Desde hace años hemos observado un autentico bombardeo mediático anunciando, recalcando y remachando los peligros que representa el consumo de tabaco; campañas agresivas se han instrumentado en contra del tabaquismo. Desde hace tiempo se prohibió su propaganda en los medios masivos de comunicación, en los distintivos automóviles de la Formula Uno, en casi todos, si no es que en todos los medios impresos, las Secretarias o Departamentos de Salud de prácticamente todo el mundo se han puesto de acuerdo para dificultar o de plano impedir el consumo de productos de tabaco. El denominado “tabaquismo pasivo” ha sido el argumento empleado para prohibir encender un cigarrillo en cualquier restaurante o local cerrado, no se diga en las oficinas dependientes del gobierno.
No hay problema, está muy bien que las autoridades cuiden la salud de los ciudadanos; solo que esta “preocupación” por los ciudadanos es muy selectiva pues han dejando de lado la otra droga legal que mata, en conjunto con su entorno, mas que el tabaco, y no a pocos, sino a muchos más. Me refiero al tolerado, promocionado, difundido y altamente peligroso alcohol.
El alcohol es un tóxico, por donde se le vea, y actúa básicamente como un depresor cortical, esto es, lo primero que inhibe son las funciones de autocrítica, y en lenguaje llano diré que lesiona cualquier órgano, no solo el archiconocido daño hepático que termina en cirrosis.
El abuso en el consumo de alcohol es uno de los mayores riesgos sociales que existen en el país. Según la Encuesta Nacional de Adicciones, el porcentaje de personas que han consumido alcohol alguna vez en su vida creció de 64.9% de la población en el 2002, a un 71.3% en el 2011.
El consumo de alcohol en México es uno de los más elevados en todo el mundo, y las consecuencias que tiene para la salud pública y la economía de millones de familias son catastróficas. Los costos que estos padecimientos tienen para el sistema de salud nacional hoy rebasan el 50% del presupuesto para la atención médica, y de continuar las tendencias, en 10 años podrían representar hasta el 75%. Negro panorama en un país donde es más fácil conseguir una cerveza que un litro de leche.
El alcohol es el responsable del 3,7% de la mortalidad mundial, según pone de manifiesto un informe elaborado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y nos avisa: “el consumo de alcohol provoca importantes problemas de salud pública”, ya que es el quinto factor de muerte prematura y de discapacidad en todo el mundo y provoca el 4,4% de la carga mundial de morbilidad (enfermedad).
Dentro del catalogo de padecimientos y problemas relacionados directamente con el consumo de alcohol tenemos diversas patologías psiquiátricas que acaparan el 34% de las enfermedades y muertes ligadas a este habito. Le siguen los traumatismos involuntarios por ejemplo accidentes de tráfico, quemaduras, ahogamientos y caídas (el 25,5%) y los intencionados, como el suicidio (11%), cirrosis hepática (10,2%), enfermedades cardiovasculares (9,8%) y cáncer (9%).
La OMS calcula que el costo conjunto del consumo nocivo de alcohol supera ya los 665.000 millones de dólares, el 2% del producto interno bruto mundial.
Un desglose conservador refleja que al menos 50.000 millones corresponderían a gastos derivados de enfermedades, 55.000 por mortalidad prematura, 30.000 por conducción bajo sus efectos, 30.000 por ausentismo, 80.000 por desempleo, 30.000 por gastos del sistema judicial y 15.000 por daños a la propiedad ajena. Eso sin contar otras detalles como el maltrato infantil y la violencia de pareja.
¿Por que no vemos campañas masivas en contra de la producción, venta y consumo de alcohol? ¿Por qué debemos tolerar a los ebrios vecinos de mesa en un restaurante? ¿¿Por dar como “normal” todos los accidentes, riñas y muertos relacionado con el alcohol los fines de semana? La respuesta es evidente, el alcohol es un gran negocio, deja muchísmo dinero, dinero que ávidamente busca y necesita cualquier gobierno. ¿Que mueran millones? Eso no importa.
Una simple pregunta a Ud. amable lector. Suponga a va a viajar en autobús, en la terminal observa que el chofer se baja, prende un par de cigarrillos y luego se sube nuevamente; no le da importancia; total, puede Ud. viajar con un fumador. Ahora suponga que observa bajar al chofer, no fuma, pero destapa una botella de tequila y le da varios tragos largos, mira su andar tambaleante, ¿se subiría a ese autobús?
Alejandro Vázquez Cárdenas
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