A Luis Buñuel –que alimentaba su visión surrealista a partir de los golpes de violencia y extravagancia que le propinó su estancia en México– le gustaba contar cuentos sobre lo ajeno que puede resultar un paisaje familiar si se le mira, con ironÃa, a la distancia. Para él, la única forma lúcida de acercarse a una realidad definida por la esquizofrenia que resulta de vivir en un paÃs donde la vida no vale nada y, al mismo tiempo, sus habitantes hacen esfuerzos desesperados por sobrevivir un dÃa más, consiste en mirarla a través de las rendijas, atisbando lo que hay debajo de las buenas intenciones, los discursos solemnes y, en breve, la doble moral que nos hace desear la solidaridad con la humanidad y asquearnos del contacto directo con el otro.
Esta mirada está presente en El ángel exterminador (1962), crónica sobre un grupo de amigos adinerados reunidos a cenar en una mansión, quienes descubren que no pueden abandonar la casa sin que haya impedimento fÃsico para ello. Se van desgastando emocional y fÃsicamente, comienzan a observarse con lujuria, a recordarse que unos han servido a otros de escalones para ascender socialmente, a revelar que los elogios que pronunciaron en el pasado no eran sinceros… mientras la cena se echa a perder. De alguna manera, éste es también el tema de El discreto encanto de la burguesÃa (1972), sólo que desde la perspectiva inversa. Aquà los amigos no pueden sentarse a la mesa para cenar porque siempre hay algo que lo impide: el dueño del restaurante ha muerto, la hora de la cita se ha malinterpretado y la casa no está lista. El comedor se convierte en escenario teatral y los convidados han olvidado el parlamento.
Más o menos esto le ocurre a ciertas manifestaciones recientes de la sociedad civil mexicana: esa entidad inasible y cambiante que, en teorÃa, ha sido la promotora de la transición a la democracia pero, en la realidad y desde una perspectiva histórica que podemos remontar hasta el trágico año de 1968, se ha mostrado incapaz de articular demandas de largo aliento y referir las luchas a un paradigma de derechos universales y la formación de consensos democráticos que, incluso de manera provisional, permitan la conversión de los enemigos absolutos en legÃtimos contrincantes. Parece que, como en El ángel exterminador, estamos atrapados en un espacio ocupado por los caudillos de siempre.
En lo que sigue, bordaremos ideas sobre algunos episodios recientes de movilización ciudadana.
. El juicio ciudadano o el discreto encanto de los lÃderes carismáticos
A dos años de la muerte de 49 niñas y niños en una estancia infantil subrogada por el IMSS en Hermosillo, Sonora, sólo una persona ha sido encarcelada como responsable. Hay investigaciones judiciales inexplicablemente demoradas y algunos funcionarios públicos inhabilitados. ¿Esto es justicia?
La preservación de la vida y el logro de existencias pacÃficas y dignas son los motivos fundamentales de las instituciones polÃticas. Hacer justicia cuando una persona pierde la vida por negligencia significa mostrar que el Estado responsabilizará al agente por el daño que causa a las vÃctimas. Es también la posibilidad de limpiar de obstáculos y rencores el camino para que cada deudo realice su propio proceso de duelo como él lo decida.
Como la justicia se ha demorado –o acaso se ha negado definitivamente– en el caso de la GuarderÃa ABC, los padres y madres de los niños y niñas que perdieron la vida tuvieron la idea de realizar lo que denominaron un juicio ciudadano, es decir, un reclamo público para llenar el vacÃo de justicia que la autoridad no les supo procurar, y mantener en la conciencia pública esta demanda.
Si bien la autoridad guardó un burocrático silencio frente a su dolor, reforzando el extendido sentimiento de impunidad, ciertos personajes notables de la sociedad civil mexicana –de esos que aparecen una y otra vez en los templetes o encabezando las marchas– entendieron que su sola presencia atraerÃa luz al movimiento. Asà pues, decidieron abanderarlo, exhibiéndose frente a las cámaras, indignados, mientras relegaban a los padres y madres a un segundo plano. Si el filósofo George Berkeley decÃa que ser es ser percibido, los notables de la sociedad civil mexicana le han tomado la palabra. Durante el juicio ciudadano del pasado 29 de mayo, quienes obtuvieron el papel protagónico fueron los presentadores, personalidades asistentes y jurados de lujo. Una vez más pasó inadvertido el tema central, que era la justicia para los niños, niñas y sus familiares. La posición de estos jueces se autodefinÃa como pura, incólume, legÃtima, porque ellos y nadie más fueron los elegidos por el pueblo para representar su rabia e indignación. Entre estos voceros oficiales del hartazgo ciudadano por la impunidad, la miseria y la discriminación, autoproclamados como “jurado legÃtimoâ€, se encontraban muchos de quienes se expresaron con mordacidad del “presidente legÃtimoâ€.
