C.P. Manuel Montes y Arroyo

Una mirada desde el año 2000

Segunda parte

En la primera parte de este artículo hicimos un recorrido por algunos de los principales problemas que México enfrentaba alrededor del año 2000 y que también fueron materia de análisis durante los primeros años del siglo XXI.

La intención de ese recorrido fue demostrar que las condiciones financieras que encontramos en 2026 no surgieron de manera repentina.

Ahora corresponde dar un paso más y preguntarnos:

¿Cuál es realmente la situación financiera de México en 2026 y qué significa para el futuro del país?

Para responder esta pregunta no basta con conocer cuánto se recauda o cuánto se gasta.

Es necesario observar las obligaciones que ya tiene el Gobierno, el crecimiento de la deuda, el costo de financiarla, las pensiones, la situación de PEMEX y el margen que queda disponible para atender nuevas necesidades.

1. EL TAMAÑO DE LA DEUDA PÚBLICA

Uno de los primeros elementos que llama nuestra atención al revisar las finanzas públicas actuales es el crecimiento de la deuda.

Para 2026, el endeudamiento público alcanza una magnitud cercana a 18.6 billones de pesos, cifra que representa alrededor de la mitad del Producto Interno Bruto.

Una cifra de esta naturaleza resulta difícil de comprender si solamente la observamos como un número.

Por eso vale la pena hacer otra pregunta:

¿Qué significa una deuda de esta magnitud para las finanzas públicas?

La respuesta está, en buena medida, en el costo que representa mantenerla.

Una deuda pública no solamente debe analizarse por su saldo. También debemos considerar los intereses y demás costos financieros que deben pagarse año con año.

Y aquí encontramos uno de los mayores retos de las finanzas públicas de 2026.

2. ¿LA DEUDA PÚBLICA ES BUENA O MALA?

Cuando se habla de deuda pública, con frecuencia se piensa inmediatamente que endeudarse es negativo.

Considero que esta conclusión sería demasiado sencilla.

La deuda pública no es buena ni mala por sí misma.

Un Gobierno puede recurrir al financiamiento para construir infraestructura, hospitales, escuelas, carreteras, sistemas hidráulicos o realizar inversiones estratégicas que generen beneficios durante muchos años.

Cuando una obra o inversión pública produce beneficios económicos y sociales durante un periodo prolongado, puede existir una justificación razonable para que una parte de su costo sea financiada mediante deuda.

El problema aparece cuando el endeudamiento se utiliza principalmente para cubrir insuficiencias permanentes, financiar gasto que no genera beneficios duraderos o simplemente posponer decisiones que tarde o temprano tendrán que tomarse.

Por ello, cuando hablamos de deuda pública debemos formular al menos tres preguntas:

¿Cuánto debemos?

¿Cuánto nos cuesta?

Y quizá la más importante:

¿Para qué nos endeudamos?

La respuesta a estas tres preguntas permite distinguir entre un endeudamiento que puede contribuir al desarrollo y uno que termina convirtiéndose en una carga.

3. EL COSTO FINANCIERO DE LA DEUDA

El costo financiero de la deuda presupuestado para 2026 se ubica alrededor de 1.5 billones de pesos.

Esta cifra merece una reflexión especial.

Cuando el Gobierno obtiene recursos mediante impuestos, derechos, aprovechamientos o endeudamiento, esos recursos tienen un destino presupuestario.

Pero cuando una parte importante debe utilizarse para pagar el costo de la deuda, esos recursos dejan de estar disponibles para nuevas prioridades.

No se trata, desde luego, de afirmar que pagar intereses sea un gasto innecesario. Es una obligación que debe cumplirse.

El problema es el espacio presupuestario que esa obligación ocupa.

Cada peso que se destina al costo financiero de la deuda es un peso que no puede utilizarse simultáneamente para otra necesidad pública.

Por ello, el crecimiento del costo financiero reduce el margen de maniobra del Gobierno.

Y aquí encontramos una de las cuestiones que considero más importantes para comprender las finanzas públicas actuales:

el problema de la deuda no se encuentra solamente en lo que debemos, sino también en lo que dejamos de hacer porque tenemos que pagar lo que debemos.

4. EL PRESUPUESTO NO ES DINERO LIBRE

Existe una idea que puede llevarnos a una interpretación equivocada del presupuesto público.

