Con el sacrosanto pretexto del fuerte incremento de los precios internacionales de los granos – cereales – los comercializadores mundiales de alimentos están por subir los precios de los alimentos en nuestro país y aprovechando las famosas Leyes del Mercado – de la Oferta y la Demanda – se aprestan a darle el puntillazo al salario mínimo.

Recientemente la panificadora más grande de Latinoamérica – BIMBO – subió hasta en un peso cincuenta centavos el costo de sus productos y el público-consumidor no dijo nada: lo aceptó y de un momento a otro, subirán el precio del biscocho, aunque los precios son una anarquía, dependiendo del lugar-empresa en que los compre: si lo compra en las grandes tiendas departamentales, su costo es de hasta 5 pesos por pieza, más si lo compra en las panaderías de barrio puede encontrarlas  hasta de  dos pesos con cincuenta centavos, pero, no andará usted comprando aquí una cosa y dos y hasta tres kilómetros de distancia, adquiriendo otras… Así que se compra en donde se ofrezca todo en un solo espacio.


Las organizaciones de comercializadores nacionales  de lácteos, con el argumento de que  Nueva Zelanda – en el mundo el mayor productor tanto  de leche líquida como de leche pulverizada –  y el  sufrió una sequía, razón por la cual no tuvo la producción de leche esperada, están avisando que subirán el precio del litro de leche y se ofrecerá  – sin rehidratar –  a siete pesos con treinta centavos – la expenden a precios internacionales por tonelada. El precio que se informa es ya resultante de la conversión necesaria para la comercialización. En este momento a los productores nacionales de leche les resulta más barata tomar leche que agua envasada: cinco cincuenta por litro, menos de 6 pesos por litro de leche.

Con este anuncio los costos al público de la leche envasada – rehidratada, industrializada – tendrá una elevación de casi un veinte por ciento y si ahora cuesta dieciséis, diecisiete pesos de la marca de su preferencia, en unos días más, alcanzará hasta los veinte pesos, dependiendo de su lugar de compra. Adicionalmente se enterará que por lo menos el 6=% de la leche que se consume está hecha de polvo rehidratado.

Y eso será la continuación en la carrera entre precios de los  alimentos y salarios; acaso, paralelamente a estos costos, se desate, también, el de las tortillas y el de la carne, ya que, curiosamente, nuestro país es dependiente del extranjero de granos y carnes, pues al productor nacional le resulta mucho más barato comprar importado que producir: es más barato y fácil, importar que producir. Realmente el que gana es el introductor-importador, no el productor.

Remarcamos el hecho: nuestra alimentación es dependiente del extranjero gracias a las políticas públicas neoliberales y esto sucede en todo el mundo en donde el formato económico es neoliberal y predomina en las políticas públicas de los países.

Ante esta situación el trabajador, el consumidor nacional está en condición de indefensión, pues lo que le interesa al Estado son dos cosas: que haya oferta del producto y que los expendedores paguen sus impuestos. Frente a esto el pueblo deberá  apretarse un punto más de su cinturón.