Cuando se habla de reformas estructurales en la economía, no nos referimos a la necesidad de organizar algunas cuantas ferias de negocios, eliminar un puñado de trámites o incluso entablar un tratado comercial con algún país extranjero.

Por el contrario, se trata de delinear una estrategia integral de muy largo plazo, es decir, que abarque los problemas que deberá enfrentar la generación de jóvenes que hoy se gradúa de preparatoria o de la universidad durante su vida profesional, o sea, a lo largo de los próximos 20 ó 30 años.


 

Una reforma estructural consiste en cambiar los cimientos de la economía para adecuarla a las necesidades del presente. Este no es el caso de la recién aprobada reforma laboral, ni tampoco de algunas de las iniciativas para la reforma fiscal, que se han limitado a introducir cambios cosméticos, aunque lo han hecho con gran fanfarria y algarabía, con “mucho ruido y pocas nueces”, lo que ha dado la impresión de que verdaderamente algo importante iba a cambiar.

Por eso, lo primero que pretendo dejar claro es que no debemos dejarnos confundir por cortinas de humo. Hay que llamar a las cosas por su nombre y no colgarle la medalla de “reformas estructurales” a cualquier documento.

Dicho esto, en México tenemos claro que lo que hace falta es la garantía de igualdad de oportunidades, un privilegio que se consigue cuando una economía es madura, tiene una demanda interna elevada y sostenida de todo tipo de productos, incluidos los financieros, una competencia vibrante en los principales sectores y un Estado sano, es decir, poco endeudado, eficiente en su administración y ligero en la carga tributaria que impone al sector privado. Y en México todavía no esta ahí, le falta bastante para competir y ganar más allá de sus fronteras, la población es masivamente pobre, los salarios precarios y el sistema educativo caro y deficiente.

Para sobreponerse a estos desafíos, son necesarias verdaderas reformas estructurales, más allá de meros parches en las leyes. La competitividad es un privilegio conquistado por los pueblos trabajadores, y lo que refleja es el resultado de una economía productiva a lo largo de un largo periodo de tiempo, algo difícil de alcanzar. Sólo como referencia, México es apenas el país 53 en competitividad, según el World Economic Forum.

Desde mi punto de vista, la reforma económica más importante acometida en México durante los últimos años no es otra que la que logró el propio el estudio Doing Business Subnational 2012 de la mano de una empresa de consultoría privada, que durante 11 meses sostuvo reuniones con los gobernadores y responsables de la política económica mexicana a nivel estatal, con el objetivo de evaluar las prácticas de los Estados y determinar cuál de ellos era más competitivo.

Esta asesoría privada, cuyo objetivo no era reformar al país, sino determinar qué Estado era más competitivo logró que los gobiernos estatales aplicaran más de 60 reformas a trámites para crear empresas, celebrar contratos, aprobar inversiones y otros aspectos. Y aunque éstos sólo constituyen cambios superficiales, su elevado volumen va a tener un impacto positivo en la economía a nivel nacional y, sin embargo, casi no se habló de esto en los medios de comunicación.

Así, lo segundo que pretendo dejar claro en este post es que incluso los medios masivos cometen errores cuando se trata de focalizar la atención a los aspectos más relevantes. La reforma económica más importante del país ha pasado de largo, mientras que los “cazagoles” se han llevado las palmas por meter un gol desde el área chica con falsas “reformas estructurales”.

¿Qué aspectos consideras que debería tener en cuenta la reforma fiscal?

Elie Smilovitz es licenciado en Periodismo y Comunicación por la Universidad Carlos III de Madrid, MBA por el Centro de Estudios Económicos y Comerciales de España, colaborador habitual en medios de comunicación nacionales e internacionales y emprendedor.