Cuando vemos que el Gobierno dispone de varios billones de pesos, podríamos pensar que tiene una enorme cantidad de recursos para decidir libremente en qué gastarlos.

Pero esto no es así.

Una parte importante del presupuesto está comprometida desde antes de comenzar el ejercicio fiscal.

Existen obligaciones legales, transferencias, pensiones, participaciones a estados y municipios, servicios personales, programas establecidos y, por supuesto, el costo financiero de la deuda.

Esto significa que el verdadero margen de maniobra es considerablemente menor que el presupuesto total.

Por eso considero que para comprender las finanzas públicas debemos distinguir entre:

el presupuesto total y los recursos realmente disponibles para nuevas decisiones.

Esta diferencia es fundamental.

5. PENSIONES Y JUBILACIONES: UNA OBLIGACIÓN QUE CONTINÚA CRECIENDO

Otro de los grandes compromisos financieros del país son las pensiones y jubilaciones.

Como señalamos en la primera parte, este problema ya era visible desde hace décadas.

La diferencia es que ahora sus efectos son mucho mayores.

El envejecimiento de la población, los derechos adquiridos y la evolución de los diferentes sistemas pensionarios han hecho que las pensiones representen una obligación presupuestaria de enorme importancia.

Para 2026, el gasto destinado a pensiones y jubilaciones se encuentra alrededor de 1.7 billones de pesos.

Esto nos permite observar algo muy importante:

El Gobierno no solamente tiene que financiar las necesidades actuales de la población.

También debe cumplir compromisos derivados de decisiones tomadas muchos años atrás.

Una vez más aparece la importancia de analizar las finanzas públicas desde una perspectiva de largo plazo.

6. PEMEX: CUANDO UNA FUENTE DE INGRESOS SE CONVIERTE EN UNA PRESIÓN FINANCIERA

Quizá uno de los cambios más importantes entre el México del año 2000 y el México de 2026 se encuentra en PEMEX.

En los primeros años del siglo XXI, Petróleos Mexicanos representaba una fuente extraordinariamente importante de ingresos para el Gobierno Federal.

Hoy la situación es muy diferente.

PEMEX enfrenta una importante carga financiera y operativa y requiere medidas de apoyo y manejo de pasivos para fortalecer su posición financiera.

Esto representa un cambio fundamental en la relación entre PEMEX y las finanzas públicas.

Antes, una pregunta importante era:

¿Cuánto aporta PEMEX al Gobierno?

Ahora debemos agregar otra:

¿Cuánto apoyo requiere PEMEX de las finanzas públicas?

No se trata de desconocer la importancia estratégica de la empresa para México.

Se trata de reconocer que su situación financiera tiene consecuencias para todo el sector público.

Y este es quizá uno de los mejores ejemplos de por qué resulta necesario comparar el México de 2000 con el de 2026.

7. EL INGRESO PÚBLICO SIGUE SIENDO EL PUNTO CENTRAL

Después de revisar deuda, pensiones y PEMEX, regresamos al mismo problema que ya estaba presente hace más de veinte años:

La necesidad de contar con ingresos públicos suficientes.

Un Gobierno solamente puede sostener sus obligaciones de manera permanente si dispone de ingresos suficientes para financiarlas.

La recaudación tributaria mexicana ha mejorado considerablemente en términos de administración y fiscalización.

El SAT dispone actualmente de instrumentos tecnológicos que permiten conocer mucho mejor las operaciones económicas de los contribuyentes.

La facturación electrónica, los controles digitales y los cruces de información han transformado la administración tributaria.

Pero una administración fiscal más eficiente no significa necesariamente que todos los problemas de ingresos estén resueltos.

La informalidad continúa siendo un desafío.

Y mientras una parte importante de la actividad económica permanezca fuera de la formalidad, existe una limitación para ampliar de manera permanente la base de contribuyentes.

Por ello, el reto no consiste únicamente en cobrar más a quienes ya cumplen.

También consiste en lograr que más actividades económicas formen parte de la economía formal.

8. ¿EN QUÉ SE UTILIZA EL DINERO PÚBLICO?

Esta pregunta parece sencilla, pero tiene una enorme importancia.

El presupuesto público debe atender múltiples necesidades simultáneamente.

