Fuera de lo ordinario es vivir encarcelado durante 27 años y no salir deshumanizado. Mandela no convirtió su lucha en venganza, ni su espíritu reflexivo en un impulso visceral. Salió de la cárcel en el cuerpo de un hombre viejo, pero nuevo en espíritu, a promover el perdón y la reconciliación.
I thank whatever gods may be
For my unconquerable soul…
I am the master of my fate:
I am the captain of my soul
William Enrest Henley, “Invictus”
Hay tantas cosas que decir de Mandela, Nelson Mandela…Madiba.
“Doy gracias a cualesquiera dioses por mi espíritu inconquistable… soy el capitán de mi alma”. Rescato estas dos ideas de algunos versos del poema Invictus, que resonaba en la cabeza y el alma de Mandela durante sus 27 años de encarcelamiento. Nada puede ser más cierto acerca de Madiba (el clan del que desciende Mandela es el clan Madiba, llamado así en honor a un jefe Thembu que gobernó en el Transkei en el S. XVII y nombre de pila que se le dio a Mandela como signo de respeto y admiración entre su gente). Su padre lo llamó Rolihlahla, que significa: “persona que causa problemas”, como si de alguna manera supiera lo que le esperaba en la vida.
Escribir acerca de Mandela es escribir en admiración. Derrida dice que se habla de Mandela siempre con admiración, una especie de admiración especular, en tanto que a Mandela se le admira por su lucha de toda una vida, y por él mismo haber admirado con tanta fuerza tantas cosas en la vida.
En su autobiografía hay largos pasajes dedicados a hablar con admiración de las leyes y parlamento británicos; de sus colegas y amigos; de poetas y filósofos; de países; de otras lenguas; de la naturaleza; de otras culturas.
Mandela es un hombre que admira y es admirado; aún sus más reacios enemigos lo admiraban durante la época más intensa de lucha contra el Apartheid. La admiración es el asombro ante lo extraordinario, pero también es la capacidad de distinguir lo extra-ordinario en las pequeñas cosas de la vida.
Mandela es extraordinario. Pensar en Mandela es toparse de frente con lo insólito. Es una sorpresa en todos los sentidos.
Lo extraordinario en Mandela no es sólo su capacidad para guiar y liberar a un pueblo, para reconstruir un país dividido y en ruina política tras años de racismo institucionalizado. Si algo sabemos de África es que su descolonización fue tan cruel como su colonización, y que el continente está en la ruina moral, política y económica gracias a la herencia devastadora de dicha descolonización.
Sudáfrica, sin embargo, en este tema, sí es la excepción, y lo es, entre otras cosas, por su gran líder Nelson Mandela.
Mandela es extraordinario, por eso es imposible hablar de él con objetividad. O mejor dicho, por eso parece que no se puede ser objetivo al hablar de él.
¿Qué es lo extraordinario? Lo que sale del esquema de lo común, de lo esperado, de lo que vemos todos los días. Lo que nos provoca admiración.
Estuvo en la cárcel 27 años, además de verse forzado a vivir en la clandestinidad muchos años antes de ser sentenciado a prisión. Sin embargo, tal y como lo dice el poema, su espíritu jamás fue conquistado, fue y ha sido, dentro y fuera de la cárcel, un hombre libre. Encarcelado, privado de su libertad en el cuerpo pero nunca en el alma.
Sale de la cárcel, y después de 4 años es elegido presidente de Sudáfrica. Con la grandeza de un rey pero la humildad de un hombre sencillo, le dice al pueblo de Sudáfrica, a todo el pueblo de Sudáfrica, que es su fiel servidor, que sabe que el sufrimiento de sus compatriotas en la lucha y de su familia ha sido mucho mayor que el de él mismo. La humildad de Mandela también es extra-ordinaria.
Fuera de lo ordinario es vivir encarcelado durante 27 años y no salir deshumanizado. No convirtió su lucha en venganza, ni su espíritu reflexivo en un impulso visceral. Mandela salió de la cárcel un hombre viejo en el cuerpo pero nuevo en espíritu, a promover el perdón y la reconciliación.
Derrida dice que el perdón es un verdadero “don”. El donar debe venir siempre de lo extraordinario: es inesperado, nos toma por sorpresa, en completa generosidad y sin esperar nada a cambio. Ese es el gran don de Mandela para el pueblo de Sudáfrica, blancos y negros: el don del perdón.
