Escuchar es una habilidad indispensable para lograr el diálogo, y el diálogo para lograr la paz. Nos duelen e indignan las guerras, pero no logramos construir la paz ni en nuestra propia casa. A veces, llevarse bien con los vecinos parece imposible y por supuesto, la culpa siempre es de ellos porque nosotros somos a toda madre.

Tener la última palabra en una discusión parece una victoria. En realidad, es el camino para terminar hablando solo. Afirmar que lo que uno dice “es la verdad”, invalida cientos de miles de verdades que habitan en las cabezas de los demás y dependen de su forma particular de percibir la realidad.

Existen las verdades científicas y esas sí, son irrefutables, pero a menos que uno viva encerrado en un laboratorio y no necesite amigos, vale la pena estar abierto a escuchar a los demás.

Escuchar es una habilidad indispensable para lograr el diálogo, y el diálogo para lograr la paz. Nos duelen e indignan las guerras, pero no logramos construir la paz ni en nuestra propia casa. A veces, llevarse bien con los vecinos parece imposible y por supuesto, la culpa siempre es de ellos porque nosotros somos a toda madre. “Esa es la verdad”, según nosotros. Habría que escuchar lo que se dice en la otra casa. Tal vez al vecino le molesta cómo nos estacionamos. Tal vez “olvidamos” recoger las cacas del perro con frecuencia, no separamos la basura, o somos desconsiderados en cuanto al horario y el volumen de nuestra música. La paz implica estar dispuestos a ceder.

Al interior de nuestro hogar, pasa lo mismo. Algunas luchas de poder se llevan al extremo de anular a nuestra pareja o a nuestros pobres hijos, que mientras no se mantienen solos nos tienen que aguantar. Se puede hacer mucho daño con las palabras, por eso es indispensable pensar antes de hablar.

El Papa Francisco viene a México y muchos inocentes piensan que su sola presencia traerá la paz. Ojalá fuera así. Ojalá un buen hombre pudiera llenar nuestras vidas de paz con solo salpicar nuestras almas con agua bendita.

La paz se construye. La construimos todos.

Además de su carisma, sus buenas intenciones y un beneficio turístico notable para nuestro país, el Papa Francisco trae a México otra cosa que vale mucho: la palabra.

Se puede hacer mucho daño con las palabras pero también se puede sanar con ellas. Se puede sensibilizar a mucha gente con un discurso honesto y amoroso. Se puede contagiar esperanza. Se pueden plantear soluciones a los conflictos.

Aunque a veces se nos olvida, las palabras tienen mucho poder, especialmente cuando están sustentadas con acciones. Nunca es tarde para pedir perdón. Para cumplir nuestra palabra o dejar de mentir. Para expresar nuestro amor o nuestro reconocimiento a quienes nos rodean. Para agradecer.

No sé quién dijo esta frase que yo escuché en una canción de El último de la fila: “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas”, pero tiene mucho sentido. Especialmente si pensamos que afirmando presuntas verdadades podemos destruir la autoestima o la reputación de una persona, y con ello su vida entera. Evitemos unirnos a los linchamientos cobardes de las redes sociales contra la víctima en turno. Especialmente si nada de lo que estamos replicando nos consta. En honor a la verdad, el 99 % de las cosas que compartimos en nuestras redes sociales no nos constan.

Usemos responsablemente las palabras. Para construir, para divulgar información útil, para promover causas nobles, para animar o consolar a alguien que lo necesita. Y tratemos de no tener la última palabra sino muchas preguntas y muchas ganas de escuchar.

* Dice Google que “Si lo que vas a decir no es más bello que el silencio, no lo digas” , es un proverbio árabe.