SIN MAQUILLAJE POR ETELBERTO CRUZ LOEZA.

La conmemoración festiva de los 20 años de funcionamiento del Instituto Federal Electoral generó, como ya es costumbre, elogios e insatisfacciones. Y no dejó a nadie  ni satisfecho ni tranquilo.

En realidad únicamente a la llamada Clase Política fue la que se sintió halagada.

 Acaso quien más lo disfrutó fue su actual  ciudadano presidente, Leonardo Valdés Zurita; atrás quedan ya los años grises y luminosos de Emilio Chuayfett Chemor, Jorge Carpizo, José Woldemberg, Carlos Ugalde y demás.

Es cierto, el Instituto Federal Electoral ha contribuido a la transformación del país, pero no ha sido el único; lo mismo lo han hecho los medios de comunicación de masas, los partidos políticos y las autoridades federales en turno.
En veinte años la gran institución de la era democrática nació como un organismo público autónomo para organizar las elecciones federales, pero hoy no tiene nada de autónomo, salvo el nombre.

En poco menos de dos décadas este organismo público, se fue transformando y evolucionando: de ser un organismo tutela, ser una institución pública ciudadanizada a un ente partidizado, que es lo contradictorio a la autonomía y a la libertad y a la independencia y soberanía, con lo que, realmente se le dio un giro de 360 grados a esta institución, pero ahora matizado por una característica específica: si en el pasado era tutelado por el Estado y se hacía lo que el estado  quería y como decía, ahora, en menos de veinte años se hace lo que los partidos dicen y como lo dicen y cuando lo dicen: Se dan el lujo de reformar la ley, de abrogarla, de derogarla, para que cumplan sus deseo, pero todo producto de una negociación y acuerdo entre las cúpulas de los partidos nacionales mayoritarios.

Y eso no es soberanía, ni autonomía, menos independencia. Es total dependencia partidista.
Y esa situación ha colocado al Instituto Federal Electoral en completo desprestigio e incredulidad, y desconfianza, para completar.

Los casos más sonados son la elección de 2000 – el triunfo de Vicente Fox Quesada, declarado mucho antes de que cerraran las casillas de todo el país y se iniciara el cómputo; declarado por Ernesto Zedillo Ponce de León, presidente de la República – y la decisión indecisa de Carlos Ugalde de alargar el cómputo de la elección federal de 2006, repitiendo el mismo esquema de la elección de 1988 – entre Carlos Salinas de Gortari y Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y  Manuel J. Clouthier, el recordado  Maquio-. Algo que también se le atribuye es favorecer el duopolio televisivo y no alentar la competencia partidista.

Es muy cierto que en las elecciones federales intermedias  – las de diputados federales – sus fallos han sido más o menos mayoritariamente aceptados, pero la fuerza de la costumbre – dado que nuestro sistema electoral está fincado en la desconfianza – ha cambiado las decisiones a l terreno de la judialización electoral: los votos cuentan hasta que el juez lo decide. Y eso aun siendo muestra de madurez ciudadano, indica una carencia total de madurez política y social de los candidatos y partidos: se debe aceptar la decisión ciudadana, basada en la credibilidad y confiabilidad en las casillas     
 Con todo es una vida por festejar y si bien son muchos los aciertos, también son bastantes los ¿desaciertos? O el degaste del organismo  que parece que la suma de todo, y de todos, lo ha colocado en una regresión.