No, es no, y ya. Cuando no se puede, no se debe.  ¿Porque debe de existir la culpa y el miedo al no complacer a las personas queridas?  ¿Será que realmente el darle a los hijos todo lo piden en lugar de hacerlos mejores personas los convertimos en seres insaciables, llenos de prepotencia y sin límites?

El peligro de caer en un chantaje o en la manipulación emocional, al tener que conceder cualquier tipo de peticiones es un problema muy serio. El simple miedo de creer que se corre el riesgo de   perder el amor de  la persona querida, es un tormento que lejos de crear relaciones sanas, termina perjudicando y lastimando a las personas que más se quiere.

 

No se debe nunca de poner precio a las relaciones personales.

El miedo a perder el amor de su hija empujó a Marisela a perder el respeto y su lugar como madre.

Marisela se propuso satisfacer todas las necesidades de su hija para que esta fuese una niña feliz. Ingenuamente  al tratar de compensar los sentimientos de soledad y culpa  creados las experiencias amargas de la ruptura de su matrimonio y la separación de su padre al cambiar de país de su hija a un pasado difícil lleno de malos recuerdos.

La pequeña Iris exigía continuamente que su madre le comprara dulces, más tarde juguetes y después ropa costosa que Marisela no podía pagar tan fácilmente. Pero cuando su mamá se negaba, Iris la amenazaba con dejar de quererla. Esto la causaba a Marisela una gran angustia.

La posibilidad de poder perder el amor de su hija la llenaba de inquietud y ansiedad. Cuando la niña se portaba mal y su mamá trataba de disciplinarla mandándola a su cuarto, Iris la manipulaba recordándole que la odiaba.

Marisela se sentía rechazada, lastimada y angustiada. Por eso aflojaba rápidamente, le levantaba a su hija el castigo y le suplicaba que no volviera a decirle algo así. Poco a poco, el miedo a perder el amor de su hija llevó a Marisela a consentirla cada vez más y disciplinarla cada vez menos.

Hoy en día Iris tiene 14 años y ya se ve como una linda señorita. Marisela le compra cervezas y las trae a la casa para que su hija tome con sus amigas. Insiste que es mejor que su niña y sus amigas beban en casa y no en la calle; además se enorgullece que las amigas de Iris quieran venir a su casa.

A pesar de todas las concesiones y los sacrificios, la relación madre-hija no es una buena relación. Su hija le falta el respeto, le levanta la voz, tiene poca paciencia, no ayuda en la casa y a duras penas consigue que vaya a la escuela. Así le corresponde la hija querida a la madre sacrificada.

¿Buscar el amor a cualquier precio, educar sin límites será la manera de querer?