proceso de la muerte, sus ritos y significado. También se encarga de los duelos derivados de pérdidas significativas que no tengan que ver con la muerte física o enfermos terminales.

Ha llegado el tiempo de seguir nuevas rutas y actuar en consecuencia, por lo pronto poner en práctica una comunicación más amplia con el paciente, apoyarlo con un enfoque multidisciplinario, hacerle sentir un real apoyo y la posibilidad de ayuda concreta. Mínimo podemos contribuir en un detalle, eliminar la sensación de abandono, soledad, incertidumbre que caracteriza a las últimas etapas de un paciente terminal.

Se lo debemos a todos.