Por considerarlo bastante claro en su presentación, y muy valiosa dadas las circunstancias del momento político-económico, transcribo fielmente colaboración de Roberto Escalante Semerena, catedrático de la Facultad de Economía de la UNAM y que publicó EL FINANCIERO, en su edición del 23 del pasado enero del presente año: REFORMA HACENDARIA O GATOPARDISMO.
Según el documento del Pacto por México, el planteamiento y negociación de la reforma hacendaria se hará en la segunda mitad del año. Sin embargo, los debates se han anticipado, no respecto a la necesidad de esa reforma, sino a sus formas.
Sobrediagnosticada está la imperiosa necesidad de una reforma hacendaria, pues según datos de la OCDE, México es el país, que menos impuestos recauda como proporción del PIB (21 por ciento), incluido el petróleo, lo que imposibilita tener una política económica respaldada por ingresos y no solo por discursos políticos con fines clientelares. A lo anterior se agregan otros problemas no menos preocupantes, como el excesivo endeudamiento de los municipios (iceberg del que solo hemos visto la punta).
Sin embargo, el quid de la reforma hacendaria es por qué vías el estado incrementará sus ingresos. Una de las propuestas más difundidas es la generalización del IVA, que pasará de 15 a 16 por ciento o más, incluyendo alimentos y medicinas, propuesta que va contrapelo de la distribución del ingreso económico, y por ende, del desarrollo económico, pues esto afectará a la población de ingresos más bajos, recrudeciendo aun más sus ya deterioradas condiciones de vida. Supongamos un trabajador que gana el salario mínimo, si se gravasen alimentos y medicinas, ¿Cuánto aumentará el porcentaje de su ingreso destinado a estos bienes?
Otras vías por las que puede transitar la reforma fiscal no reciben la misma bienvenida que la mencionada anteriormente. Por ejemplo, la reforma laboral, según sus apologistas, ha vuelto más competitivas a las industrias. La competitividad posibilita aumentar ganancias y, por ende, un impuesto que es viable es el ISR, es decir, gravar las utilidades de las empresas para aumentar los ingresos públicos. Otro tema que no puede quedar fuera de la discusión es qué hacer con los excesivos gastos fiscales que se traducen en exenciones y tasa cero. Aunado a ello, la reforma hacendaria debe poner candados a la alta evasión fiscal por parte de las industrias. Lo anterior podrá ser cuestionado, pues se dirá que esto desalentará la inversión. Sin embargo, es aquí donde la reforma hacendaria va ligada a los gastos.
El incremento de los ingresos públicos debe tener previstos la implementación de dichos gastos, que en el caso de México son varios los usos apremiantes de esos ingresos. Primero gasto en innovación y desarrollo tecnológico, lo cual puede redundar en el sector productivo y aumente, vía la tecnología, la competitividad de la industria, con la cual se beneficiarán trabajadores y empresarios. Otra ventaja es que el sector productivo mexicano se incorporará mediante las industrias de punta, lo que generará más empleos, dejando de lado la simple maquila. Segundo, innovar y reestructurar el sector energético, es decir, que ahora sea éste el que reciba soporte de otros ingresos tributarios. Tercero, seguridad social universal. Cuarto, el medio ambiente.
Si bien otro de los puntos que no pueden escaparse de la reforma hacendaria es gravar las actividades informales, es importante recordar que éstas no se generan porque no pagan impuestos, sino porque el sector formal es incapaz de generar los puestos de trabajo suficientes. Recordemos también que la evasión fiscal no es privativa de las actividades informales, sino también de algunos emporios formales, en particular las grandes empresas. Así, otra de las necesidades de la reforma hacendaria es la elaboración y seguimiento de un padrón tributario para lo cual no es necesaria la generación de una dependencia que absorba raudales del presupuesto y aun así sea insuficiente. Por el contrario, la elaboración del padrón debe servir para agilizar el seguimiento de cada contribuyente.
Otra de las opciones de ingresos casi inexplorada es gravar la riqueza personal, gravamen con que varios personajes de nuestra clase política seguro no estarán conformes y varios de nuestros acaudalados empresarios tampoco.
En resumen, la reforma hacendaria debe tener como ejes rectores, no agudizar la desigualdad en la distribución del ingreso, que los ingresos públicos recaudados sirvan para impulsar el crecimiento y desarrollo económico, Lo anterior obliga a amarrar la reforma hacendaria con una política transparente del gasto público con miras a una verdadera política industrial. Lo anterior no puede lograrse sin voluntad política, es decir, si los “lobbys” de los grandes y particulares intereses económicos y políticos triunfan, la reforma hacendaria será solo un placebo.






















