Ya inició la carrera para la candidatura a la presidencia en los Estados Unidos. Por parte del Partido Demócrata la casi segura nominada es la Sra. Hillary Clinton, política que cuenta, sobradamente, con las suficientes credenciales para aspirar a dicho puesto. Por el Partido Republicano existen varios precandidatos; dentro de ellos destaca, como una mancha de lodo en una superficie blanca, Donald Trump, multimillonario de conflictivos antecedentes, personaje que se ha propuesto crecer y destacar utilizando un recurso de probada eficiencia y peligrosidad; el llamado “discurso de odio”.

Pero vayamos por partes, primero ¿Qué debemos entender por “Discurso de odio”? ; La popular Wikipedia nos lo define como “cualquier acción comunicativa que tenga como objetivo promover y alimentar las manifestaciones de odio y rechazo hacia determinadas personas o grupos de personas, utilizando expresiones de desprecio hacia el grupo en cuestión por sus características étnicas, religiosas, culturales entre otras”

Otra definición, más bien orientada al aspecto legal nos dice que ” Es una incitación al odio contra un grupo de personas definidas por raza, grupo étnico, origen nacional, género, religión, orientación sexual, y similares, especialmente en circunstancias en las cuales la comunicación probablemente provoque violencia”

Abundando en el tema recordemos algo importante. Las expresiones de odio y el discurso destinado a intimidar son muy antiguos y no tienen fronteras. De la Alemania nazi pasando por el Ku Klux Klan en los EUA, por Bosnia en los noventa y el genocidio de Ruanda en 1994, se ha empleado este discurso para racionalizar el asesinato.

El explosivo crecimiento de la Internet y otros medios ha facilitado la divulgación de expresiones de odio, por eso muchos gobiernos y organismos internacionales han tratado de limitar los efectos de este tipo de discurso. Pero se han encontrado con un detalle, su posible contraposición con el derecho a la libertad de expresión, garantizado por numerosos tratados y legislaciones.

El artículo 13 de la Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH) prevé un amplio grado de libertad de expresión; este artículo protege esta libertad al proscribir la censura previa y otras restricciones. Pero este manto de la libertad de expresión no es, ni debe ser, absoluto. La CADH, al igual que numerosos pactos internacionales, declara que las expresiones de odio quedan al margen de la protección del artículo 13 y exige que los Estados Partes proscriban esta forma de expresión.

En el caso de Europa, la Convención Europea de Derechos Humanos (CEDH) en su articulo 2 inciso 10 dice: ” El ejercicio de estas libertades, que entrañan deberes y responsabilidades, podrá ser sometido a ciertas formalidades, condiciones, restricciones o sanciones previstas por la ley, que constituyan medidas necesarias, en una sociedad democrática, para la seguridad nacional, la integridad territorial o la seguridad pública, la defensa del orden y la prevención del delito, la protección de la salud o de la moral, la protección de la reputación o de los derechos ajenos, para impedir la divulgación de informaciones confidenciales o para garantizar la autoridad y la imparcialidad del poder judicial”

Como podemos ver, el derecho a la libertad de expresión, por razones evidentes, debe tener ciertas limitaciones; no es, ni puede ser la libertad irrestricta, laxa y hasta cierto punto utópica como la pensaron Voltaire, Rousseau o Montesquieu, posición preconizada y defendida por John Stuart Mills.

Debemos, obligadamente, aprender de la Historia. Recordemos los resultados del discurso de odio en la primera mitad del siglo XX, en un país europeo con graves problemas. El dueño de este discurso fue un personaje de una inteligencia diabólica, Adolf Hitler; el país era Alemania; los enemigos, los judíos y las razas inferiores; el proposito, recuperar la grandeza de Alemania y la pureza de su raza; el costo, 40 millones de muertos en la mayor conflagración que ha visto la humanidad desde que existe.

¿Coincidencias con el discurso de Trump? Cambie “judíos” por “mexicanos” y “grandeza de Alemania por “Grandeza de EUA” y el discurso es el mismo.

Alejandro Vázquez Cárdenas
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