Existen discursos memorables, pero son muy escasos; otros muchos son regulares, digamos que aceptables; pero a la gran mayoría los podemos ubicar en la categoría de mediocres o de plano basura totalmente desechable.

En la historia de la política mexicana uno de los mejores discursos que se recuerdan es el del Lic. José López Portillo, en su toma de posesión el 1º de diciembre del ya lejano año de 1976, sustituyendo al ya para entonces muy desprestigiado Luis Echeverría Álvarez.

López Portillo, brillante y culto orador, personaje que podía citar, en su contexto, tanto a Platón como a Aristóteles, ese día dio una soberbia muestra de su capacidad oratoria, logrando convencer a la mayoría de los mexicanos de que una nueva etapa se iniciaba con su gobierno y quedaba atrás el atormentado México del echeverriato.

Pero, oh desilusión, en menos de un año la dura realidad nos ubicó en nuestro miserable nivel, y la ciudadanía, desencantada y desilusionada, le dio la espalda al Presidente. No hace falta recordar los excesos de su gobierno, mismo que junto al sexenio de Echeverría casi destruyen a México.

No es ninguna novedad el afirmar que Michoacán ha padecidos por decenios pésimos gobernantes, y quizá los peores hayan sido Lázaro Cárdenas, Leonel Godoy y el nefasto binomio de Vallejo-Reyna. Nada puedo decir en su descargo. Ni siquiera “Chema” Mendoza Pardo es peor que ellos. Tan solo el crecimiento impresionante y realmente imparable del crimen organizado, narcotráfico, extorsiones, secuestros, etcétera, durante sus gobiernos basta para condenarlos.

Pero el tiempo transcurre y termina la pesadilla del PRI de Vallejo-Reyna, y vienen las elecciones; confirmándose lo que siempre se ha sabido, que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen, y Michoacán no es la excepción, triunfa el PRD con Silvano Aureoles olvidando los votantes, por las razones que sean, los antecedentes de ese partido desde hace tiempo hundido en el desprestigio.

Llega el momento y en su discurso de toma de posesión como Gobernador Silvano Aureoles logra articular una aceptable pieza oratoria que medio convence a una buena parte de la audiencia, ávida de palabras de aliento en medio de la negra noche generada por el saliente binomio fatídico.

Se reconocen graves errores, se admite el severo problema de la corrupción y promete que ya no se tolerara más los chantajes de la CNTE y de esos profesionales de la violencia, los indefendibles “normalistas” acostumbrados a bloquear y robar, un día sí y otro también. Promete cumplir y hacer cumplir la ley. Promete no más bloqueos y plantones. Promete no más chantajes. Promete meter en cintura a los profesionales del vandalismo, promete, promete y promete.

Pero no pasan más de unas semanas cuando, con enorme desencanto, la ciudadanía confirma que todo lo prometido quedo en eso, en promesas.

Hay ya un desencanto generalizado, los “normalistas” y los violentos de la CNTE ya le tienen tomada la medida. Fuera de acciones tibias y de corta duración, desactivando tardíamente bloqueo y plantones, su impunidad continúa. Cuanto ocasionalmente se detienen a algunos “normalistas” tardan más estos en ser detenidos que en salir en libertad. Disfrazan su temor con el nombre de “dialogo”. Y lo más grave, las muchas órdenes de aprehensión vigentes en contra de líderes de la CNTE en Michoacán duermen el sueño de los justos.

Por limitados que sean los votantes ya deben de entender que en Michoacán el PRD no es, ni ha sido, la solución, el PRD es parte del problema. ¿Qué nos queda? La ímproba y al parecer inútil tarea de exigir a este gobierno que cumpla sus promesas y si no, pues a esperar que en las próximas elecciones los michoacanos tengan un mejor juicio a la hora de votar. Lo verán los que estén vivos para esas fechas