Una radiografía sobre la juventud de una época

Cuando estudiaba la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la U.N.A.M., un libro que estaba de moda y que los profesores nos lo presentaban como el prototipo de la nueva prosa mexicana de la llamada “Literatura de la Onda”, era la novela “La Tumba” de José Agustín.

Quizá me identifiqué con este escrito porque presentaba, con enorme realismo y  una forma desenfadada de expresarse, lo que le venía ocurriendo a los jóvenes, a partir de los inicios de los años 60.

El personaje central, Gabriel, tenía 17 años, estudiaba la preparatoria y usaba un coche Mustang del año que era el automóvil deportivo más admirado, codiciado, pero que sólo un “niño rico” podría darse “el gustazo” de adquirirlo gracias a la generosidad de “papi”, abogado de clases acomodada.

De manera que un joven acaudalado que llegaba invariablemente tarde y “crudo” (por la borrachera de la noche anterior) a sus clases de bachillerato y, de muy mala gana asistía a sus clases, se las ingeniaba para que le pasaran los apuntes de las clases a las que faltaba. Pronto se comenzaba a aburrir e invitaba a una compañera de clase a dar una vuelta y comer en Cuernavaca. Al calor de las copas, el fin de la “aventurilla” era previsible.

-¿Por qué no te decides a estudiar Derecho, como tu padre, para que seas un profesionista con prestigio? Porque el elegante despacho ya lo tienes instalado y la clientela bien cultivada, ¿cuál es el problema para que no quieras continuar con esa “máquina de hacer dinero”? Es evidente que tu destino es ser rico.-le decían sus amigos de clase.

-En primer lugar, eso no me importa y lo hago por hacer “rabiar al viejo” porque es capaz de presionarme para que en cuanto entre a estudiar Leyes, va a querer que comience a trabajar con él, ¡Y francamente no estoy dispuesto!

Pienso que de plano no estoy  preparado para semejante esfuerzo. Necesito de mucho tiempo para ubicarme en mi vida y decidir voy o no entrar a colaborar en su despacho.

-Un día abiertamente me lo preguntó y le dije este argumento.

-Muy a regañadientes lo aceptó, así como comprarme este Mustang. Pero soy su hijo  predilecto y no me puede negar nada, me da suficiente dinero para divertirme…

Una existencia hedonista y consumista

Este joven preparatoriano, Gabriel, que nos presenta el literato José Agustín que un día bebía en exceso y el otro… también. Incluso en plena época de exámenes. Le gusta la buena vida: acudir a excelentes restaurantes, las bebidas de calidad, usar ropa cara norteamericana y se centro de reunión con frecuencia era la cafetería de la universidad.

Ahí mostraba y presumía el último reloj de lujo que le había traído “papi” de Suiza; sus zapatos de piel de ante; presumía los accesorios de lujo que pronto le iba a poner a su coche. Y, como es de suponerse, era el compañero más admirado del salón.

En especial de las chicas, que se peleaban por salir con él, o mejor aún, ser novio de ese galán millonario. Aunque fuese un tanto  estrafalario y vanidoso… De eso se aprovechaba Gabriel para tener una larga cadena de amoríos con la que cediera ante sus seducciones.

A veces invitaba a sus “cuates” a beber ininterrumpidamente de jueves a domingo e iban a los centros nocturnos más elegantes de la ciudad, con todos los gastos pagados por cuenta de él, o mejor dicho, por cuenta de su “consentidor papi”.

¿Qué ocurre cuando a los hijos se les da todo lo que piden?

Los pedagogos y psiquiatras de nuestro tiempo coinciden en que la mejor manera de “echar a perder a un hijo”, consiste en que los padres cedan y busquen satisfacerles en todos sus caprichos o antojos; darles abundante dinero para sus gastos, y no interesarle dónde se encuentra durante el día ni menos  con quién duerme por las noches.

