El 30 de abril se conmemora en México en llamado “Día del niño”, uno de los tantos pretextos para suspender clases en el simbólico calendario escolar mexicano. Pero el 30 de abril también es la fecha en que se suicidó Adolfo Hitler, en su Búnker de Berlín, poco después de las 15.30 hs del 30 de abril en el año de 1945.

Aquellos que no les agrada leer libros, ni de Historia ni de nada, tienen la alternativa de ver la excelente película alemana Der Untergang, en México es La caída. Está basada en la obra El hundimiento: Hitler y el final del Tercer Reich del historiador Joachim Fest y en las memorias de la secretaria de Hitler, Traudl Jungue. Se apega bastante a la realidad y a los datos del excelente historiador ingles Trevor-Roper, una de las mejores fuentes sobre la II Guerra Mundial.

Alemania desde principios de 1945 era invadida por todas sus fronteras por los ejércitos de Estados Unidos, Gran Bretaña, la Unión Soviética, Canadá, Inglaterra y Francia. Nadie, ni siquiera los alemanes, sabían quienes iban a ser los conquistadores de Berlín.

Durante la primera mitad de Abril de 1945 el Ejército Rojo había sufrido una derrota frente a las puertas de Berlín en la llamada Ofensiva del Río Oder, quedando detenido a 200 kilómetros de la capital. Las tropas de Estados Unidos por otra parte se encontraban a solo 80 kilómetros de Berlín. Lo más lógico hubiese sido que los americanos atacasen la capital, pero el nuevo Presidente de Estados, Harry Salomón Truman, tras la muerte de Franklin D. Roosevelt, sin conocer demasiado los problemas de Europa cedió más ante los rusos que ante el Primer Ministro británico, Winston Churchill, que pedía avanzar contra Berlín. Sorprendentemente Truman, en una decisión ilógica que se volvería trágica para millones de europeos, ordenó detenerse en el margen occidental del Río Elba, argumentando que Berlín había perdido su importancia estratégica y por eso era mejor cedérsela a los soviéticos. Excepto Churchill, nadie pareció darse cuenta de este grave error, verdadero huevo de la serpiente de la Guerra Fría.

Muchos no estaban de acuerdo con la decisión de Truman, y dentro de los generales aliados, uno de los más inconformes fue precisamente el General George S. Patton, Comandante del 3er Ejército, militar al cual la Historia lo ha dejado con la imagen de un brillante pero solitario líder militar.

En abril del 45 Berlín estaba en ruinas, los aviones de Estados Unidos y Gran Bretaña habían reducido gran parte de la ciudad a escombros; un hecho curioso es que estando los rusos a 50 kilómetros, la Filarmónica de Berlín tocó su último concierto interpretando piezas de Beethoven y El Crepúsculo de los Dioses de Richard Wagner. En Spandau, cadetes alemanes de 10 a 13 años que apenas podían sostener las pesadas armas automáticas resistían hasta la muerte.

Al amanecer del 30 de abril de 1945 era evidente que Berlín caería en horas, Hitler pidió reunir a todo el cuerpo médico y se despidió de él, contempló pensativamente un cuadro de Federico El Grande y ordenó que el personal que no fuese indispensable abandonara el Búnker. Hacia las 15:30 horas, Hitler y Eva Braun ingresaron a su despacho privado y cerraron la puerta; un par de minutos después se escuchó un solo disparo ahogado. Los edecanes esperaron unos 15 minutos y encontraron a Hitler doblado sobre sí mismo en un sillón con una pistola Walther PPK de 7,65 mm caída de su mano derecha Eva Braun no alcanzó a percutir su arma y estaba tendida a lo largo del diván, el efecto del cianuro no le permitió el uso del arma.

Patton, ya en el Berlín ocupado y después de tratar con los altos jefes soviéticos confirmó lo que ya sospechaba; el mayor enemigo para Occidente no había sido la Alemania nazi, sino la URSS, y obedeciendo a sus irrefrenables impulsos de sinceridad afirmó: “Lo difícil de entenderle a los rusos es que no nos damos cuenta del hecho de que ellos no son europeos, sino asiáticos, y por ello piensan de otra manera. No podemos entender a un ruso más que a un chino o a un japonés, y por lo que he visto de ellos, no tengo ningún interés en entenderlos, excepto conocer cuanto plomo o hierro se necesita para matarlos”. Y termina “Los aliados lucharon contra el enemigo equivocado…”

La historia le dio la razón. El costo del delirio comunista (100 millones de muertos) rebaso con mucho él numero de bajas en la II Guerra Mundial.

Alejandro Vázquez Cárdenas
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