Jorge Castañeda ha escrito un libro cuyo sugerente tÃtulo evoca las obras que previamente publicaron Samuel Ramos y Octavio Paz en intentos contumaces de definir al mexicano. Como aún no leo el libro de Castañeda y no sé si el propósito de su autor sea similar al que en su tiempo tuvieron Ramos y Paz, me referiré únicamente al tÃtulo: “Mañana o pasado, el misterio de los mexicanosâ€.
El misterio mexicano no es fácil de definir, sobre todo cuando se le define desde el altiplano con el propósito de que esa definición también describa a los mexicanos de los litorales, pues somos tan diferentes unos con otros como un sevillano de un noruego. Es decir, que el término “misterio de los mexicanos†es más misterioso cuando se tiene en cuanta que tal vez estamos hechos del mismo barro, pero no en el mismo molde.
El otro problema de meterse a definir a los mexicanos son los prejuicios, arquetipos y lugares comunes, que con frecuencia son desmentidos por la realidad. Un viejo prejuicio suele representar al arquetipo del mexicano como un ser flojo, sin embargo, un estudio reciente de la OCDE confirmó que de todas las nacionalidades afiliadas a esa organización, los mexicanos son los que más horas trabajan…o al menos los que más horas pasan en su trabajo, que no es lo mismo.
Otro prejuicio es que el mexicano se levanta tarde y, por hacerlo asÃ, nunca hará hoy lo que pueda dejar para mañana.
Desde luego esta percepción es falsa. Los pescadores del litoral se anticipan varias horas al alba para ganar la mar y los labriegos suelen iniciar faenas antes de que rompa el dÃa. En la realidad, los que se levantan tarde respecto de aquellos, son los mexicanos urbanos que, por otra parte, tienen fama de ser los más productivos.
Pero asumiendo que sea cierto que todo lo dejamos para mañana o pasado, tal acusación merecerÃa ser analizada desde diferentes disciplinas del conocimiento, y una de ellas serÃa el abordaje filosófico.
De entrada se me ocurre que una nación que deja todo para mañana es una nación que cree en el futuro porque, finalmente, no hay cosas urgentes; lo que hay son pendejos con prisa.
Un pendejo con prisa es vÃctima de su propia ineficacia, de su falta de planeación o de su desajustada relación con el tiempo.
Un ser que deja cosas para mañana quizá represente lo contrario, pues planeó tan bien, que lo que le sobra es tiempo, en tal medida que lo puede regular posponiendo la ejecución de algunas partes del entero.
Darle tiempo a las cosas es todo un arte: lo necesita el cemento para que fragüe; lo precisa el barniz para que agarre; lo requiere el queso para que cuaje; lo reclama el mezcal para que añeje y el joven para que se case. Y eso es madurez, no güevonerÃa.
Pero, además, hay cosas que no se deben hacer ni hoy ni mañana, como bañar burros, pues lo primero que hará un burro después de ser bañado es irse a revolcar en la tierra. De ahà que, quienes de burros saben aseguren que quien baña burros pierde el jabón y el tiempo.
Por otra parte, la necedad de las prisas con frecuencia conduce a incurrir en errores monumentales por desoÃr las sabias consejas de la sabidurÃa popular: “no se puede peer con chorro ni hacer taco con tostadaâ€, hoy, ni mañana.
Una magnÃfica respuesta del mexicano ante cualquier demanda de apresuramiento es el “ya meroâ€.
¿Ya acabaste? “Ya meroâ€.
¿Cuándo estará eso listo? “Ya meroâ€.
¿Te falta mucho? “Ya mero.
Parece absurdo, pero si uno se fija, darle su tiempo a las cosas no sólo es mexicano, es mediterráneo, pues fue lo mismo que Miguel Ãngel respondió al Papa Julio II, que lo acosaba para que terminara los frescos de la bóveda de la Capilla Sixtina.
Según el maestro Vasari, pintar al fresco requiere lo mismo de prisa que de tiempo. Tiempo para que el fresco seque y prisa para pintar sobre la cal húmeda, pues sólo de esa manera el color permanecerá por siglos.
Por eso, una cosa son las cosas urgentes y otra los pendejos con prisa, aunque sean Papas.

























