Ignoro si los habitantes de otros paÃses compartan con los mexicanos la desagradable costumbre de opinar sobre cualquier cosa sin tener mayor idea del asunto. El mexicano da la impresión de sentirse obligado a opinar, aunque solo tenga un superficial conocimiento sobre el tema que se discute. Un buen ejemplo es el caso de la eventual legalización de las drogas.
  Legalizar las drogas es un tema de moda, polémico como pocos y capaz de polarizar opiniones. Al investigarlo nos encontramos con opiniones de todos los estilos, calibres y colores. En la discusión se han apuntado desde encumbrados personajes de la intelectualidad y la polÃtica hasta los más fanáticos de los ayatolas de la comunicación, la religión y la polÃtica.
 Imposible agotar el tema en un articulo. Quizá lo único que puede hacerse es despertar en el lector la inquietud para documentarse y darse cuenta de las grandes diferencias, no tan solo farmacológicas, entre las diversas drogas. El universo de ellas es amplio, las diferencias entre las mismas son enormes y las consecuencias de su consumo varÃan en cada caso. Es importante entender el absurdo de meter en el mismo saco a la marihuana junto con las peligrosas drogas sintéticas o con los subproductos, algunos muy tóxicos, que se obtienen durante el procesamiento tanto del opio como de la cocaÃna base; ejemplos, el “crack†o “bazucoâ€. Â
 Pero el aspecto medico no es lo único, también entran en la discusión los aspectos legales, sociales, culturales, religiosos etc. mismos que deben ser discutidos a fondo antes de tomar decisiones. Varios aspectos son de sentido común, pero otros requieren conocimientos que no todos tienen.
 Algunos son elementales, como el hecho de que la despenalización de las drogas facilitará su acceso al numeroso grupo de consumidores ocasionales favoreciendo su paso a adictos crónicos. Otra; los que abogan por la despenalización hacen hincapié en que cada uno es libre de drogarse mientras no represente un riesgo para terceros, argumentación no muy inteligente pues todo el que se droga, por el solo hecho de reducir su capacidad mental, ya está representando un riesgo para sus semejantes. Es iluso el llamado “uso responsable de la drogaâ€, porque la propia droga modifica paulatinamente en el adicto los parámetros de la responsabilidad para adecuarlos al cada vez mayor requerimiento.
 Uno de los orÃgenes de la discusión sobre una eventual legalización de la producción y tráfico de drogas esta en la preocupación por la violencia y muerte que viene aparejada con este negocio. La idea de quienes solicitan que se legalicen las drogas es que con ello se acabarÃa la violencia, pero hay varios datos que no toman en cuenta. Veamos:
 Las razones que convirtieron a la producción, tráfico y comercialización de cocaÃna, heroÃna y drogas sintéticas en delitos graves son simples: la evidencia cientÃfica del daño que su consumo ocasiona es abrumadora. Desde el primer consumo, todas ellas hacen daño a quienes las consumen y de paso a quienes tienen relación con ellos.
 La sociedad y el Estado no pueden, responsablemente, discutir la propuesta de legalizar la drogadicción sin reconocer lo evidente; la drogadicción daña y termina matando al consumidor y de paso afecta a su familia y a la sociedad. ¿Causar un daño social en el intento de remediar otro?. No suena muy lógico.
 Existen quienes opinan que el Estado no debe ser un “Big Brother” que vigile a sus habitantes para que no se dañen consumiendo drogas. Pero se les olvida algo; el costo social y fiscal de la atención oficial y privada a la salud de los enfermos drogadictos es muy alto. Además, el costo a la economÃa por los problemas de enfermedad, ausentismo laboral y daños de muchos tipos causados por los drogadictos es también muy alto. No veo la razón para que estos costos sean asumidos por el Estado.
¿De verdad quieren que el gobierno pacte con los narcos?. ¿Pactar qué? ¿Una amnistÃa para perdonarles sus crÃmenes? ¿Un acuerdo para permitirles actuar en la legalidad y vender sus drogas en tiendas de conveniencia o los anaqueles de los supermercados?Â
 Los barones de la droga no se han preparado para la legalidad, su mundo es otro y no lo van a cambiar. La violencia en el Chicago de los años veinte del siglo pasado no terminó con la legalización del alcohol, sino cuando el Estado decidió liquidar la corrupción judicial, cesó a los policÃas que protegÃan a los traficantes y eliminó a los funcionarios amigos de Al Capone.
 Legalizar las drogas es aceptar la derrota. Y llevarÃa a sentar jurisprudencia criminal: si no se puede acabar con la corrupción, entonces hay que legalizarla; si no se puede terminar con la pedofilia, entonces legalizarla, si no se puede terminar con el fraude electoral, entonces reconocerlo en las leyes. No suena muy lógico.
 Alejandro Vázquez Cárdenas
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