Para satisfacer las necesidades colectivas y, consecuentemente, individuales hasta cierto punto. Parece fácil pero la experiencia nos enseña que no es así. Lograr ese objetivo tiene un alto grado de dificultad

En la medida que la acción de los órganos del estado logran cumplir sus fines, la sociedad y los individuos obtienen la satisfacción de sus derechos y aseguran los mínimos de bienestar que se requieren para su desarrollo.

Educación, vivienda, trabajo, salud, seguridad pública, servicios públicos continuos, seguridad jurídica, libertad de culto, libertad de pensamiento, libertad política, medio ambiente sano, etc., son entre otros los derechos que debe satisfacer la acción gubernamental y, en la medida que lo hace, asegura el desarrollo. A esto se le puede denominar bienestar social.

De entre todos los derechos mencionados el que destaca sin duda es el de libertad, pero para ejercerla se precisa de instrumentos que la hagan efectiva y quizá el más poderoso es la educación.

Un analfabeta nunca tendrá posibilidad de ejercer plenamente sus derechos.

Sin embargo, la falta de educación no es la única ancla que impide el libre y pleno ejercicio de los derechos.

Que una persona no tenga garantizada una renta vital mínima es motivo para que no sea libre. Nada quiebra la dignidad de un ser humano que la falta de empleo que le permita mantenerse a sí mismo y a su familia. Lamentablemente, en
nuestro país hay millones de personas que no pueden ver a los ojos a sus seres queridos por no estar en condiciones de ofrecerles nada.

En este punto cito a Don Jesús Reyes Heroles un mexicano de excepción, pensador de la política y un político ejemplar. Claro, directo, conocedor, culto, visionario e ideólogo, decía que “La libertad como condición para la actividad plena del hombre es requisito de todo aquello en que creemos. Sin ella las ideologías se convierten en dogmas; la lucha la debemos dar tanto a favor de la libertad como de la cultura, pues constituyen un dique a éstos”.

Don Jesús no concebía la libertad en singular, sino como “un conjunto de libertades fundamentales, agrupadas en libertades espirituales y políticas. Estas libertades serán una realidad siempre y cuando exista justicia social; en otras palabras, a todo hombre libre corresponde una sociedad justa; y, a la inversa, a toda sociedad justa corresponden hombres libres y solidarios”.

En razón de esto es que considero que la campaña político electoral que estamos viviendo adolece, entre muchas otras cosas, de propuestas en este sentido. Ciertamente se habla de generar riqueza para el desarrollo; sin embargo, la riqueza no es un fin. En todo caso, es un medio que asegure la satisfacción de los derechos que permitan el desarrollo de las personas y comunidades.

La finalidad del Estado es generar bienestar social que asegura la libertad. Si un gobierno no trabaja en y para esto es ineficaz.

Quienes hemos colaborado en algún momento en áreas de gobierno nos damos cuenta que lamentablemente el bienestar social es una esfera de derechos que no terminamos de consolidar, seguimos teniendo pesadas anclas que impiden su ejercicio pleno. La desigualdad, la exclusión y la discriminación son realidades que nos topamos diariamente en todos lados que impiden el ejercicio pleno de los derechos.
Sin embargo, siendo esto tan real y cotidiano poco se habla de ello.

El clientelismo político en mucho tiene su base en la desigualdad social, sirve para mostrar la “voluntad política traducida en oferta de campaña”, pero no ha generado compromisos de Estado permanentes.

Tenemos una sociedad de contrastes: mejores herramientas para la comunicación social, mayor cobertura de información, más medios de comunicación y mejor acceso a ellos, etc., y aún con todo ello perduran circunstancias que impiden una sociedad igualitaria.

No logramos tener un pueblo informado ni con índices de escolaridad generalmente suficientes; un porcentaje importante están catalogados como pobres; tenemos un número considerable de zonas marginadas sin acceso a servicios básicos y otros dramas más.

Quizá en razón de esto es que en las campañas se ponga más empeño en la guerra sucia y el desprestigio que en hacer compromisos serios para fortalecer los derechos de las personas. A la fecha tenemos claro de que se acusa a cada candidato, pero no sabemos exactamente que ofrecen.

No tengo duda de que haya candidatos inteligentes que den un golpe de timón abandonando la descalificación y se centren en proponer acciones para lograr el bienestar de las personas. Si logran hacerlo, si optan por una campaña propositiva seguramente tendrán el apoyo ciudadano. Hago votos porque sean los candidatos de mi partido.