Una uña encarnada, una articulación que cruje, un raspón en la rodilla, una punzada en la boca del estómago; con cualquiera de estos signos constatamos nuestra corporalidad más que con el esplendor de la sonrisa, la sonoridad de la carcajada, el suspiro de alivio, el éxtasis de cualquier tipo. Somos cuerpo. Carne, sangre, linfa y demás materia que armoniza a plenitud en etapas de la vida, o que se desgaja de la armonía y se perturba hasta desquiciar el funcionamiento del aparato perfecto.

El cuerpo tiene sus lenguajes y se imponen sobre cierta sordera arrogante que se estila, más que nada, cuando se es joven. En esa edad, la salud parece una condición de estar vivo y no se repara en ella. Todo es fácil, para todo hay resistencia. La obsesión del ejercicio ha entrado más por razones estéticas que por preservación de la sanidad corporal. Y por allí van los inmortales hijos de los dioses, riéndose de los débiles, de los enfermos y los viejos.

Pero basta un quiebre, una voltereta del azar en forma de accidente o violencia infligida por mano ajena para caer, redondos, sobre la precariedad de nuestro continente físico: sufrimos. Y el dolor que tiene una amplia gama que va del mero malestar a la ardentía del desborde, nos reduce a lo esencial, nos impele a reconocer que no hay humanidad invulnerable.

Devota de Albert Camus, soy zarandeada cada vez que releo La peste, por la escena de la muerte del niño contagiado, frente a los ojos impotentes del médico y sus compañeros voluntarios. Ese doctor Rieux que pregunta: “Puesto que el orden del mundo está regido por la muerte de un niño, piénselo, ¿no es mejor para Dios que no creamos en Él, que no levantemos jamás los ojos al cielo, donde Él siempre permanece en silencio?”, líneas que no se quedan atrás de otras semejantes de Dostowiesky.

Lo cierto es que con fe o sin ella, el resquebrajamiento de la salud, que aparece muchas veces como ataque intempestivo, hace pensar en una falta de amor. Porque si la vida es en sí una donación de “alguien”, el regalo tiene objeto en el avanzar más o menos feliz, en el cumplimiento del sentido del obsequio.

Los cuerpos que son “tocados” por alguna agresión tienen sobre sí la fuerza del otro. La violencia trastorna al individuo en su corporalidad y en su conciencia. Las mujeres violadas saben hasta la saciedad lo que es contar con un cuerpo que deja de ser propio cuando es tomado y usado en contra de su voluntad; los cautivos tratados con tortura son empujados a la exasperación porque llegan a odiarse a sí mismos por el simple hecho de sentir.

Entonces, vulnerables como somos, proclives a caer y quedarnos tendidos mucho tiempo en las gasas perturbadoras de la enfermedad, de la depresión y la desesperanza, o a no levantarnos más, no queda otra cosa que humanizarnos cada día en el solidario ejercicio de ponernos en el lugar del sufriente. Ya nos tocará el turno de nuestra propia caída. Con un poco de suerte, que sea la caída definitiva.