Algo sobre la justicia en México

El mejor criterio para valorar la efectividad de algo es ver los resultados; si son buenos, el asunto va bien, si son mediocres, algo hay que corregir; si no hay buenos resultados hay mucho que cambiar.

  Y algo no anda bien en el sistema judicial mexicano. De entrada tenemos un impresionante índice de impunidad; las estadísticas son terribles, de 100 delitos que se reportan solo el 5% reciben sentencia condenatoria.  Eso quiere decir que si alguien decide delinquir tiene un 95% de probabilidades de salirse con la suya y que nadie lo moleste.

  Esto no es  novedad, es del dominio público que el aparato de justicia mexicano no se caracteriza por ser precisamente efectivo. Se le considera un sistema lento, corrupto y altamente burocratizado.

  El sistema de justicia en México se compone de dos instancias, la de procuración de justicia y la de impartición de justicia. De la primera, en teoría, se encarga la Procuraduría y, de la segunda, hipotéticamente,  el Poder Judicial.  La Procuraduría de Justicia   por medio del Ministerio Público tiene la obligación de perseguir e investigar (¿investigar?)  los delitos.  El Ministerio Público tiene a su cargo la policía judicial, es la que presenta a los “presuntos culpables”. Ya presentados  al MP, éste se encarga de integrar  una averiguación previa en la que se toman las declaraciones a cada involucrado.  Esta averiguación previa se envía al juez y él decide si el expediente reúne los requisitos necesarios para que se gire orden de aprehensión al supuesto infractor. Cuando menos así es en teoría. 

  En México la Constitución señala el principio de presunción de inocencia, pero aquí se es culpable hasta que se demuestre lo contrario. Da la impresión  que los jueces de primera instancia no investigan, sino que repiten los argumentos bien o  mal elaborados que la Procuraduría de Justicia les envía en su expediente; si los testigos son notoriamente fabricados, cosa que ya se ha visto, eso no importa; igual si las pruebas son inconsistentes, absurdas o francamente delirantes.
 
   Se ha señalado que en México el 80 por ciento de los condenados jamás conocieron al juez que les llevó la causa, y mucho menos fueron escuchados por él porque nunca estuvo presente durante el juicio a pesar de se supone que toda audiencia se debe desarrollar en presencia del Juez, sin que este puede delegar su responsabilidad en nadie.  En el mejor de los casos, el juez sólo revisó un expediente sin haber hablado con el inculpado, las víctimas y los testigos. Finalmente, en la comodidad de su despacho, sin profundizar mayormente cada  caso,  dicta su sentencia.

 ¿Por que sucede esto? La sociedad mexicana, como casi todas,  se compone de una minoría con poder que domina a una mayoría sin poder. Para efectos prácticos la ley está para conservar y robustecer las posiciones de la minoría dominante; por lo tanto el objeto principal del aparato de justicia es mantener inalterable esta situación. 

  Podemos comparar a la justicia mexicana con una cadena, y sabemos que una cadena es tan fuerte como el más débil de sus eslabones. Y tal parece que los eslabones más débiles son los jueces y el MP. 

¿Que podemos decir de los Jueces y el Derecho?.   Primero, que los jueces como humanos que son, se equivocan igual que el vecino de enfrente.   Que el  Derecho no es una ciencia exacta (es mas quizá ni siquiera  es ciencia en sentido estricto).  Que la función judicial está lejos del papel del médico o el ingeniero, profesiones en las que obligadamente se busca la verdad a como de lugar. A la función judicial tal parece que  no se le pide que acierte sino tan solo que exponga su parecer.  El juez es el responsable visible, pero cuando un fallo judicial no coincide con lo justo, ¿quién es el responsable real?, ¿la ley mal hecha?, ¿el juez incompetente o venal?, ¿el abogado corrupto?, ¿el cliente que oculta datos?.  El propio sistema reconoce la posibilidad de error por lo que existen largas cadenas de recursos (apelaciones, casaciones y amparos varios).

  Finalmente algo de historia. Según Heródoto, Sisamnes fue un juez real, “por ello era corrupto”, de la época del reinado de Cambises II de Persia.  Este juez, como tantos jueces hacen, aceptó el soborno en un juicio y dictó una sentencia injusta. Como consecuencia el rey lo mandó a detener por prevaricador y ordenó que se le despellejara vivo, una sentencia, para el entonces, considerada tan aplicable, como justa.

 Su piel se usó para tapizar el asiento en el que el magistrado había presidido sus juicios, y en el que debía sentarse su propio hijo, Otanes, al que Cambises eligió para reemplazarle,  esto debía recordar a Otanes el origen del  cuero donde se sentaba, para que lo tuviera en cuenta en sus audiencias, deliberaciones y sentencias.

Muchos, al leer esto, añorarán épocas pasadas

Alejandro Vázquez Cárdenas
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