Está de moda hablar de la obesidad, el exceso de peso, el aumento  de un peso por litro a las bebidas edulcoradas, los daños a la industria refresquera y a los eslabones de la industria cañera, así como de la contracción del mercado interno y los cuantiosos recursos que tendrá el Estado para combatir la obesidad como una, tan  inevitable, como recomendable, política pública.

Nuestro país está, dentro de la categorización internacional de países consumidores de bebidas edulcoradas – refrescos y, supuestamente, vigorizantes – como uno de los tres primeros lugares, arriba de países del llamado Primer Mundo; el consumo anual  per cápita es en tantos y tantos cientos de litros, una cantidad estratosférica, considerando el bajo ingreso y la condición de pobreza y miseria de nuestra población.

De conformidad con cifras y datos de los organismos públicos responsables de la medición de muchos factores de la vida de los mexicanos – el INEGI, SS, IMSS, ISSSTE, SEGURO POPULAR,  SECRETARÍA DE ECONOMÍA, SHCP, etc. –  el 48.8%  de la población es obesa; no está excedida de pesos: ¡ES OBESA! Aunque ese 1.2% significa algunos millones de habitantes, para facilitar las reflexiones, aceptemos que la mitad de la población nacional es obesa.

Una persona es obesa porque gasta menos energía de la que ingiere; si ingiere es porque la compra y si la compra es porque ¡Tiene dinero para pagarla! Y si tiene dinero para pagarla, ¡dónde está la pobreza y la miseria!

La energía para el cuerpo humano se obtiene de los carbohidratos, de las grasas y de los azúcares y todo eso cuesta y cuesta muy bien y lo pagan quienes tienen dinero.

El Estado está promocionando y publicitando una intensa y permanente campaña para afirmar que combatirá la obesidad y es plausible que lo haga, pero, lo que es incorrecto, inmoral, como moral pública, que en el fondo obtenga recursos engañando y creando impuestos que directamente lesionan los ingresos de las capas sociales clasemedieras y pobres y hasta miserables, y los justifique como una acción para tener recursos para establecer una política pública de combatir, atacar y acabar una cualidad negativa nuestra que está formada por malos hábitos alimenticios.

La obesidad es producto de malos hábitos alimenticios en las familias mexicanas y se debe combatir  aplicando todo un programa  y plan de acción para revertir en las familias el mal hábito de tomar  todo tipo de refrescos y comer galletas, dulces, pastelillos,  y frituras de harina de maíz y de trigo. No es fácil, pero se puede hacer y es necesario.

Por otro lado, el lamento de las industrias cañeras, refresqueras es puro blof: Desde hace muchísimo tiempo, los refrescos se endulzan con  fructuosa, obtenida del maíz – que es mucho más barata que el azúcar y  hasta importada -, así que  ellos saldrán ganando, porque podrán incrementar el costo de venta  de los refrescos – como dice Juan Gabriel: es más fuerte la costumbre, el hábito – y del azúcar para uso domiciliario e industrial y comercial.