SIN MAQUILLAJE POR ETELBERTO CRUZ LOEZA.

El pasado domingo fue 15 de mayo y  el calendario oficial lo señala como Día del Maestro y en el pasado reciente el Estado mexicano le hacía un enorme reconocimiento, no al hombre y sí la función  del profesor, del maestro: enseñar para transformar y formar a las nuevas generaciones, teniendo como base el espíritu democrático establecido en nuestra Constitución política, en el artículo 3°.

Que considera  a la democracia como un sistema de vida basado en el constante  mejoramiento económico, político y  social del pueblo. Ahora, fue domingo.

Además, en ese pasado que muchos tratan de cambiar,  como el Estado, el gobierno confiaba, necesitaba  los maestros, se le reconocía al Maestro el papel de agente de cambio. Ciertamente, nuestro país sería otro muy distinto si no hubiera existido el maestro rural y si el maestro no hubiera sido el agente de cambio en la tercera parte del siglo XX. Si en este momento no lo es, no es culpa del maestro. Es el Estado mexicano que no desea que el maestro sea el agente de cambio social y lo despoja de esa función y se la entrega  a otros agentes: a la televisión,  a las telenovelas, a los Medios, a los sindicatos, etc. Y es que el actual Estado, su clases gobernante,  mexicanas, no confía en sus maestros.

Igualmente, algo de responsabilidad en esta  situación la tienen los mismos trabajadores de los servicios educativos públicos: han transformado la Escuela en un campo de batalla. La escuela,  a partir de la llegada de la llamada democracia a los sindicatos magisteriales, cambió  la función de enseñar, por la acción de desestabilizar; de centro de trabajo, a campo de batalla; de ariete para combatir la ignorancia y los fanatismo en arma de lucha contra la misma sociedad, hecho que demeritó la responsabilidad, el espíritu de servicio y el ejercicio profesional de enseñar y de trabajar para beneficio de la sociedad mexicana. (A esto, algunos esnobistas le llaman calidad de la educación, que no es nada más que cada quien cumpla su responsabilidad que le corresponde, por lo menos). Pero la culpa la tiene el Estado porque  cede  bajo presión en función de una paz social ficticia, cuando debe convencer y ser realista, objetivo, transparente. Y no lo es.

Hasta el momento no se ha demostrado que un profesionista de la educación – porque ahora ya no son maestros, ni profesores -   trabajando las 25 horas – aunque fiscal y mañosamente se le computan por 20 para efectos de compatibilidad laboral – inicialmente,  esté mal pagado y tenga menos prestaciones que otros grupos laborales del poder público. Podríamos entrar a discutir varias tesis, pero no es el lugar ni el momento.

Por otro lado, el Maestro es necesario; excelentes, muy buenos, buenos, regulares y hasta malos maestros, pero todos son necesarios y útiles.

El secreto está en saberlo utilizar y depositar en ellos la confianza. A ellos, los Maestros, a los trabajadores de la educación se les culpa de la situación – fracaso de los servicios educativos nacionales, pero la responsabilidad y la culpa está en los órganos  normativos – directivos superiores, nacionales: desean realizar una reforma y la planean hacer desde arriba, cuando deben empezar de abajo para arriba,  hablando a/con los que hacen la Educación, la Enseñanza y logran que los alumnos aprendan y ofrecer, en su arranque, información detallada y proponer acciones para capacitar, actualizar, superar sus condiciones  profesionales y que las innovaciones no lo lesionaran en lo mínimo. Actualmente la mayoría de los Maestros ven en cuasi enemigo en Enciclomedia y toda la tecnología de la información aplicada en los servicios educativos como apoyo. Si el proceso de reforma hubiera sido planteado y planeado y aplicado  para iniciarlo desde la base, los resultados serían otros.

Como sea, es deseable que la nueva administración federal – la normativa nacional – sí crea en la función social del Maestro.