Pertenecer a un grupo conlleva ciertas responsabilidades como participar en el entorno social para proporcionar una mejora y contribuir al bienestar de la comunidad. A cambio, disfrutamos de oportunidades vitales y el ejercicio de los derechos sociales como sanidad, educación, vivienda.
Y aquellos que se atreven a corromper esta armonía son señalados y recluidos a fin de mantener el equilibrio entre los ciudadanos. ¿Pero qué pasa cuando, tras el ‘tratamiento’, es momento de dar de alta al paciente?
Mientras estudiaba la carrera y realizaba prácticas de periodismo, tuve que elegir y entrevistar a alguna persona que hiciera algo importante por la sociedad. Recordé las anécdotas de la tía Marcela, una de las pocas mujeres en México que estaba involucrada en ‘algo de cárceles’. Sin saber realmente a lo que iba, me aventuré a platicar con ella y me encontré con una persona fascinante.
Marcela Andrea Briseño López, criminóloga con más de 20 años de experiencia en trabajo carcelario, fue directora del Reclusorio Preventivo Varonil Norte, autora de la investigación Garantizando los derechos humanos de las mujeres en reclusión y colaboradora de la publicación Niños y niñas invisibles. Hijos e hijas de mujeres reclusas.
Marcela me mostró la humanidad de los presos, la agresión a los derechos de las mujeres reclusas y el carácter que requiere interponerse entre la violencia e incomprensión social y la corrupción de las autoridades. Sin embargo, otro factor aún más importante es la reaceptación por parte de la comunidad social. Las acciones para estimular esa incorporación tienen que ver con facilitar al ‘exiliado’ aquello que le permita ser nuevamente parte de la vida colectiva y volver a aportar algo al resto de la sociedad: aceptarlo y perdonarlo, porque antes que un exrecluso o exdelincuente, es una persona.
El perdón es posible. Lo demuestra, por ejemplo, el Padre Leonel Narváez con la siguiente experiencia: ante la violencia, producto de la guerra contra el narcotráfico surgió ESPERE (Escuelas de Perdón y Reconciliación), cuyo nombre se refiere a la necesidad del ejercicio de espera ante el asalto constante e inesperado de la rabia (Narváez, 2011, istmo 314). ESPERE trabaja duro en Colombia y 12 países más de América, por sembrar una cultura de paz entre los afectados y que exista una verdadera reconciliación con los delincuentes arrepentidos. Poco a poco la gente comprendió que el perdón y la reconciliación no sólo fortalecerían su comunidad, sino que curarían los rastros de la violencia y la intolerancia.
Presos en libertad
Marcela respetaba las diversas creencias religiosas de los internos. En especial llamó su atención el hecho de que los reclusos católicos recurrieran a la figura femenina de la Virgen de Guadalupe: “porque es una forma de hacerse compañía de la figura materna: aquí se sienten desvalidos”. Al final toda persona busca ser acogida, pues el miedo propicia violencia.
A su vez, el estrés cultiva arranques emocionales negativos que derivan en delincuencia. Para hacerle frente, Ann Moxey, psicóloga y fundadora del centro Parinaama Yoga, creó el programa yoga en cárceles, como una herramienta de control de adicciones que sensibilizara a las personas con su entorno. El documental Interno,dirigido por Andrea Borbolla, muestra los testimonios de presos y personal del reclusorio del CERESO que algunas veces impactan y otras despiertan compasión.
Nadie quiere voltear a los penales y no se habla bien de lo que pasa dentro, tanto por los presos como por las autoridades. Para sanar, hay que conocer primero. Quizá se trata de personas sin aspiraciones, decepcionadas o quizá agredidas, pero a las que, si se pone atención, se puede desarrollar y potenciar creatividad, entusiasmo y ganas de cambiar.
La teóloga alemana Jutta Burgraff se cuestionaba sobre aquellas acciones que nos permitían hacer una diferencia: “Quien quiera influir en el mundo actual, tiene que amarlo […] Hay personas que, después de sufrir mucho, se han vuelto comprensivas, cordiales y sensibles al dolor ajeno. En una palabra, han aprendido a amar” (Salazar, 2012, istmo 323).
Hace unos años, Marcela felicitaba a un grupo de 86 internos del Reclusorio Norte que concluían de forma exitosa el Programa de Desintoxicación de Drogas; ese día podrían volver a vivir con dignidad y “bajarse del camión” (como le llaman a incorporarse nuevamente a la sociedad). Marcela también trabajó mucho por las reclusas, hasta que el cáncer la hizo interrumpir, pero no impidió que siguiera influyendo. Un mural pintado por las más agradecidas, en las paredes de la cárcel fue muestra de ello.
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