La verdad es que, leyendo entre líneas y entendiendo las implicaciones de las estadísticas, nuestro México Mágico y su Gobierno no tienen gran cosa de qué presumir.

A ninguna otra conclusión se puede arribar tras leer dos estudios económicos recientes, uno del Banco Mundial y el otro de la OCDE.

En el primero se advierte que el índice de empleos informales en México, con relación al tamaño de su economía, es alto y que este elevado índice se ha mantenido entre el 50 y el 62 por ciento durante los últimos 20 años.


Imaginen ustedes, amigos, lo que implica que más de la mitad de la población activa mexicana se desempeñe en el sector informal, lo cual incluye empleos TEMPORALES o MARGINALES.

Por su parte, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos establece que nuestro salario mínimo nos ubica en la posición 55 de los más BAJOS de entre 125 países medidos.

Estando nuestra economía -dependiendo de circunstancias- entre las “top ten” del mundo, nuestro salario mínimo debería rondar ese nivel para ser equiparable.

Más no, andamos a media tabla rivalizando en la percepción mínima con economías mucho más pequeñas y menos desarrolladas.

El alto nivel de empleos informales en nuestro País arroja que las mediciones oficiales sobre el nivel de ocupación en México resulten engañosas hacia el lado halagador.

Muchos de los empleos informales poseen otra característica: son “autoempleos”, es decir que el “asalariado” percibe su ingreso de una actividad económica propia que, como decíamos, frecuentemente suele ser temporal y poco redituable.

Y la cual, también frecuentemente, se ha visto en la necesidad de iniciar al no encontrar el empleo formal que requiere para el sostenimiento propio y de su familia.

Se mide aquí oficialmente un empleo informal como si fuera formal, de manera que la cifra de desempleo en México resulta siempre desconcertante, pues siendo baja no se refleja en el otro factor: el crecimiento de los salarios.

Para ser exitosa económicamente una nación no sólo requiere altos niveles de empleos, sino de empleos bien remunerados.

El salario mínimo en México equivale a unos mil 332 dólares anuales; esta cifra en Brasil, por ejemplo, es de 3 mil y en Perú de 2 mil dólares.

Incide sin duda en este fenómeno de bajas percepciones salariales en grandes sectores de la población otro que cita el estudio de la OCDE.

Dice éste: “La falta de competencia y la regulación excesiva han sido una carga para la economía mexicana durante muchos años y han contribuido a las grandes disparidades en el ingreso”.

Esta parte del estudio revela un dato sumamente interesante: dice que el 30 por ciento del gasto familiar en México ocurre donde hay escasa competencia de mercado, y que en consecuencia los precios son un 40 por ciento más altos de lo que podrían ser si hubiera competencia.

En estas condiciones citadas se forja una paradoja: la falta de competencia afecta a los mexicanos más pobres.

¡Tienen menos ingresos, pero además pagan más por los insumos necesarios para subsistir!

Como clara deducción producto de estos estudios no se puede más que concluir, como mínimo, dos cosas evidentes:

1. Que el México que nos heredan dos sexenios panistas dista mucho de ser en la realidad el que pintan en sus declaraciones autopromocionales y boletines de prensa.

2. Y que el Presidente entrante Enrique Peña Nieto y su equipo económico, liderado por Luis Videgaray, tendrán frente a sí una serie de retos formidables.

No sólo requerirá México abatir aceleradamente el déficit en la creación de empleos, sino al mismo tiempo ELEVAR los ingresos de los mexicanos para sacarnos de ese marasmo del 55avo. vergonzoso lugar, pero sin generar distorsiones en la macroeconomía.

Ello, al tiempo que fomentan la competencia en los mercados internos frenando los monopolios y oligopolios, ¡empezando por los propios!