Desde los primeros momentos de nuestra existencia nos sobrecoge notar que somos vulnerables, habitamos en un mundo inmenso cuyas leyes son independientes de nuestros deseos, necesitamos el cuidado y el amor de los otros para sobrevivir.
Así las cosas, la búsqueda de seguridad, protección y certidumbre se convierte en deseos permanentes. No siempre la fe y la confianza en la vida nos permiten atravesar las adversidades y sentir que somos protegidos y queridos.
Una sociedad tan patriarcal como la que habita en el planeta es una invitación permanente al miedo.
La constante desigualdad social, las instituciones que no protegen los derechos fundamentales del individuo y los desastres naturales nos hacen pensar que se vale cambiar la fe y la confianza por el miedo y sus consecuencias: la desconfianza, la codicia, la lucha de poder, la violencia etc.
Aun desde niños, cuando nos encontramos experimentando el temor de equivocarnos o complaciendo compulsivamente para evitar el rechazo, nos invade de manera secreta e inconfesable una sensación de minusvalía vergonzante. Y es que intuimos que el miedo, aunque es la respuesta natural al peligro, no puede ser un estado emocional permanente.
Aprender que el miedo gobierna nuestra vida es doloroso, ver que a lo largo de ella hemos desarrollado mecanismos que nos convierten en víctimas o victimarios, es un descubrimiento desagradable.
Pero también puede ser el despertar maravilloso de la liberación. Todo lo que necesitamos para recuperar la integridad perdida es reconocer que el miedo es el enemigo mayor.
No es la sociedad patriarcal, ni los desastres naturales, ni los otros que al fin y al cabo también están gobernados por sus miedos, quienes pueden destruir nuestra seguridad, confianza y fe en la existencia.
Son nuestros miedos los que nos convierten en personas hostiles en pie de guerra ¿Qué pasaría si pudiéramos recordar que todo ser humano, amigo o enemigo, necesita sentirse seguro y protegido, amado y respetado?
Recordarlo no significa que tengamos que ser pasivos cuando el otro desde su miedo nos hiere, sino que estamos listos para romper el ciclo repetitivo de víctimas y victimarios, que estamos decididos a ir mas allá, a reconocer nuestra fuerza, a honrar la pertenencia a un mundo que le debe su magnificencia al amor y no a la violencia.
Entonces, solo el coraje puede llevarnos lejos del miedo, solo el valor y la compasión nos permiten reencontrar en nosotros el héroe sereno que rescate en simultáneo nuestro niño abandonado e impotente y el sentido de la vida y la pasión.
Recordemos, el miedo silenciado y sus consecuencias desde la inseguridad hasta la violencia destruyen la fuerza de la vida. El miedo aceptado, nombrado y relatado despierta el héroe.
























