Ya entramos a pleno mes de enero 2014. Las concejas populares hablan de la llamada Cuesta de Enero, término usado para agrupar el sinnúmero de pagos a realizar por los ciudadanos, sin contar con el costo de la vida, el encarecimiento de todas las cosas, refiriéndose a los pagos de impuesto predial, noche de Día de Reyes, placas, tenencia e impuesto de autos nuevos y renovación de placas, incremento del costo del servicio de agua potable, saneamiento y alcantarillado, etc. y etc.
Ahora a esta dichosa cuesta de enero debe sumarse el elevado costo de la vida y los nuevos impuestos, entre ellos el que se pagará por consumir refrescos y alimentos endulzados, pues el gobierno de la República, muy celoso de que un buen porcentaje de mexicanos estén gorditos, con el cobro de un impuesto a las bebidas y alimentos endulzados; si a lo anterior le agregamos los nuevos costos aplicados a los cigarrillo, a la cerveza y el obligado gasolinazo de fin de mes, tendremos que el mexicano paga un número y monto excesivo de impuestos. (Particularmente en nuestro estado y en la ciudad capital del estado, se autorizó incremento del 6% en el costo del agua potable entregada domiciliariamente, pues como bien dice la conceja popular, “Dios da el agua, pero no la entuba”)
Aceptando, sin conceder, la función de los costos de los servicios públicos, y buscando, se encuentra que no todos los consumidores de energía eléctrica y agua potable, pagan el monto de sus servicios-consumos: los sindicalizados de la CFE y los militantes y grupos de presión identificados con partidos políticos, en el caso del OOAPAS de Morelia). Si TODOS pagáramos los consumos, tal vez, el sacrificio que se hace pasaría, pero cuando existen tarifas y espacios de excepción o regímenes especiales, se muestra la relatividad de la vida y los abusos de poder de las autoridades y, al mismo tiempo, la debilidad del gobierno.
El gobierno de la República no toma en cuenta que el salario mínimo – con su anuencia – se incrementó escasamente un 3.90% – que, esforzadamente, alcanza para comprar un bolillo – y, por aplicación, no lo toma como base para sus incrementos y, por el otro lado, juega con las cifras del incremento mensual del costo de la vida, reflejada en lo que se llama Canasta Básica – que ni es canasta ni es básica – y de la inflación, que nadie cree, pero que sí son utilizados para determinar el monto del incremento del salario mínimo.
No es posible este tipo de equilibrio tan desequilibrado: Todo favorece al gobierno y nada al pueblo.
¿Para qué quiere el gobierno tanto dinero? Todos sus nuevos ingresos – y eso que las reformas estructurales harían la vida más barata… ¡Qué tal si no! – no se traducen en mayor cobertura y calidad de los servicios, empezando por la cuestión de seguridad=inseguridad pública… ¡Mucho ruido y pocas nueces!
Así como están las cosas, Dios no quiera que no pase lo que al caballo del gringo: Se acostumbró tanto a no comer… ¡hasta que se murió!