Así que este joven rico,  que no le faltaba nada,  aparentaba que era muy feliz-. Pero en el fondo, sentía que su vida estaba completamente vacía, sin sentido, como “usando máscaras mostrando una franca alegría y de permanente  bienestar” pero había un “yo interior” (la conciencia) que le reclamaba esa vida de haragán, de vago que no estudiaba sino que asistía a las clases a modo de entretenimiento y relación con sus “cuates” y conseguir salir con alguna compañera para iniciar de nuevo otro romance.

Muestra José Agustín a una generación airada y rebelde contra la obediencia y docilidad a los consejos paternos. La relación con su padre era más bien fría y distante y su madre acostumbraba a asistir a numerosas reuniones sociales, por lo tanto, no se ocupaban  de su formación…

Así que poco a poco se va hundiendo en el fango, en el lodazal de la inmundicia por su vida afectiva y sexual tan desordenada, por no tener definidos ni concretados sus ideales ni siquiera qué carrera estudiar y, mucho menos, pensar en casarse y formar una familia estable. Cuando para Gabriel, las relaciones sexuales no pasaban de ser meras aventuras, ratos de placer, diversión, entretenimiento…

Se encuentra en un estado de nihilismo, de aburrimiento. No practica su religión y menos la moral. Se trasluce que este joven está impregnado la literatura de Kafka, de los llamados “Poetas Malditos”; por la filosofía existencialista tanto del escritor francés, Albert Camús (“El Extranjero”), de Jean Paul Sartre (“La Náusea”, “Las Moscas”, donde afirma que el hombre “es una pasión inútil” y que “el verdadero infierno son los demás”); como del filósofo alemán Martín Heidegger, con su célebre frase de  que “el-hombre-es-un-ser para-la muerte” que tanta influencia tuvieron los filósofos existencialistas en la generación de jóvenes de la Postguerra y en los escritores de los años 50 (con la “Generación Beat”) y, en la década de los 60, con innumerables propuestas revolucionarias de rechazar los valores perennes y el orden establecido.

¿El suicidio, una salida de este “mundo cruel”?

Es tal el “hartazgo” y repulsión de sí mismo que siente este personaje de José Agustín, que pierde la ilusión por vivir y que –en definitiva- y ante esas sobredosis por adquirir bienes materiales de forma compulsiva, de la ingesta diaria de alcohol, del sexo desenfrenado y de la vida caótica, anárquica y desordenada que lleva, ausente de ideales ni metas grandes o nobles en su existencia, que comienza a pensar que la mejor salida es el suicidio.

Con su último romance, una chica llamada Elsa, tiene relaciones durante una temporada. Luego queda embarazada y decide abortar. Ella muestra su felicidad por haberse librado de un “problema”. Sin embargo, Gabriel queda hondamente perturbado y durante los días siguientes comienza obsesivamente a rondar por su cabeza si se suicida o no; si ama la vida o prefiere la muerte.

Finalmente concluye redactando una carta de despedida a este “mundo cruel” en donde desahoga muchos de sus rencores y resentimientos contra familiares y amistades. Al concluirla, busca una pistola, se dispara en la sien, decide morir y abandonar su propia existencia a la que nunca le encontró sentido.

Por eso concluye José Agustín que este joven, Gabriel, se encontró en un laberinto sin salida y  -con su marcado egocentrismo- él mismo gradualmente se había cavado su propia tumba ante el panorama desolador con que se veía en el espejo de su vida.