La falta de institucionalización de las luchas sociales es una tragedia polÃtica en nuestro paÃs. Asà pues, existe la necesidad de tener caudillos que las pastoreen. Dada su altura, ellos están para ser escuchados, no para interactuar con la base social. Es por ello que el juicio ciudadano fue un acto que cedió bajo el peso de esos egos descomunales, mismos que, al finalizar el evento, volvieron a la comodidad de sus despachos a seguir escribiendo sobre cualquier otra causa, incluso contradictoria –como una posible alianza electoral con el victimario–, sin que se hayan siquiera molestado por guardar silencio frente a los verdaderos protagonistas del drama, es decir, los padres y madres de la GuarderÃa ABC.
II. La Marcha de las Putas o la glorificación de la trasgresión
El pasado 12 de junio aconteció en el Distrito Federal una abigarrada manifestación de “indignados†por las agresiones sexuales que experimentan las mujeres. La iniciativa, originada en Montreal como The Slut Walking, reivindicaba el derecho de las mujeres y los hombres a no ser molestados sexualmente. El leit motiv fue “no es noâ€. Éste evidenciaba, por una parte, que no hay justificación que valga para atenuar la responsabilidad de quien agrede el cuerpo de otra persona y, por la otra, que la carga de la prueba cuando se denuncian las agresiones sexuales no tiene que colocarse sobre la persona agraviada.
Lo que acertadamente se puso de relieve durante la Marcha de las Putas fue que, aunque el repudio a las agresiones sexuales tiene que incluir por igual las que se cometen contra hombres y mujeres, son ellas las que se encuentran mayormente expuestas. No obstante, el problema con el discurso de la marcha es la centralidad de la figura de la prostituta y de la trasgresión como punto de vista privilegiado para observar los roles de género y la forma en que se construyen las relaciones sexoafectivas. Esto desvincula las formas de violencia que experimentan las mujeres de una idea de derechos universalmente garantizados y protecciones jurÃdicas incluyentes. Asà pues, sólo las “putas†son agredidas.
Es cierto que, en términos de impacto –pensando que no sólo hay que tener razón en lo que se dice, sino también hacerlo de una manera que interpele a las conciencias conservadoras– la Marcha de las Putas fue un performance que expuso a plena luz del dÃa los códigos y rituales que vuelven vulnerables a las agresiones sexuales los cuerpos de las mujeres; pero también es verdad que esta movilización no planteó estrategias de institucionalización del combate a la violencia sexual, más allá de eslóganes vistosos –ni siquiera se propuso dar voz a las vÃctimas reales.
Una vez más, un grupo de delegados de la sociedad civil asumieron para sà la función de lÃderes morales y la tarea de representar el dolor. Fingiendo que las agresiones que denunciaban eran reales, mostraron que hay voces mejor preparadas –las suyas– para aparecer en público.
¿Pero qué sigue de la Marcha de las Putas? ¿Preparar el siguiente performance y delimitar el espacio de complacencia en el que actores y público alzarán su voz en contra de la violencia de género, al tiempo que se vuelven ciegos frente a la misoginia implÃcita en romantizar la figura de la prostituta?
III. La Acampada México o el aislamiento al interior de la concentración ciudadana
Hace unos dÃas, un grupo reducido de personas se apostó a las afueras del Senado de la República para exigir la aprobación de la reforma polÃtica del Estado. No se puede negar la importancia de dicha reforma que incluye la iniciativa popular, la revocación del mandato, la reelección de representantes populares, entre otras importantes mejoras a nuestro sistema polÃtico democrático. Por supuesto, no podemos decir que la obstaculización de estas iniciativas sea tema menor. Frente a este panorama, ¿de qué manera puede la ciudadanÃa realizar presión?
La respuesta fue la autodenominada Acampada México, en clara referencia al movimiento civil que ocupó las principales plazas públicas españolas a propósito de las elecciones del 22 de mayo para exigir la reconciliación entre la polÃtica y la ética y mostrar, de alguna manera, que son posibles otras formas de organización distintas al capitalismo voraz.
Sin embargo, la Acampada México hace pensar que todo lo podemos resolver con acciones, que creemos poderosas y originales, pero, desafortunadamente, no lo son. La “Acampada†pone también de manifiesto el permanente malinchismo del que tanto nos mofamos, pero descubrimos agazapado a cada momento en nuestras estrategias polÃticas: calcamos de manera acrÃtica lo que observamos como práctica exitosa en otras latitudes, y creemos que con tropicalizar la protesta europea estamos ya a la vanguardia del cambio social.
Parece como si no tuviéramos capacidad de innovar; como si lo relevante fuera la documentación hemerográfica de los hechos y no colocar muchas piedras en el zapato del “ogro filantrópicoâ€. Es como si desde el principio la Acampada México se hubiera pensado para los interiores de la revista Quién, pero no para integrarse al marco normativo o la polÃtica pública.