Pero ese perdón también es la absoluta locura, porque propone el perdón de lo imperdonable. El perdón por el crimen contra la humanidad, que es imprescriptible ante la ley, ante todas las leyes de cualquier estado de derecho. Plantear el perdón ante el crimen contra la humanidad del Apartheid es un acto de locura, un gesto fuera de toda razón.
Sin embargo, Mandela, a través de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (TRC por sus siglas en Inglés), con Desmond Tutu a la cabeza, lanza la posibilidad de dicho perdón: el perdón de lo imperdonable.
Muchas críticas ha recibido la TRC, dentro y fuera de Sudáfrica, y mucho puede criticarse a Mandela por haber promovido dicho perdón y las amnistías que recibieron muchos artífices del Apartheid, de todos los niveles; sin embargo, no puede criticársele de pedir algo que él mismo no estuviera otorgando.
Y es que él fue el primero en perdonar a sus perpetradores. Fue Mandela mismo una de las víctimas de este sistema. Entró a la cárcel un hombre joven y salió un viejo casi ciego tras años de trabajos forzados y aislamiento.
Fue quizás por el hecho de su propio sufrimiento, que los sudafricanos en general aceptaron a la Comisión de la Verdad.
De esta manera Mandela es víctima y testigo, y como testigo adquiere el derecho a hablar, y al hablar proclama la idea del perdón, el perdón imposible.
¿Por qué es posible plantear dicho “perdón imposible” para Mandela?
Creo que la respuesta radica en que ni la cárcel, ni la inminente amenaza de muerte que lo siguió durante toda la lucha por la libertad de su gente (Mandela siempre habla de “su gente” refiriéndose a los pueblos negros de Sudáfrica), pudieron privarle de su humanidad. El crimen contra la humanidad no es solamente el acto criminal en sí, sino que es un crimen que conlleva un significado más profundo y es que roba a los seres humanos la capacidad misma de perdonar. El hombre o mujer (o niños para el caso) que ha sido víctima de dichos crímenes, o está muerto o ha perdido su capacidad de sentir, pensar, actuar, desear, perdonar. Se le ha arrancado su humanidad. Por eso las imágenes de los sobrevivientes de Auschwitz fueron tan terribles cuando salieron a la luz: lo insólito no era sólo el estado de desnutrición de aquellas “figuras” humanas que desfilaban en sus uniformes a rayas descoloridos, sucios y destrozados, sino que no quedaba en sus miradas ningún rastro de lo humano.
Estos seres ya no podían llamarse humanos. Entre otras cosas habían perdido el habla o por lo menos la capacidad de hablar como seres humanos.
Por eso plantear el perdón de crímenes contra la humanidad es un perdón imposible.
Nadie quiere olvidar y por eso la amnistía conlleva ese riesgo: que el perdón causa olvido y que en la historia el olvido es un grave error.
Sin embargo Mandela plantea una nueva Sudáfrica cuya única oportunidad de sobrevivir, de no caer en una guerra civil peor que los años del apartheid, es una Sudáfrica del perdón y la reconciliación. Plantea esto sin el menor ánimo mesiánico y con enorme respeto por las víctimas.
Mandela sabe que a pesar del dolor de su gente, de las víctimas que ya no están y de aquellas víctimas cuya reparación del daño es imposible, tiene que plantear un porvenir para los que siguen ahí, para los vivos, para los jóvenes.
Mandela es ante todo un extraordinario líder político y como tal, debe plantear la promesa de un futuro mejor.
Esta promesa se hace desde un “nunca, nunca, nunca más…” con la mirada puesta en el futuro y la conciencia volcada hacia el pasado.
“Un glorioso logro humano”, así llama Mandela al fin del Apartheid. Y yo diría: un extraordinario ser humano, Madiba, el gran Nelson Mandela.
“Never, never, and never again shall it be that this beautiful land will again experience the opression of one by another…The sun shall never set on so glorious a human achievement.
Let freedom reign. God bless Africa!”
(Discurso inaugural de Nelson Rolihlahla Mandela, 10 de Mayo, 1994).
* Verónica Granados estudió Relaciones Internacionales en la Universidad Iberoamericana. Es Maestra en Filosofía (Middlesex University, Londres), Doctoranda en Filosofía (UIA) y Pasante de Maestría en Psicoanálisis (Centro Eleia)
