El paralelismo entre “la tumba” y la juventud actual

Este personaje Gabriel trasladado, imaginariamente, en la vida de algunos jóvenes –no de todos, por supuesto- de este siglo XXI: nos encontramos una cosmovisión muy semejante, con su pseudofilosofía, que se podría sintetizar de esta manera: “Lo importante es pasarla bien” en esta vida al máximo; vivir continuas e intensas emociones; hay que beber con frecuencia y a placer; probar todo tipo de drogas, para decidir cuál te hace sentirte más ‘happy’; estudiar lo menos posible en las materias que se lleva en la carrera universitaria y de ser posible conseguirse a un compañero que le haga los resúmenes de las clases, que le ayude con sus tareas escolares y le prepare lo suficiente para aprobar los exámenes finales; ingerir abundantes estimulantes para, particularmente de jueves a domingos, tener un desenfreno sexual sin compromisos ni responsabilidades, en caso de que la chica se embarace…

Su cultura se reduce a lo que se entera a través de su celular, en su computadora, en ciertos programas de televisión, en los noticieros digitales. No son capaces de hacer un juicio propio acerca del acontecer sociopolítico de la vida nacional y menos de la internacional. Es tal su “narcisismo” que muchos de esos estudiantes suelen vivir como en una “campana de cristal”, sin interesarse por las lacerantes diferencias y carencias sociales de su ciudad o país, en la que sus vidas giran compulsivamente en torno a sí mismos y sobre lo que les causa placer, entretenimiento o diversión: sus relaciones prematrimoniales, sus “cuates”, su música y deportes favoritos… Parecería que los horizontes de sus vidas se centran en las dimensiones de una cancha de futbol profesional en la que juegan sus equipos favoritos, de preferencia europeos.

El interés por la cultura “light”

No les gusta leer libros, revistas, ensayos ni conversar sobre temas culturales, porque les parece una pérdida de tiempo, cuando lo más divertido –según ellos- es estar “pegados” al Twitter, Facebook, a Youtube, a los mensajes y otras redes sociales para “chatear” o “balconear” a sus amigas y amigos.

Es un mundo que ya había analizado el reconocido psiquiatra español, doctor Enrique Rojas, en una cultura donde todo es “light”, y la vida no pasa más allá de lo superfluo, lo frívolo, lo sensual y lo cada vez más placentero… porque –en el fondo-  para esos jóvenes todo es relativo.

¿Cuáles son los grandes retos y desafíos de los formadores?

Se trata de saber encaminar a los adolescentes para que tengan principios y firmes convicciones, así como ideales y metas que valgan la pena para que sus vidas se llenen  de sentido y de alegría por vivir. Que se planteen ser destacados profesionistas, así como buenos esposos y padres de familia, precisamente para que “La Tumba”, que relata el escritor José Agustín, no se convierta en un “cementerio” de jóvenes que se suicidaron, se accidentaron en sus veloces coches y murieron o quedaron discapacitados, o bien, quienes siguen viviendo sin valores, imbuidos en el hedonismo, alcoholizados o drogados, pero subsistiendo como una especie de “cadáveres ambulantes” o como “muertos en vida”, sin saber de dónde vienen ni a dónde van.

El lograr liberar a muchos jóvenes de esas codependencias hacia la moderna cibernética y las otras mencionadas, que les impide a muchos estudiantes concentrarse en sus estudios, realizar lo mejor posible sus tareas escolares y profundizar -con abundantes lecturas- sus materias universitarias, para que en el futuro destaquen como profesionistas brillantes, responsables esposos y padres de familia y ciudadanos comprometidos con mejorar la sociedad, me parece que es el gran reto y desafío que tienen ahora que enfrentar los padres de familia, profesores, asesores académicos y orientadores familiares, así como los psiquiatras y las clínicas de rehabilitación contra las adicciones (Fuente: www.yoinfluyo.com).

BIBLIOGRAFÍA:

Agustín, José, “La Tumba”, Editorial Grijalbo, México, 1978.

Rojas, Enrique, “El Hombre Light”, Editorial Booket, Madrid, 2000.

Goncalves, Sandra Nélida, “Ecos de los años sesenta. La intertextualidad en ‘Cual es la Onda’ de José Agustín”, Frankfurt, Alemania.

Glanz, Margo, “Onda y Escritura: Jóvenes de 20 a 33 años”, Editorial Biblioteca Miguel de Cervantes, Alicante, España, 1971.

Blog: www.raulespinozamx.blogspot.com