La capital mundial del automóvil – Detroit  – oficializó su quiebra: un juez federal, Steven Rhodes hizo oficial la quiebra  de la que llegó a ser, por el universo de habitantes e importancia,  la cuarta ciudad de los Estados Unidos de Norteamérica – New York, los Ángeles, Chicago y Detroit – y determinó que puede recurrir al capítulo nueve de la ley de quiebras para recortar las pensiones de los empleados públicos municipales y librarse de otras deudas, con lo que se da un golpe durísimo a los sindicatos y jubilados.

Desde acá – lejos de allá, del mundanal ruido – se deduce que ese hecho, fue el objetivo final de los administradores y de los políticos de esa región y de los partidos políticos: terminar con los contratos colectivos de trabajo, recortar las pensiones y ajustar las  jubilaciones a niveles no elevados.

Este hecho es claro ejemplo de la vanidad de vanidades: la antes próspera cuidad ahora está en bancarrota, por algo muy simple y sencillo, esquemáticamente,  – haciendo a un lado la posición neoliberal de que el Estado – en cualquiera de sus formas y niveles – sea menos gordo y más delgado y que las pensiones se paguen la mínimo; regresamos: es ejemplo de que se actuó sin tomar en cuenta la realidad financiera, administrativa; se careció de la planificación de la administración y se gastaba más de lo que entraba y, finalmente, de que se hizo crecer la plantilla administrativa más allá de las lógicas y congruentes posibilidades.

Finalmente es duro ejemplo del fracaso del formato de crecer con deuda – sobreendeudamiento financiero  -, pues finalmente alguien viene y te salva -: se gastaban todo el presupuesto en pagar intereses, nada más en eso;    la cuestión de las pensiones fue otra cosa y el objetivo oculto de todo el proceso.

Por lo pronto, ahí está el ejemplo: Quiebra en una megalópolis, que produjo en otros efectos, la migración de empleados y empresas y el desplome de la actividad comercial.

¿Aprenderemos algo de esto?