Además, por si no lo recuerdan los protagonistas de esta aventura efÃmera, los plantones existen en el Distrito Federal desde hace más de 30 años, permanentes porque la justicia nada más no llega e invisibles porque nos hemos acostumbrado a exigir sin éxito. Y que no se diga que no hemos innovado en esta práctica, ya que somos los mexicanos y mexicanas, autores de los plantones nudistas, patrocinados por los 400 Pueblos –aunque quizás sea cierto que no es lo mismo acampar bajo lonas o en cajas de cartón, que en tiendas de campaña Coleman.
Más allá de pronunciarse a favor de la reforma del Estado, la Acampada México se mostraba particularmente interesada en impulsar las candidaturas independientes. Asà pues, se obstinó en desoÃr las diversas advertencias que ha hecho un grupo de actores sociales y polÃticos acerca del peligro de permitir que estos candidatos “ciudadanos†sean encarnados realmente por quienes hoy detentan el poder económico con base en la desigualdad y la explotación. La “Acampada†no pudo escapar del maniqueÃsmo que define al Estado como villano y a la ciudadanÃa como pura y heróica, sin cuestionar la forma en que los poderes fácticos, en el momento actual, seguramente se apropiarÃan de estas formas de democracia directa.
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¿Es posible pensar en un destino diferente al de El ángel exterminador o El discreto encanto de la burguesÃa para la sociedad civil mexicana; es decir, para esa comunidad imaginaria de seres que buscan implicarse en la búsqueda de lo que la tradición republicana denominó la felicidad pública? Resulta interesante observar a esta sociedad civil en ciernes en la que sólo puede florecer un tipo de activismo centrado en los caudillos y en las acciones performativas desvinculadas de recursos jurÃdicos y polÃticos para la exigencia y justiciabilidad de los derechos recurrentemente violados. Somos esta sociedad civil, pero también es verdad que podrÃamos ser una diferente.
Movimientos como la Caravana encabezada por Javier Sicilia, de carácter legÃtimo y con amplia base social, empiezan a colapsarse bajo el peso de los reflectores, de la luz que expone de manera pornográfica y no respeta el dolor por la muerte de un hijo, de muchos hijos, de hombres y mujeres que ya no volverán a tener hijos. Vivimos un encabronamiento y una desesperación totalmente justificadas, que movió a muchos y muchas a adherirse a la Caravana de Sicilia para expresar su rechazo a la moderación, si ésta significa diálogo con un gobierno que no desea escuchar.
Este grupo de familiares dolientes ha mostrado con la “radicalización†su asco frente a la transa y la negociación con base en intereses polÃticos. Asà pues, la sociedad civil que se aglutinó en torno a la Caravana también planteó el endurecimiento de las acciones de resistencia como medida de presión para el gobierno. Cabe señalar que este tipo de medidas se han aplicado con éxito en otras partes de Latinoamérica e, inclusive, Europa, y entonces nadie se escandalizó. Aquà en cambio se ha reeditado el discurso de la burguesÃa que acusa y rechaza a los “violentosâ€.
Lo que se ha perdido de vista es que la sociedad civil y los modelos y espacios para el activismo ciudadano no son nichos de comodidad o visibilidad sino, más bien, rutas en constante reinvención para profundizar sobre nuestra incipiente democracia y alumbrar aquellas formas de desigualdad que las personas no podrÃan superar desde el aislamiento, porque se han naturalizado y representan un lastre histórico del que sólo puede hacerse cargo la acción coordinada.
Asà las cosas, esta es la sociedad civil que tenemos –quizá no la que merecemos, pero sà la que hemos construido desde 1968. Año tras año, se acumulan las convocatorias a manifestaciones para apoyar las causas más diversas; año con año, sacamos las pancartas para mostrar que “no están solosâ€. Del mismo modo, año con año, nos separamos del contingente con el mismo desencanto con que decidimos declararnos apolÃticos en vista de que la polÃtica es un pantano. No obstante, al cabo de unos dÃas de resaca, iniciamos de nuevo el ciclo y nos alistamos para la siguiente marcha con la esperanza de que “sà se puedeâ€.
México, DF, a 17 de junio de 2010.
Mario Hernández (@fumador1717) es candidato a doctor en filosofÃa polÃtica por la UAM-Iztapalapa y asesor del Presidente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal. Por su parte, Alejandro Juárez (@androsocial) es activista y comunicador. Ambos son socios directores de Tercer Sector Comunicaciones (www.tercersectorcomunicaciones.com) y cuentan con trayectoria en la defensa y promoción de los derechos humanos.

























