94% de los alumnos de sexto de primaria en escuelas públicas y 82% en privadas no tienen laboratorio de ciencias. En secundarias, sólo una de cada dos tienen laboratorio (54.9%). Si sigue este estado de cosas, nos tardaremos 149 años en alcanzar al puntero de la OCDE en la prueba PISA.
Las personas más curiosas son las que han cambiado al mundo. En lo personal las personas curiosas me parecen fascinantes. Su afán por entender el mundo y explorar nuevas preguntas y respuestas son una digna razón de admiración y sobre todo, de encender nuestra esperanza para que ellos contagien a otros por curiosear y aprender.
Viene a mi mente el emocionante discurso pronunciado por Carlos Coello al recibir el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012:
“La ciencia, también, me ha permitido conocer muchos lugares del mundo que de niño nunca pensé que llegaría a visitar alguna vez. Después de todo, sólo soy un niño provinciano, producto de nuestro sistema de educación pública. Cómo iba yo a imaginar que algún día visitaría lugares como Finlandia, Australia, Islandia, China o la India y, más aún, que ahí sabrían quién era yo y que conocerían mi trabajo. A veces, incluso, ahora, creo que estoy viviendo un sueño. Sin embargo, si es así, les suplico que no me despierten. Prefiero seguir soñando que el niño que aún hoy en día tiene dificultades para distinguir algunos colores, pudo llegar más lejos de lo que él mismo imaginara”.
El fragmento habla por sí mismo y retrata lo que aquí le comparto: la importancia de cultivar la curiosidad. La escuela puede ser un extraordinario laboratorio, quizá el mejor, para enamorarse de la vida, del mundo que nos rodea. La pregunta a la que invito es: ¿la cultiva o la desprecia?
Todo ser humano es curioso, observe usted a un bebé o platique con los niños. Si no lo ha hecho: inténtelo. Y desde luego, existen pedagogías que la fomentan y maestros mexicanos que la cultivan. Aquí me referiré a una “catástrofe -no silenciosa- sino escandalosa” en la que nos encontramos.
La ciencia no es sinónimo de curiosidad, pero vaya que se nutren. La ciencia es un transporte para satisfacer la curiosidad, pero fundamentalmente para alimentar su adicción: entre más sabes, más quieres saber. ¿Y cómo estamos en ciencias en educación básica?
Decididamente olvidada. En México tenemos un mal gasto en ciencias. Noventa y cuatro por ciento de los alumnos de sexto de primaria no tienen laboratorio de ciencias; las privadas no se salvan, 82% no tienen laboratorios de ciencias. En secundarias solamente una de cada dos tienen laboratorio (54.9%).
Y no falta el adulto(s) que por su pobre e inocente experiencia escolar pregunte: ¿para qué quieren explorar el mundo desde niños? ¿Para qué quieren un laboratorio, si ni lo básico tienen? Tenemos que renovar los paradigmas. Aprender de las plantas o la fisiología de un gusano es más bello e impactante sintiéndolo, viéndolo, oliéndolo, que con las habituales cátedras, monografías o dibujos a colores que nos tocaron. Tenemos que apostarle en serio a la educación y volcarnos para consolidar verdaderas escuelas y no aburridas simulaciones.
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El martes 3 de diciembre se presentaron los resultados del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA). Una sólida prueba internacional para jóvenes de 15 años que analiza la capacidad de extrapolar lo que se ha aprendido y resolver situaciones del mundo real. México ocupa la dignísima posición 34 de 34 países de la OCDE en Matemáticas, Lectura y Ciencias. Concretamente en Ciencias los aprendizajes en México desde el año 2000 no levantan, retroceden siete unidades (de 422 en 2000 a 415 en 2012). Esto resulta obvio ¡porque no hemos cambiado un ápice nuestra concepción sobre la importancia de la ciencia, de la curiosidad, de la exploración del mundo!
Aún así, a este ritmo estaremos cerca del puntero solamente a 149 años. La mayoría de los aprendizajes de nuestros chavos están por debajo del mínimo: uno de cada dos se encuentran en esta condición (47% en niveles 0 y 1) y solamente 0.1% en los niveles más altos (5 y 6). Todos nacen con espíritu de Carlos Coello, algunos lo sostienen, pero la escuela mexicana los oprime.
Debo decir que PISA no mide lo más importante, como puede ser la curiosidad, la imaginación, el aprecio por la belleza, el arrojo por los otros (empatía), los valores, la colaboración, pero asoma PIStas sobre lo relevante en la escuela. Lo que sí nos cuestiona PISA es qué tanto aprenden después de haber cursado la primaria y secundaria y cómo esos aprendizajes nos sirven para resolver problemas en nuestras vidas.
Último dato antes de secar la pluma. Bill Nye, un elocuente divulgador científico para niños, plantea: “Tenemos suficientes estudios para corroborar que diez años es la edad máxima para cultivar una pasión de vida por la ciencia”. Cierto o no, una pregunta conveniente es: ¿Despreciamos la curiosidad? ¿Qué tanto cultivamos a buena edad el gusto por las ciencias? ¿Qué tanto fomentamos la exploración de la vida misma?
* Manuel Bravo es Investigador de Mexicanos Primero (@Mexicanos1o)

























