El diccionario nos informa que “apodo” es el nombre que suele darse a una persona en sustitución del propio, normalmente tomado de sus peculiaridades físicas  o de alguna otra circunstancia.

Incluso  personas no versadas en Historia o de plano alérgicas a la lectura como la mayoría de los mexicanos, reconocen a diversos personajes tanto por su nombre como por su apodo, no tanto por haber leído (accidentalmente) sobre ellos, sino por sobreexposición mediática; tal es el caso de Alejandro el Magno o Isabel la Católica.

Repasando la historia nos encontramos verdaderas joyas de el arte de plantar apodos a la realeza y por el apodo nos podemos imaginar  el carácter o el físico del personaje aludido.

Van  algunos:

Pipino el Breve ( 714-768),  rey de los francos, hijo de Carlos Martel. Primer rey de la dinastía Carolingia, fue coronado por el papa Esteban II  en el 754 como recompensa por el apoyo que le prestó ante la amenaza de los lombardos.

 Carlos II el Calvo (823-877), emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y rey de Francia. Cuarto hijo del emperador Luis I; su madre, la segunda esposa de Luis I, era Judit de Baviera.

 Carlos III el Simple (879-929), rey de Francia. Su reinado estuvo plagado de incursiones realizadas por los vikingos escandinavos a los que, finalmente, cedió en el 911 gran parte de lo que hoy se conoce por Normandía. 
  Eduardo el Confesor (1002-1066), rey de Inglaterra,  hijo del monarca Etelredo II el Iletrado. Eduardo vivió durante la mayor parte del dominio de los reyes daneses que sucedieron a Canuto II en el trono de Inglaterra.

 Felipe IV el Hermoso (1268-1314), rey de Francia y de Navarra como Felipe I. Hijo y sucesor del rey Felipe III, y de Isabel de Aragón.  Es recordado por haber destruido a la Orden de los Caballeros Templarios y mandado a la hoguera, entre otros, al ultimo Gran Maestre de los mismos, Jaques de Molay.

  Pedro IV el Ceremonioso (1319-1387), rey de Aragón, bajo su reinado la Corona de Aragón alcanzó la máxima expansión territorial. Hijo de Alfonso IV y de Teresa de Entenza.

  Carlos VI el Bienamado (1368-1422), rey de Francia, hijo de Carlos V. Tras la muerte de su padre, estuvo bajo la tutela de un consejo ducal hasta 1388, año en que comenzó a reinar por derecho propio. Gobernó en buen estado de salud hasta 1392, momento en que empezó a padecer trastornos mentales.

  Felipe I el Hermoso (1478-1506), rey consorte de Castilla por su matrimonio  con la heredera de los Reyes Católicos, Juana I la Loca. Hijo del emperador alemán, Maximiliano de Habsburgo, y de María de Borgoña,  transmitió a su heredero Carlos de Gante (el futuro emperador Carlos V) la más vasta herencia vinculada a una Corona.

Juana I la Loca (1479-1555), reina de Castilla y de Aragón, apenas desempeñó el poder que tales títulos parecían suponer, dado que los verdaderos gobernantes fueron, sucesivamente, su esposo Felipe I el Hermoso, su padre Fernando II y su hijo Carlos (el futuro emperador Carlos V).

Fernando II el Católico (1452-1516), rey de Aragón  y, con el nombre de Fernando V, rey consorte de Castilla, esposo de la reina Isabel I de Castilla, por cuyo reinado conjunto sobre las dos coronas son más conocidos ambos como los Reyes Católicos.

 Iván IV el Terrible (1530-1584), gran Príncipe de Moscú  y Zar de Rusia; uno de los creadores del Estado ruso.

 Pedro I el Grande (1672-1725), Zar de Rusia, cuyas campañas militares y esfuerzos de modernización convirtieron a Rusia en un imperio con amplia presencia en los asuntos europeos.

  Carlos II  el Hechizado (1661-1700), rey de España, último de la dinastía Habsburgo. Hijo de Felipe IV y Mariana de Austria, Su sobrenombre le venía de la atribución de su lamentable estado físico a la brujería e influencias diabólicas. Parece ser que los sucesivos matrimonios consanguíneos de la entonces poderosa Casa de Austria  produjeron tal degeneración que Carlos creció raquítico y enfermizo, además de estéril. Poco dotado física y mentalmente eso  no le impidió tener capacidad moral y sentido de la realeza aunque su formación y su cultura fueron escasas. Casado en dos ocasiones, con María Luisa de Orleans y Mariana de Neoburgo, no logró tener hijos. Su carácter débil le hizo depender de las opiniones o caprichos de su madre y esposas.

  Catalina II la Grande (1729-1796), emperatriz de Rusia.  Continuó el proceso de occidentalización iniciado por Pedro I el Grande y convirtió Rusia en una potencia europea.

  En la actualidad el dar apodos a personajes de la realeza es  infrecuente, lo mismo a gobernantes civiles. Pero candidatos a apodos no faltan. Repasemos, para las próximas elecciones al gobierno de Michoacán tenemos un aspirante impasible, otro irascible y a una ex a la que le encaja bien la incondicional. De momento no se ve a ningún Hechizado.