Mucho se ha hablado sobre la reforma educativa, que ya circula hacia las legislaturas estatales para que sea una reforma constitucional y obligue a todos a su cumplimiento, bajo el riesgo de violar la constitución; por considerar punto de vista muy interesante, transcribo colaboración de Gerardo René Herrera Huízar, publicada en EL FINANCIERO, en su edición del pasado 24 de diciembre, anteriores: LA SOCIEDAD DE LA IGNORANCIA.
Nada hay tan apremiante y de valor tan crítico para una sociedad que la educación. De ella depende, en grado sumo, su desarrollo, sub armonía, su felicidad (Así lo establece literal y en espíritu nuestra constitución, en su artículo 3°).
Vivimos en la era del conocimiento, en un mundo donde el avance científico y tecnológico desenfrenado marca la pauta y condiciona radicalmente el modo y la circunstancia de la vida de cada nación. Donde las oportunidades de una vida mejor están determinadas por el grado de preparación y competitividad de sus habitantes, en un mundo cada vez más dinámico y demandante (Este es el criterio democrático de nuestro artículo 3° Constitucional)).
Es indiscutible que una buena educación tiene impacto directo en las expectativas de progreso, calidad y nivel de vida de las sociedades en lo general y de cada uno de sus integrantes en lo particular, por lo tanto, es deber ineludible del Estado ejercer su facultad rectora en el diseño, estructura, operación y evaluación del sistema en su conjunto como parte medular de la gran estrategia de desarrollo del país con visión de futuro –Ahí está en el artículo 3° Constitucional todo eso).
Durante la última década hemos sido testigos del paulatino deterioro de la calidad educativa, del manejo faccioso y patrimonialista de la educación en México, del uso político del sistema para el lucro personalísimo de los dirigentes sindicales y personajes públicos en busca de espacios de poder, sin reparar en el grave daño que se ha causado a las esperanzas y reales posibilidades de desarrollo del país.
La distancia que nos separa de la era del conocimiento es abismal, así lo revelan las encuestas y evaluaciones internacionales que periódicamente se publican. Nos identificamos en la práctica, como una sociedad de la ignorancia, situación que nos aleja cada día más de un futuro promisorio y competitivo en el concierto global.
Ante esta innegable circunstancia, resulta ofensiva la insolente postura adoptada por el magisterio frente a la reforma planteada por el gobierno de la República. Insolencia que se funda en la defensa a ultranza de privilegios adquiridos no por la calidad y entrega a lo que debiera concebirse como apostolado, sino en el trueque y concesión de espacios de poder e influencia por todos conocidos.
El tema educativo no se circunscribe, sin embargo, a la simple eliminación de cotos de poder ni a la asunción por parte del estado de su responsabilidad rectora, lleva implícita la posibilidad real de superar las condiciones adversas en que hoy nos encontramos.
La educación debe ser concebida como un componente determinante del progreso y del desarrollo, un elemento imprescindible para el crecimiento y la estabilidad y equidad social, tanto en el momento actual como para las generaciones venideras- TODO ESTO ESTÁ LITERAL Y EN ESPÍRITU EN EL ARTÍCULO 3° CONSTITUCIONAL.EL AUTOR DEBERÍA LEERLO Y COMPRENDERLO). Debe por lo tanto inscribirse en el contexto mismo de la gran estrategia de seguridad nacional que debe ser diseñada y puesta en marcha por el gobierno federal, con la mirada puesta en el horizonte que excede, por mucho, el periodo sexenal y las fronteras territoriales.
Con toda certeza, la reforma educativa no es la solución mágica a todos nuestros problemas ni esperamos que sea infalible, pero es seguro que sin ella, sin un cambio de rumbo en la política y en la práctica educativa, el derrotero será el miso: un camino inevitable a la ignorancia y a la mediocridad.
La mesa está puesta para el recién estrenado gobierno. Las condiciones son favorables para la realización de los tan anhelados cambios de rumbo con signo positivo en la educación y otros temas, para la reordenación del intercambio social y político, para la superación de nuestros ancestrales vicios y para la adopción de una conducta ética en el ejercicio del poder. Ojalá no quede en buenos deseos navideños.






