Salud, educación, seguridad, infraestructura, programas sociales, pensiones, transferencias a estados y municipios, empresas públicas y funcionamiento de las instituciones compiten por recursos limitados.

El problema es que las necesidades prácticamente nunca disminuyen.

Por el contrario, tienden a crecer.

La población demanda mejores servicios de salud.

Se requiere mayor infraestructura.

Los municipios necesitan recursos para prestar servicios.

La educación exige inversión.

La seguridad requiere recursos.

Y al mismo tiempo deben pagarse las obligaciones financieras adquiridas anteriormente.

Por eso, administrar las finanzas públicas no consiste solamente en decidir cuánto gastar.

Consiste en establecer prioridades dentro de recursos limitados.

9. EL COSTO DE NO TENER SUFICIENTE MARGEN DE MANIOBRA

Cuando una parte importante del presupuesto está comprometida, el Gobierno tiene menos capacidad para responder ante situaciones inesperadas.

Una crisis económica, una emergencia sanitaria, un desastre natural, una caída de los ingresos petroleros o cualquier otra circunstancia extraordinaria puede requerir recursos adicionales.

Si existe suficiente margen presupuestario, la respuesta puede ser más sencilla.

Pero cuando buena parte de los recursos ya está comprometida, las alternativas se reducen.

Se puede aumentar la recaudación.

Se puede reducir el gasto.

Se puede recurrir al endeudamiento.

O se pueden modificar prioridades.

Ninguna de estas decisiones es sencilla.

Por eso considero que el margen de maniobra presupuestario es uno de los conceptos que debemos observar con mayor atención.

10. LA RESPONSABILIDAD CON LAS FUTURAS GENERACIONES

Existe un aspecto de la deuda pública sobre el que pocas veces reflexionamos: su dimensión generacional.

Cuando un Gobierno se endeuda, no solamente compromete recursos financieros del presente.

También condiciona parcialmente las decisiones presupuestarias del futuro.

Las generaciones que todavía no participan en las decisiones actuales recibirán tanto los beneficios como las obligaciones que hoy estamos creando.

Si la deuda permitió construir infraestructura que continuará funcionando durante décadas, las futuras generaciones recibirán parte de ese beneficio.

Pero si la deuda se utilizó para financiar necesidades pasajeras sin generar activos o beneficios permanentes, esas mismas generaciones podrían recibir principalmente la obligación de pagarla.

Por ello, considero que debemos hacernos una pregunta que va más allá de las cifras:

¿Qué estamos construyendo con aquello que estamos comprometiendo?

Esta pregunta resume buena parte de la responsabilidad que implica administrar las finanzas públicas.

11. LOS GOBIERNOS CAMBIAN; LAS OBLIGACIONES PERMANECEN

Los gobiernos cambian con el paso del tiempo.

Las administraciones terminan, los funcionarios son sustituidos y las prioridades políticas pueden modificarse.

Pero las obligaciones financieras permanecen.

Una deuda contratada hoy tendrá que ser pagada mañana.

Una pensión reconocida generará obligaciones durante muchos años.

Una obra financiada mediante deuda deberá producir los beneficios que justificaron su contratación.

Por ello, la deuda pública debe administrarse con una visión institucional y de largo plazo, y no solamente con criterios correspondientes a un periodo de gobierno.

Esta es una de las razones por las que la responsabilidad financiera trasciende a quienes ocupan temporalmente los cargos públicos.

12. LA SITUACIÓN DE 2026 NO DEBE ANALIZARSE SOLAMENTE EN TÉRMINOS DE CRISIS

Hablar de estos problemas no significa afirmar que México se encuentre necesariamente ante una crisis financiera.

Sería una conclusión demasiado simplista.

México cuenta con instituciones financieras, un sistema tributario desarrollado, mercados financieros y mecanismos que permiten enfrentar diferentes circunstancias.

El problema es otro.

El margen para equivocarse es cada vez más reducido cuando las obligaciones financieras son mayores.

No estamos diciendo que el país no tenga recursos.

Estamos señalando que una parte creciente de esos recursos tiene ya un destino determinado.

Y cuanto mayor sea esa parte, menor será la capacidad para modificar las prioridades del presupuesto.

13. ¿QUÉ PODEMOS APRENDER DE ESTOS VEINTISÉIS AÑOS?

La comparación entre 2000 y 2026 no debe hacerse para buscar culpables.

