Día a día, la problemática nacional se complica de tal manera que la solución a la misma se vuelve un rompecabezas difícil de resolver. Gobiernos estatales y municipales padecen un sobre endeudamiento que está fuera de la capacidad de pago de los mismos; el desempleo crece; empresarios grandes o pequeños se ven en la necesidad de parar; la educación pública en el país está en crisis y lo anterior prácticamente obliga a los padres de familia a enrolar a sus hijos en escuelas privadas lo que disminuye aun más sus recursos económicos; los únicos que cuentan con superávit lo son grandes empresarios, pues muchos de los pequeños o medianos, se ven forzados a cerrar sus negocios.

No hablamos de otros problemas como es la falta de empleo o su pobrísima paga; la inseguridad es el pan de todos los días y el predomino y gasto o inversión que realizaban los cárteles de la droga que (entre paréntesis) generaban un movimiento económico muy dinámico, ahora se ha reducido o cancelado.

La situación en todo el territorio del país es pues, de pronóstico reservado y, desde mi punto de vista, similar a lo que se vivía en la primera decena del porfiriato. En esos años, se celebraban con pompas, platillos y saraos, el aniversario de la Independencia. Las puertas a los gobiernos imperiales de la época estaban plenamente abiertas para invertir en todo lo que quisieran, fueran ferrocarriles, minas, petróleo, energía eléctrica, etc. ¡Nadie pensaba que la República pudiera explotar, pero explosionó!.

La política en el México actual tiene muchas semejanzas con la que prevalecía en 1910. “Nadie creía que la dictadura estaba llegando a su fin y menos que en 1917 se estrenaría una nueva Constitución Política”.

En esta época, principalmente los últimos gobiernos de la República, con sus tristes adláteres, han hecho trizas la Constitución de 1917. Lo mismo que antaño, ahora celebran pero los “destrozos” que se hacen a la misma, indicando que en el futuro inmediato la “medicina aplicada “será la solución a la problemática de marras que se vive y que con su aplicación y ejercicio reinará el desarrollo y la felicidad en el país.

Desde varias década anteriores escuchamos las mismas promesas y el resultado observado es contario a lo esperado: la industria semiparalizada, el campo en la ruina del tal manera que ahora importamos más del 50% de los alimentos; una pobreza tremenda, falta de empleo, pobres retribuciones por el trabajo desarrollado y un salario mínimo que alcanza para maldita la cosa, de tal suerte que en el país, por la ineficaz e indebida conducta de gobernantes, se han configurado grandes y pequeñas lagunas de gasolina de frontera a frontera y de costa a costa.

Contrario a los pocos (proporcionalmente) recursos que se destinan a estados y municipios, los tres poderes de la Nación, gastan enormes fortunas como si el país estuviera en jauja. ¡Los altísimos salarios de diputados, senadores, ministros, gobernadores y Presidente, son una falta de respeto y un insulto a la población que percibe salarios misérrimos!

Por todo lo anterior, me pregunto cuál es el sentido o la razón de complicar aun más la problemática, en particular de Michoacán. Desde mi punto de vista, el apresamiento del Dr. Manuel Mireles no tiene ningún sentido y si complica, no sólo la situación del Estado sino el de la República, pues en todos los rincones del país, con su detención, se han generado una serie de manifestaciones de inconformidad que diarios, revistas y noticieros han difundido, en los que resalta, sobre todo, el trato denigrante que se le ha dado a quien, en su momento, fue apoyado y protegido por el mismo estado nacional.

En fin, todas esas lagunas de combustible que se encuentran en muchos municipios y en varios estados, bastará que una colillla de cigarro tirada accidentalmente, provoque un incendio de proporciones inimaginables, por lo que más nos vale reflexionar y dar marcha atrás a muchas de las erradas decisiones que se vienen tomando. Recordemos que es de sabios reconocer cuando uno se equivoca.