La psiquis humana es muy compleja y a veces ocurre que, lo que intenta ser un buen consejo para evitar lo no deseado, provoca lo contrario. Sobre todo, en un tema tan controvertido como el de las adicciones.
¿Puedo prevenir las adicciones?
Es frecuente escuchar en las crónicas policiales de hechos violentos la infaltable pregunta acerca de los delincuentes: ¿Estaban drogados? Como si la conducta criminal fuera efecto de la droga y no de una persona responsable de sus actos. Evidentemente, para ciertos sectores es más sencillo hablar del flagelo de “la droga” que del creciente nivel de violencia y de desamparo en nuestras sociedades, ya que abordarlo desde esta otra perspectiva llevaría a hablar de políticas sociales llevadas a cabo por los Estados.
Los mensajes masivos, en su mayoría, se caracterizan por ser moralizantes, autoritarios y/o apelar al miedo, desembocando en repetidos discursos proselitistas que sólo poseen sentido y eficacia para quien los produce. Estas estrategias no sólo no disminuyen el consumo de drogas, sino que en algunos estudios se ha visto que lo aumentan.
Por otro lado, aunque en ciertos ámbitos se generen “interesantes” y “apasionados” debates, ubicar el problema en “las drogas” centra la discusión en un lugar equivocado, ya que omitimos ver la relación que la persona puede tener con la sustancia. Si desplazamos el haz de luz hacia la relación de los seres humanos con las drogas veremos, por ejemplo, que algunas de ellas fueron consumidas en ciertas comunidades indígenas durante mucho tiempo. Allí cumplían una función importante en ciertos ritos religiosos o de iniciación y no crearon adicciones. Aquí advertimos que la relación que estos pueblos tenían con estas drogas era diferente a la que se tiene en nuestra cultura occidental judeo-cristiana. En la sociedad actual las drogas legales –alcohol, tabaco, fármacos- son un objeto más de consumo y se ofrecen a través de campañas publicitarias que prometen éxito, placer, diversión, eficacia, según el caso. Las drogas ilegales – marihuana, cocaína, pasta base, éxtasis, etc.- son concebidas como sustancias demonizantes.
Cabe aclarar que no todo el que consume o consumió alguna sustancia -sea ésta legal o ilegal- ha desarrollado o va a desarrollar una adicción. No obstante, es frecuente que un individuo crea que maneja a su antojo el consumo que realiza y, sin embargo, sin darse cuenta, el imperioso deseo de consumir ocupe importantes momentos de su vida. Por ejemplo: algunas personas necesitan “entonarse” para ir a bailar o para encarar a alguien, o fumarse un “porrito” para ir a un recital, si no lo hacen, tienen la sensación de que algo les falta, que “no es lo mismo”. En síntesis, el problema no es lo que se consume. El problema es ¿para qué se consume?
Drogas, alcohol y adolescencia
Desde hace años circulan discursos que categorizan las adicciones como un problema de los jóvenes. Si bien la problemática se extiende a una franja etaria que abarca desde los púberes hasta los adultos mayores, variando en la frecuencia, cantidad y tipo de sustancia, el inicio del consumo se produce mayormente en la adolescencia.
El hecho de que la adolescencia sea la etapa de la vida de mayor vulnerabilidad para el inicio del uso y abuso de drogas puede explicarse por las características propias de ella, como parte de un proceso de profundas transformaciones biológicas, psicológicas y sociales. Los padres de púberes y jóvenes a menudo preguntan cómo saber si su hijo “se droga”; la respuesta no es sencilla, pero sin duda, una de las maneras es escuchándolo. Los adolescentes -y no sólo ellos- pueden hablar mejor sobre cualquier tema con quienes “saben” escuchar. Ciertas actitudes obturan la posibilidad de comunicación y son incompatibles con una disposición genuina de escucha. Cuando se juzga, se aconseja o sermonea en exceso, se critica, se ridiculiza, no se toman en cuenta o se toman a la ligera sus opiniones o existen contradicciones entre lo que se dice y hace, se están colocando obstáculos en el vínculo con los hijos.

