Debe hacerse para aprender.

Las finanzas públicas son acumulativas.

Las decisiones de hoy pueden convertirse en obligaciones de mañana.

Una deuda contratada hoy tendrá que pagarse posteriormente.

Una pensión reconocida generará obligaciones durante muchos años.

Una empresa pública que requiere apoyo financiero puede representar una presión permanente sobre el presupuesto.

Y una reforma que incremente los ingresos puede generar mayor capacidad financiera durante muchos años.

Por eso las decisiones financieras deben considerar no solamente el presente, sino también sus consecuencias futuras.

14. EL RETO HACIA ADELANTE

México enfrenta en 2026 un escenario que exige prudencia.

No basta con mantener equilibrado un presupuesto de un solo año.

Es necesario preguntarse si las finanzas públicas pueden sostenerse durante los próximos cinco, diez o veinte años.

La pregunta fundamental debería ser:

¿Podemos financiar las obligaciones actuales y, al mismo tiempo, generar los recursos necesarios para las necesidades futuras?

Para responderla será necesario analizar varios elementos:

• una mayor capacidad recaudatoria;

• una reducción de la informalidad;

• un uso más eficiente del gasto;

• una estrategia de largo plazo para PEMEX;

• un manejo responsable de la deuda;

• la atención de las obligaciones pensionarias; y

• una mayor capacidad de inversión pública.

Ninguno de estos problemas tiene una solución sencilla.

Pero tampoco podemos ignorarlos.

15. UNA REFLEXIÓN FINAL

Después de revisar la evolución de las finanzas públicas desde los primeros años del siglo XXI hasta 2026, podemos llegar a una conclusión sencilla:

México tiene una economía mucho más grande y una administración pública con mayores capacidades que hace veinticinco años, pero también tiene obligaciones financieras considerablemente mayores.

El reto no consiste únicamente en obtener más recursos.

Consiste en lograr que los recursos públicos sean suficientes para cumplir las obligaciones actuales, atender las necesidades presentes y conservar capacidad para enfrentar las necesidades futuras.

Por eso, la discusión sobre las finanzas públicas no debe limitarse a saber cuánto se recauda o cuánto se gasta.

Debemos preguntarnos también:

¿Cuánto de lo que recaudamos ya está comprometido?

¿Cuánto cuesta mantener las obligaciones adquiridas?

¿Cuánto podemos destinar realmente a inversión y desarrollo?

Y, finalmente:

¿Estamos tomando hoy las decisiones financieras que necesitará México dentro de diez o veinte años?

La respuesta a estas preguntas no corresponde únicamente al Gobierno.

También corresponde a los legisladores, a los servidores públicos, a los órganos de fiscalización y, desde luego, a los ciudadanos.

Las finanzas públicas no son un asunto reservado para economistas o especialistas.

Están presentes en nuestra vida cotidiana: en la calidad de los servicios públicos, en la infraestructura, en las oportunidades educativas, en la salud, en la seguridad y en las posibilidades de desarrollo económico.

Por ello, comprenderlas también es una forma de ejercer responsablemente nuestra ciudadanía.

Los gobiernos cambian con el paso del tiempo; las obligaciones financieras permanecen.

De ahí que la verdadera responsabilidad no consista solamente en administrar correctamente los recursos del presente, sino en procurar que las decisiones que hoy tomemos no limiten injustificadamente las posibilidades de quienes habrán de sucedernos.

La pregunta final, entonces, no debería ser únicamente:

¿Cuánto debe México?

Tampoco debería ser solamente:

¿Cuánto cuesta esa deuda?

La pregunta que resume nuestra responsabilidad es:

¿Qué país estamos construyendo con los recursos que hoy administramos y qué obligaciones estamos dejando a quienes mañana tendrán que continuar construyéndolo?

Hace algunos años, al reflexionar sobre la deuda pública, recurrí a una frase de José Ortega y Gasset que hoy considero que conserva toda su vigencia:

“A la república sólo ha de salvarla pensar en grande, sacudirse de lo pequeño y proyectar hacia lo porvenir.”

Tal vez esa sea precisamente la actitud que necesitamos frente a nuestras finanzas públicas.

Pensar en grande.

Mirar más allá del próximo presupuesto.

Y proyectar hacia lo porvenir.