Autocrítica es, por definición, la crítica que alguien se hace de sí mismo o de la sociedad a la cual pertenece. Suena fácil, pero la realidad es que resulta en extremo difícil. Aceptar que hemos estado equivocados en algo que considerábamos una verdad es, por decir lo menos, francamente problemático. ¿Por que?; sencillamente por que esa “verdad” es algo que creíamos real, sólido, inmutable y muchas veces sobre esa “verdad ” habíamos construido un castillo con cimientos inexistentes.
Veamos algo que sucede todos los días; cuando algo sale mal, la primera reacción del común de los mortales no es investigar que hicimos mal, sino buscar a quien echarle la culpa. Jamás se le ocurrirá pensar que la culpa puede ser suya; nunca; imposible. Esto sucede igual si es un negocio que ha fracasado, un examen reprobado, una relación destruida, una mala decisión educativa, o una elección perdida. Por un elaborado mecanismo de autodefensa bloqueamos toda información que puede resultarnos dolorosa y que no se ajuste a nuestra particular manera de ver las cosas.
Por eso escuchamos las más peregrinas razones para intentar justificar un fracaso escolar, mismo que invariablemente es culpa del maestro, o de la escuela, o de los horarios o de lo que sea, menos del estudiante. Igual un fracaso en un negocio, que siempre es por la mala suerte o la envidia de alguien, y nunca por una mala planeación, deficiente o nulo estudio de mercado, inadecuada administración, mal servicio etc. Si el fracaso es en una relación de pareja, la culpa invariablemente la tiene la otra persona, que nunca nos comprendió ni nos entendió. Nosotros nunca tenemos la culpa.
Para defender una creencia en muchas ocasiones nos apegamos a un dogma; una manera de pensar formulada de forma autoritaria y precisa, que se expone no para ser discutida sino para creer en ella. Si bien en un sentido estricto, el término es propio del cristianismo se aplica a toda idea fija que no admite discusión. De esta manera nos volvemos impermeables a todo razonamiento que vaya en contra de lo que creemos.
Razones para esto hay muchas, pero no las desean ver; la soberbia de considerarse dueño de la verdad, el desprecio por los que piensan diferente, su descalificación antes que cualquier argumento.
Parece ser que es más fácil que un “camello pase por el ojo de una aguja, a que una crítica que se nos haga entre en nuestro cerebro”. Es casi imposible para el cerebro humano aceptar una crítica, sin antes pretender darle una explicación o justificación.
Una realidad es que de todos los sucesos que hemos vivido en nuestras vidas, nuestra memoria recuerda de manera selectiva solo los que más nos convienen, eso para visualizarnos como nos queremos visualizar. Es más, utilizamos una gran cantidad de “argumentos”, que no son sino un mecanismo de autoengaño, para proteger nuestros prejuicios. Curioso, nuestra supuesta o real inteligencia y capacidad de razonar nos ayuda en esas circunstancias a alejarnos más de la realidad y de la verdad.
Podemos concluir que nuestro cerebro no es todo lo confiable que pensamos y que, de manera inadvertida, se dedica a trabajar más como un abogado defensor que busca librarnos de toda culpa, que como un jurado imparcial que busca la verdad y que además tiene la habilidad de buscar cuanto elemento exista o pueda existir para legitimar nuestras personales fobias y filias. Ciertamente nuestro cerebro es un gran manipulador.
Lo lamentable de este asunto es lo que he mencionado al principio, nuestro cerebro, inadvertidamente, nos lleva a echarle la culpa de la mayoría de nuestros errores a otras personas y a circunstancias “adversas”. Nosotros, tal parece, nunca tenemos la culpa de nada.
























