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Cualquiera de los lectores que ronde los 50 años o un poco mas recordará perfectamente una popular serie de la televisión, “La ley del revolver”, transmitida en México en cadena nacional desde principios de los 60s  hasta mediados de los 70s.

La serie fue bastante exitosa, tanto en los EUA como en México, entre otras razones por que en ella  habitualmente triunfaba el bien sobre el mal; algo que en la vida real no suele suceder; recordemos la castiza sentencia: “Llegaron los sarracenos y nos molieron a palos, que Dios ayuda a los malos cuando son mas que los buenos”.


La serie estaba ambientada en lo que entonces se denominaba “Salvaje Oeste”, y en ella se mostraba como, aun con mínimos o en ocasiones nulos apoyos externos, si existía valor, capacidad y voluntad, era posible impartir justicia y resolver cualquier problema, por grave y peligroso que fuera, eso sí, a punta de balazos, que era (y al parecer sigue siendo) el único lenguaje que determinados grupos son capaces de  entender.

¿Y por qué hablar de ley, justicia y revólveres? Viviendo en Michoacán la respuesta es fácil;  por pura asociación y contraste.  Resulta que México en general, y Michoacán en particular no son entidades que tengan un funcionamiento adecuado, vamos, ni siquiera medianamente aceptable, en lo referente a impartición de justicia. Aquí las cosas no funcionan como se supone deben de funcionar;  la justicia está lejos de ser expedita y al alcance de todos, los procesos son largos, sinuosos, opacos… muy opacos, y generalmente con un desenlace bastante predecible, pero poco ortodoxo, por decirlo elegantemente.  La impunidad es la regla, la probabilidad de no ser castigado por un acto delictivo en México, es del 97%, y como ultima vuelta de tuerca existe la incomoda percepción de que los jueces no son precisamente un dechado de virtudes.  Si algo funciona mal, me atrevería a decir que muy mal, es el aparato de justicia. Al nivel que sea.

¿Qué podemos hacer ante la ineficiencia del aparato destinado a impartir justicia?  Estamos viendo la respuesta;  muchos han modificado sus  hábitos de vida, pues ya no se puede o se debe salir a determinados lugares en determinadas horas, salir a la calle luciendo un vistoso reloj solo los tontos lo hacen, los vecinos de la colonia se organizan para procurarse un mínimo de vigilancia, los que pueden viven en fraccionamientos cerrados, con acceso controlado y si se puede con cámaras de vigilancia. Otros, más decididos, tienen armas en su casa.

Pero la organización y autodefensa es posible hasta determinado límite. Es imposible que un grupo de ciudadanos tenga la capacidad de protegerse de la delincuencia organizada, o del vandalismo que caracteriza a estructuras tales como los anormalistas de Tiripetio o las agresivas hordas de la CNTE. La atribulada Universidad Michoacana se encuentra inerme antes los vándalos de la CUL.  Para resolver problemas de semejante calibre se cuenta con  las llamadas “fuerzas del orden” y sus jefes, que para eso les pagan.

¿Y funcionan las “fuerzas del orden?”. Pues digamos que para vigilar que los automovilistas tengan puesto el cinturón de seguridad, o que un motociclista tenga puesto el casco o para detener a un ebrio que, solo y su alma (condición indispensable, el estar solo) escandalice en algún lugar publico, para eso, pues si sirven. Pero si una horda de anormalistas o los  cuadrumanos de la CNTE deciden bloquear una calle, secuestrar un autobús, incendiarlo para demostrar su desprecio a las autoridades, o bien deciden acampar en la avenida Madero, frente a Palacio de Gobierno, haciendo la vida imposible a miles de automovilistas, cuando menos en Michoacán  para  eso, de plano no funcionan las “fuerzas del orden”.

En Michoacán no existe quien frene la incontenible ola delictiva que se alimenta, entre otras cosas, de un beligerante rencor social;  problema con innegables y profundas raíces, ahora sí que ancestrales,  raíces  regadas  entusiastamente con gasolina por un “periódico objetivo” y un “Mesías” de probada insania mental.

¿Cobardía?,  no se me ocurre ninguna otra palabra para describir a los grises funcionarios que mal manejan Michoacán.  Cobardes y mentirosos; mintieron al jurar públicamente “Cumplir y hacer cumplir la constitución”. Les falto decir, “Solo si me conviene”.