“Sólo me interesa el hombre y lo que mejore éticamente al hombreâ€: Sócrates
En las últimas semanas el Congreso del Estado ha estado sujeto nuevamente, con diverso grado de razón, a diversos cuestionamientos: que si hay mucho trabajo rezagado, que sigue habiendo “influyentismoâ€, que hay poca transparencia y poca rendición de cuentas, que los procedimientos en la gestión de peticiones ciudadanas son “atÃpicosâ€, que existe división y falta de institucionalidad en los grupos parlamentarios, bueno hasta se nos ha desacreditado por haber tomado un relativamente pequeño “periodo de recesoâ€, etc. Además algunos periodistas cuando pueden “amarran navajas†poniéndole algo de su cosecha a las entrevistas -afortunadamente son los menos-.
Yo creo que lo que sucede en el Congreso de alguna manera refleja la cultura polÃtica que prevalece en nuestro paÃs y en nuestro Estado. Este tipo de problemas no es privativo de un ente polÃtico de gobierno ni de un segmento social. De alguna manera cuando prevalecÃa un sistema hegemónico semi-autoritario -a veces francamente autoritario- (con el PRI) habÃa más control y por lo tanto las condiciones permitÃan mantener dentro de ciertos rangos los excesos y la discrecionalidad. Por otro lado existÃa un poco más de aprecio por la solvencia de las instituciones, cosa que hoy hemos descuidado.
No se me malinterprete. No sugiero ni deseo que volvamos al pasado. Afortunadamente hemos progresado significativamente en términos de democracia, pluralidad y respeto entre los diversos actores polÃticos, sin embargo estamos pagando un alto precio por esta evolución, la cual, culturalmente, no se ha acompañado de lo necesario para lograr frenar las ambiciones y los dispendios.
En esto, que para unos es transición a la democracia y para otros es ya democracia joven, existen, como decÃamos, muchas cosas “rescatables†y correctas que también se viven en el Congreso del Estado, al igual que padece varias de las deficiencias ya citadas.
Vivimos una época en que por momentos, ya sea en Michoacán o cualquier otro lugar del paÃs, pareciera que en la “selva polÃtica†no existen reglas, ni lÃmites, ni orden; en ella pareciera que todo se vale siempre que se crea alcanzar algún tipo de beneficio, cuando, no cabe duda, que en estos espacios de desorden y de competencia implacable, de un modo o de otro en estrictu sensu, salvo en lo material nadie gana y todos -como sociedad- salimos perdiendo algo.
Inevitablemente estas ideas sobre la cultura polÃtica prevaleciente se vuelven un juicio moral: ¿dónde está la ética en el quehacer diario de la polÃtica y de la administración pública? Sin duda esta pregunta amerita una clara y firme respuesta, no sólo teórica sino, principalmente, práctica, es decir, contestar con hechos y no meramente con palabras.
El término “ética†deriva del vocablo griegos ethos, el cual significa “hábito†o “costumbreâ€. Desde su aparición en el mundo antiguo, la Etica se ha caracterizado por indagar los principios y las razones que hacen que el comportamiento de una persona sea acorde con las demandas de su propia voluntad frente a una situación especÃfica.
Todos sabemos, más o menos, que la ética se refiere a lo que está bien hacer, pero ir más allá de esa primera definición puede resultar complicado. AsÃ, “lo que está bien†tiene que ver para unos con principios de conducta inquebrantables, mientras para otros la cuestión es más un asunto de razonamiento pragmático frente a ciertas situaciones.
Lo primero que hay que tener en cuenta al pensar la ética en términos generales, es que aquellas condiciones o valores que se deban respetar puedan valer no sólo para una persona, sino para todas. La moral tiene un ámbito de acción subjetivo y particular, mientras que la ética busca definir un criterio de conducta que no sólo valga para una persona, sino que en la medida en que pueda ser adecuado para uno pueda serlo también para todos.
La Ética y la PolÃtica no son extrañas entre sÃ, tienen un núcleo común que las hermana, ambas sostienen que ciertos valores deben ser preservados. La actividad polÃtica -ante situaciones cada vez más cambiantes y complejas- ofrece de forma permanentemente nuevos retos éticos a los que debe hacer frente.
Temas tan actuales como la pérdida de confianza en las instituciones y en los partidos polÃticos, la crisis de representación, la búsqueda de nuevas formas de participación, la “pérdida de capital social†o el resurgimiento de lÃderes populistas, deben llevarnos a una profunda reflexión sobre sus diversas causas y la forma en que el comportamiento ético debe influir en estos fenómenos.
Por otra parte los discursos, declaraciones o alocuciones, siguen estando llenos de frases que se oyen bien pero que poco o nada tienen que ver con la cruda realidad, se sigue recurriendo a la apariencia aludiendo a estereotipos ya muy gastados, a la polÃtica de gestos, a la argumentación fácil o a tópicos recurrentes que se sabe harán quedar bien. Conceptos como “institucionalidadâ€, “democraciaâ€, “el bien del paÃsâ€, “razón democráticaâ€, “transparenciaâ€, “honestidadâ€, “justicia social†quedan desvirtuados al formar parte cotidiana de arengas y argumentaciones sin que los vivamos suficientemente para parece y ser congruentes quienes los enarbolamos, o sea, quienes decimos -o dicen- llevarlos como bandera.
Aun con lo triste que se oye esto, no me parece lo más desafortunado. Entre lo que más preocupa es que en gran medida hemos perdido la autocrÃtica, la conciencia de la gran injusticia social que significan los sistemas de privilegios, ya sea bajo el amparo de “que esto o aquello no es ilegal†o, lo que es peor, ni importa si se transgrede la ley porque se sabe que la posibilidad de responder por ello es Ãnfima. No estoy para, ni debo dar, referencias individuales, pero es increÃble la facilidad y frecuencia con las que escuchamos o decimos auto-justificaciones, de toda Ãndole, para no cumplir con lo que nos toca -quienes tenemos o tienen poder de decisión polÃtica o gubernamental-, tanto desde la expectativa de la sociedad como desde la exigencia del estado de derecho y de la ética. Por vergüenza debiéramos, creo, todos, incluyendo a los que se dicen “no polÃticos†o simplemente ciudadanos, fortalecer y atender más nuestra conciencia moral.
Termino hoy con una frase de Fernando Savater, a lo mejor usada ya en alguna otra ocasión, que me parece muy apropiada en relación a estas cavilaciones: “no es cierto que el pluralismo de la sociedad democrática quiera decir que cada cual pueda tener su ética y todas las opiniones valgan igual, lo que cada cual tiene es su conciencia moral personal e intransferibleâ€.
























