La inteligencia se define, según varias obras de Psicología y diversas enciclopedias, como una facultad intelectiva, la capacidad para entender y comprender, y suele usarse como sinónimo de intelecto y entendimiento. Algunas obras establecen la diferencia entre intelecto e inteligencia agregando que la inteligencia hace hincapié en habilidades y aptitudes para manejar situaciones concretas, la capacidad para adquirir nuevos conocimientos y utilizarlos en situaciones inéditas. Otros, más sucintamente la definen como la unión del conocimiento, la comprensión y el acto de entender.
Sea cual sea la definición que nos agrade, todas concuerdan en lo esencial y todas consideran que la más elevada de las funciones cerebrales es precisamente la inteligencia. Sin embargo, si bien poseer una gran inteligencia es altamente deseable y en algunos trabajos es requisito totalmente indispensable, por sí sola no es suficiente garantía de éxito en este complejo mundo. Hacen falta otros pilares tales como trabajo, dedicación, voluntad, extrema motivación y en ocasiones un ocasional destello de suerte, aunque habrá quien diga que hasta para distinguir el más mínimo destello de la suerte se ocupa inteligencia, sobre todo para no confundir una oportunidad de oropel con una de oro.
Lo anterior viene al caso pues ya inicia la LXIII Legislatura en nuestro país, algo que, nos agrade o no, afecta la vida de todos los ciudadanos al ser el sitio donde, hipotéticamente, se generan las leyes que, también, hipotéticamente, aplican a todos los mexicanos. Entra una nueva comalada de diputados, personajes que junto con el aparato de justicia ocupan el sótano en la credibilidad y confianza del mexicano, sitio ganado a pulso y del cual no veo como vayan a salir.
Ejemplos patéticos del actuar y decir de los diputados hay muchos y prácticamente a diario surge uno nuevo. En este momento, por alguna razón, recuerdo a un oscuro diputado del PRD que hace ya varios años no tuvo mejor ocurrencia que confesar su admiración por Hitler y su libro “Mi lucha”. Esto que de entrada suena a simple ocurrencia llamó la atención a varios medios, los cuales, al entrevistar al mencionado personaje perredista con antecedentes de priista obtuvieron la confirmación de lo dicho. No contento con eso, agrego estar a favor de la pena de muerte para aplicarla sin muchos trámites a todos lo que a su juicio sea traidores a la patria (todos los que no piensen como él, evidentemente). Como es de suponer, rápidamente distintos compañeros de su partido se apresuraron a deslindarse de semejantes declaraciones, llegando al extremo de sugerir un tratamiento psiquiátrico para el susodicho diputado.
Lo más curioso de este asunto es que en el referido libro “Mi lucha” viene una verdad absoluta: “La suma de 100 tontos no da un hombre sabio”, afirmación que aplica perfectamente en nuestros congresos legislativos, pasados y presentes. La inteligencia no es aditiva, ni se potencializa, ni tiene como una de sus propiedades la sinergia. La suma de dos tontos es dos tontos, no un inteligente, y si algo escasea entre nuestros legisladores es precisamente la inteligencia, la sensibilidad y el sentido común.
¿Quién tiene la culpa de que semejantes representantes del neolítico sean nuestros diputados? ; Lamentablemente nosotros, en mayor o menor grado, por comisión o por omisión. Podemos reclamarles, escribirles, quejarnos y hacerles ver nuestra inconformidad, pero la triste realidad es que ellos no tienen ningún interés en quedar bien con el electorado, solo con el grupo que los apoyó. Una queja enviada a un diputado tendrá el mismo efecto que una petición de democracia a Kim Il Sung. Por lo pronto ahora solo nos queda aguantamos y a ver si nos vamos fijando mejor para la otra.
Alejandro Vázquez Cárdenas
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