Somos Nuestra Memoria
Por Boris González Ceja
Cada 19 de septiembre, México revive 1985, 2017 y 2022 como si fueran una sola fecha. No es superstición: es memoria sísmica, esa huella que el cuerpo y la comunidad guardan cuando el suelo tembló y todo lo demás también tembló con él.
Ese trauma colectivo no es exclusivo nuestro; venezolanos y colombianos lo conocen hoy desde otras formas de catástrofe y desplazamiento. Lo que compartimos es la certeza de que sobrevivir deja una condición de vulnerabilidad y, al mismo tiempo, un extraño sentido de supervivencia que reorganiza la manera en que una comunidad entera se relaciona con el peligro.
En consulta seguimos encontrando duelos de 1985 y de 2017 que no cerraron: cuarenta y nueve y nueve años después, respectivamente, el aparato psíquico sigue trabajando ese colapso. La psicología de urgencias y desastres nos ha enseñado algo esencial: no se trata de obligar a nadie a “hablar del trauma” el mismo día ni de forzar una catarsis, sino de acompañarnos en momentos donde los valores humanos requieren actualizarse.
Los Primeros Auxilios Psicológicos, impartidos por cualquier persona que sepa hacerlos, son un protocolo que organismos como la OMS recomiendan tras cualquier emergencia, se sostienen en principios simples y probados: garantizar seguridad inmediata, favorecer la calma antes que el análisis, restablecer la conexión con otros, devolver un sentido de eficacia personal y sembrar esperanza realista, nunca falsa.
Nada de diagnósticos apresurados ni de intervenciones invasivas de “debriefing” grupal obligatorio, que la evidencia ha mostrado que pueden retrasar la recuperación en lugar de acelerarla. La ansiedad de septiembre, el sobresalto ante una alarma sísmica, el nudo en el estómago cada aniversario, son reacciones normales ante un evento anormal, no patologías que deban ocultarse.
Por eso insisto en que la intervención temprana y el acompañamiento comunitario, no la medicalización automática, son la vía correcta. Identificar a tiempo a quien queda con síntomas persistentes, ofrecer contención sin apresurar el cierre del duelo y sostener redes de apoyo cercanas es lo que hace la diferencia entre un trauma que cicatriza y uno que se cronifica. Esto exige también cuidar a quien cuida: socorristas, personal de protección civil y hasta terapeutas comunitarios están expuestos a la llamada fatiga por compasión, y necesitan supervisión y descanso tanto como la población que atienden.
El simulacro del 19 de septiembre, tan necesario para la prevención física, también reactiva a las personas que vivieron pérdidas reales. Ahí la familia cumple una función que ninguna alarma sustituye: nombrar el miedo en voz alta, explicar sin dramatizar y recordar que hoy existen protocolos que en 1985 no existían.
El problema es que México sigue sin una política pública de salud mental que acompañe esa memoria colectiva. Y aquí quiero hacer un llamado directo a las empresas: la salud mental no puede seguir siendo un lujo individual que cada quien resuelve como puede. Las organizaciones que de verdad cuidan a su gente ya incluyen atención psicológica accesible para sus empleados, porque el trauma no distingue horario de oficina. Capacitan a sus mandos medios en primeros auxilios psicológicos para reaccionar bien el día de un sismo, de un simulacro o de cualquier crisis; incorporan cobertura de terapia psicológica dentro de sus prestaciones y no solo como beneficio simbólico; y entienden que un colaborador con duelo no resuelto o ansiedad crónica no rinde igual, se ausenta más y se enferma más.
Invertir en salud mental corporativa no es filantropía, es prevención con retorno medible, para el empleado, para su familia y para el negocio. Líneas de apoyo psicológico 24/7, convenios con centros comunitarios como el nuestro y permisos flexibles en fechas como esta serían un buen comienzo; ninguna empresa mexicana debería seguir tratando septiembre como un mes cualquiera en su calendario laboral.
Causas y azares:
· Quienes fueron designados “coordinadores” de sus partidos ya operan en campaña anticipada; convendría recordarles que serán las personas pensantes, no las bases obedientes, quienes decidan con su voto si continúan.
· Resulta una miseria que, pese al respaldo del Gobierno Federal, los recursos que llegan a los estados terminen despilfarrados en manos de unos cuantos prestanombres y gobernantes que no construyen nada para sus comunidades.
· La mitad de la población declara no tener acceso efectivo a servicios públicos de salud. No sorprende que muchos prefieran la farmacia de doctor simi antes que el IMSS Bienestar: no porque los primeros sean mejores, sino porque los segundos administran miles de millones de presupuesto público que se diluyen entre la corrupción y los funcionarios en turno.
Nos estamos viendo, que la vida nos siga dando tantas cosas: manzanas, días, despedidas, maderas y esperanza, la otra cara del miedo.
























