La compleja red neuronal de nuestro cerebro regula la actividad consciente e inconsciente y organiza nuestra conducta, también la adictiva.
La alarma se enciende en la consciencia cuando se pierde el control de la razón volitiva. Es el momento en el que se puede empezar a hablar de riesgo de adicción. Los síntomas que alertan de la pérdida del control de la voluntad responden a la percepción de una fuerte dependencia psicológica a determinadas conductas y/o sustancias placenteras, que tienen como consecuencia la pérdida de interés por otras actividades y, a la par, interfiere de manera agresiva en la actividad cotidiana.
Estos serían los elementos iniciales que aportarían pistas para poder hablar del padecimiento de algún tipo de adicción. El esquema vital siempre responde a los mismos parámetros. Generalmente se piensa en adicciones de tipo biológico como todas aquellas que generan una fuerte dependencia por exposición y consumo en un tramo determinado de tiempo a determinadas sustancias adictivas legales o ilegales. Esta es la más evidente por cuanto el factor de intencionalidad en el consumo de tales sustancias es la causa posterior de la dependencia o adicción. Pero hay otros tipos menos visibles. Se llega sin premeditación, a través de otras vías que no responden a la propia voluntariedad sino que son efecto de otro tipo de causas y de las que difícilmente se es consciente, hasta que tal adicción empieza a cambiar la dimensión de la percepción que el individuo tiene de su propia realidad.
Por qué hay adictos
Obviando cuáles son los mecanismos neurofisiológicos de la adicción, hay una serie de factores que funcionan como modeladores de la dependencia adictiva. Los más significativos:
1. Factores biológicos compensatorios de placer. Los mecanismos sinérgicos de cualquier sustancia están directamente relacionados con los efectos de la tolerancia, como resultado de las variaciones individuales hereditarias y por tanto genéticas, a la responsividad. Partiendo de la base fisiológica de que las adicciones tienen una primera razón y que funcionan como opiáceos, analgésicos, endorfinas, etc., nos encontramos con que todos actúan más o menos de la misma manera; estimulando la sustancia gris periacueductal del tronco encefálico. Pero no todas las personas responden a la adicción de la misma manera. Hay sujetos que ante la exposición y consumo de determinadas sustancias pueden desarrollar una adicción que, en otros, ante la misma exposición, no las desarrollan. No funcionan, por tanto, como patrón de acción fijo, sino modal.
2. Factores sociales. El ser humano vive y se modula en medio de un complejo sistema social donde la necesidad de interacción, creación de vínculos y aceptación, se convierte en condición necesaria para la socialización y el desarrollo integral de su personalidad. Es aquí donde más sensible es la persona a las influencias derivadas de su permanente contacto con los grupos sociales de referencia. La necesidad de reconocimiento e identidad social llevan a veces a crear una ficción del propio sí mismo.
3. Factores emocionales. Las emociones, como apunta Nico H. Frijda, profesor de teoría de las emociones en el Departamento de Psicología de la Universidad de Ámsterdam, son respuestas a experiencias subjetivas. Todos los seres humanos compartimos seis emociones básicas o primarias que se expresan con los mismos rasgos faciales. Es una forma externa de comunicar el estado interno. Este factor es importante porque se tiende a confundir emociones con estados emocionales. En la mayoría de los casos se identifica emoción con estado anímico. Es en este último sentido en el que no queremos considerarlo. La situación emocional del individuo revierte en su comportamiento y actitud frente al otro. La autoestima, la necesidad de sentirse reconocido, incluso los estados de ánimo, situaciones traumáticas, estrés y un largo etcétera, funcionan como caldo de cultivo para acercarse a sustanciar este tipo de estados buscando experiencias que se tornan adictivas por la vulnerabilidad estacional en la que se encuentra el sujeto.
4. Factores educacionales. Freud concluía que somos un producto de nuestra infancia y con ella de los complejos padecidos en la misma. Los teóricos de la psicología de la personalidad y evolutiva advierte de que la educación es determinante en la formación de nuestra personalidad y sobre todo el periodo que va de los 0 a los 7 años y de los 7 a los 12. La autoexigencia en el periodo de desarrollo, un fuerte control externo de la conducta, la represión de las emociones, la falta de control sobre la frustración, la falta de referentes claros en la primera y segunda infancia, la carencia de control sobre normas, la formación de la conciencia moral son, entre otras variables educativas, las que condicionan de diferente manera la formación de la personalidad y el control de la conducta.
5. Factores ambientales. Interactúan necesariamente con los factores sociales e influyen en mayor o menor medida, dependiendo de las características de personalidad y de la situación o estado emocional en el que se encuentra el individuo. Se ha de dar una interacción entre todos estos factores y una predisposición para que los mecanismos ambientales desencadenen un comportamiento adictivo.
Las nuevas adicciones
En los años 60, en sus finales, la cultura underground se caracterizó, entre otras cosas por el consumo de ácidos tipo LSD, posteriormente en los 70 y 80 la heroína, del que no se tenía muy claros sus efectos, fue la droga más habitual. A partir de los 90 y con el surgir de la generación yuppies se generalizó el consumo de cocaína. Yuppies sometidos a condiciones laborales estresantes por la exigencia de éxito, recurrieron al consumo de esta droga que no dejaba rastro inmediato en el aspecto físico e incluso estaba socialmente aceptado su uso. Estas drogas producían una fuerte dependencia física. Las nuevas drogas producen mayor dependencia psicológica. Ahí radica la dificultad de su tratamiento.
Adicciones: tipos, definición, causas, prevención y consecuencias
La sociedad posmoderna sufre una fuerte crisis de identidad. Ana Marta González viene a decir, en su libro Ficción e Identidad, que la cultura postmoderna es, en buena parte, una cultura de la apariencia y lo transitorio, que vende moda en lugar de identidad.
El desmoronamiento de los valores tradicionalmente considerados como válidos, la aparición de una sociedad globalizada donde el hombre busca su lugar, la fuerte dependencia social, el individualismo mayor en las sociedades occidentales, el sentimiento de soledad como marca indeleble del nuevo orden mundial y las nuevas escalas de valores, el prontismo y la inmediatez en la satisfacción de los deseos individuales, ha generado unas nuevas formas de adicción como mecanismos compensatorios de otras carencias personales. Adicciones hasta ahora desconocidas y ya tipificadas en la última revisión del DSM-IV (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales) y que vendrán contenidas en el DSM- V que continúa en borrador. Son los nuevos retos para la psicología diagnóstica, la psiquiatría y los tratamientos de desintoxicación.
La cultura postmoderna en lo que tiene de exaltación del cambio y ruptura con lo anterior, no se lleva bien con la identidad. En este hueco que deja es donde aparecen las nuevas adicciones, con una carga psicológica más consistente.

























