Este 9 de octubre se cumplieron 43 años de su muerte, y la figura de Ernesto Guevara continua siendo una inagotable fuente de entelequias. La paradoja de la vigencia de este entusiasmo es que se trata de una figura, que en su corta vida pública, escasos diez años, acumuló más fracasos que aciertos. La otra cara de la paradoja es que si hubiese logrado realizar su proyecto, hubiera generado uno de los regímenes totalitarios más intolerantes del planeta.
Curiosamente, lo que parece despertar la admiración es precisamente su condición de víctima, y perdedor. Perdió ante los economistas en su intento de imponer un sistema de producción destinado al surgimiento del “hombre nuevo”; ocasionando de paso el desastre económico cubano; en lo militar el desenlace patético en el Congo, y el no menos dramático en Bolivia lo demuestran.
La otra paradoja, más sorprendente aún, es la desproporción existente entre la admiración que se le profesa en amplios sectores de incultos resentidos y el dogmatismo de su postura ideológica. Estos resentidos quieren ignorar que la acción política de Ernesto Guevara se apoyaba en un dogmatismo inflexible que de haberse convertido en poder, hubiesen sido ellos sus primeras víctimas. Su personalidad intransigente lo acercaba más al estilo de un Savonarola que al de un líder libertario.
En sus comienzos vaciló entre ser un médico, escritor, o un hombre de acción; optó por esto último. Se adjudicó el papel de redentor poniendo su vida al servicio de los otros, y, como es propio al oficio de héroe, arrogándose el derecho de matar en aras de la salvación de otros hombres.
Para el Che participar en los combates significaba un goce y no dudaba en practicar el asesinato ritual, tendencia que nunca disimuló porque, sencillamente, era incapaz de disimulo. No era raro que ejecutara el mismo a los prisioneros.
Con relación a su papel durante la llamada “crisis de los misiles” en 1962 La revista TIME, en su edición del 21 de diciembre de 1962, recogió la opinión del Che sobre el acuerdo donde los mandatarios Kruschev y Kennedy pusieron fin a la amenaza de guerra nuclear provocada por la instalación clandestina en Cuba de bases militares rusas, equipadas con armamento atómico. La fuente de aquella reseña fue una entrevista concedida por el comandante guerrillero a Sam Russel, corresponsal en La Habana del periódico socialista inglés London Daily Worker, publicada el 04 de diciembre de aquel año.
El valor histórico de aquella entrevista radica en que contiene las únicas declaraciones que diera el Che en los meses que duró la crisis de los misiles. La mencionada reseña del TIME se titulaba “Cuba: Castro’s Warhawk”, en una clara referencia al Che como el halcón de guerra de Fidel Castro.
Dibujando un retrato de sí mismo, Guevara afirmaba lo siguiente: “Si los misiles hubiesen permanecido en Cuba, nosotros los habríamos usado contra el propio corazón de los Estados Unidos, incluyendo la Ciudad de Nueva York”. Sólo un terrorista podría jactarse del deseo de ejecutar una acción que habría causado la muerte de millones de seres inocentes. Acción, que por lo demás, habría significado también la desaparición de millones de inocentes cubanos, pues la respuesta nuclear instantánea de EEUU contra la URSS implicaba fatalmente la destrucción absoluta de Cuba.
Ernesto Guevara era un individuo audaz, disciplinado e inteligente pero sin la creatividad del verdadero conductor. A esto se suma un carácter despótico con una total intolerancia hacia aquellos que fueran adversarios de sus ideas. No tenía, su fracaso en el Congo lo indica, y el desastre en Bolivia lo confirma, capacidad para el primer mando, fue sin duda alguna, un excelente teniente, pero nunca un capitán
Para los que desconfían de la fantasiosa pseudohistoria cubana, sus amanuenses y alabarderos, existe un documental: “Guevara: Anatomía de un mito” estrenado en el 2005. Basado en tomas auténticas y testimonios confrontables de primera mano, el documental, producido por el periodista, historiador y ex preso político Pedro Corzo, Director del Instituto de la Memoria Histórica y dirigido por Luis Guardia, narra, mediante los testimonios de quienes compartieron desde 1955 hasta 1967 sus vidas con el guerrillero argentino, la otra cara de la historia del Che, en este documental se nos perfila al Che real, un hombre carente de escrúpulos, intolerante, sádico y arbitrario. Claro que si alguien no le agrada la realidad, no hay ningún problema, puede simplemente negarla y solo leer la historiografía oficial cubana, los folletines del camarada Rius y documentarse en La Jornada. En esos reinos de la más delirante fantasía el Che es un santo en vías de beatificación.
Alejandro Vázquez Cárdenas
[email protected]
























